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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNuestra sociedad tiene en su constitución, un porcentaje mayoritario de gente madura. Es esa nuestra realidad. Tal vez por ello seamos una comunidad conservadora, temeraria, reacia a las transformaciones estructurales. Esta ha sido nuestra postura a lo largo de la historia como librepensadores y dueños de nuestro destino como nación. Erróneamente y con empecinada frecuencia, se afirma que la juventud es el futuro y por qué no entender que son el presente e integrarlos ya.
Tradicionalmente apostamos a la vejez, todos, sin excepción, desperdiciando oportunidades de aprovechar bien la vida y disfrutarla a pleno. No tenemos presente que la vida es tiempo y éste se agota. ¿Por qué entonces, lo desaprovechamos lastimosamente? El arte de vivir es más que respirar; se requiere de habilidad y la experiencia que solo vienen con la madurez de la primera y mediana edad.
La emancipación que se consigue con la libertad posibilita una mejor forma de vivir y es la recompensa del carácter y de la entereza, aunque ello dependa de la propia visión interior y de nuestros proyectos.
Vivimos en función del mañana. La juventud espera confiada en lo bueno que vendrá y esperanzada se queda inmóvil con el paso del calendario. Los maduros solo atinan a quejarse de que se les va la vida sin resultados que los satisfagan.
Existe entonces, un contraste evidente. Seamos reflexivos. No olvidemos que el tiempo —experiencias mediante— pinta en la tela de la memoria. En las dos instancias apostemos siempre al amor y la comprensión. Puede que se pierda velocidad en la madurez, pero hemos de ganar en la profundidad y claridad. Lo sabio es saber conjugar los tiempo para avanzar. La vida no es una antinomia generacional; existe una edad que es la etapa de los ensayos, los impulsos, las improvisaciones y otra de responsabilidades. Desde nuestra óptica, la formación de la personalidad está entre los trece y quince años. Allí se manifiestan o se insinúan los perfiles que irán sosteniendo las estructuras de hombres y mujeres rumbo a su formación final, para ser aptos para la vida. En ese momento, se abre el mundo de las posibilidades presentes y futuras.
Los jóvenes que hoy segregan a los mayores se equivocan. Las leyes de la convivencia indican otras conductas y comportamientos. También reconozcamos en los hechos que hay adultos que se apartan deliberadamente de los jóvenes. Aceptemos que es con equilibrio y armonía y con la magia de la ternura que podemos aspirar a disfrutar la felicidad como premio de sentimientos recíprocos. Solo un cambio de actitudes en la relación, dentro de la familia, y fuera de ella, con nuestros semejantes, nos conducirá a vivir con alegría dentro de otra ética que nos salvará. El secreto está en acortar distancias y derribar preconceptos.
Si hemos fracasado en las relaciones humanas, busquemos el cambio para una vida cálida con más componentes espirituales, seguros de encontrar la equidad. Los logros materiales no son todo; en ocasiones son parte de nuestra propia desventura.
Comencemos a recorrer el camino de la tolerancia, la solidaridad, la comprensión y habrá una sociedad mejor relacionada y más justa.
Julio César Hernández
Ex representante nacional