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    Renacentista del rock

    Beck la rompió en el Metro

    Elton John, Chuck Berry, Television, Daniel Johnston, Herbie Hancock, Caetano, Milanés, Ron Carter, Di Meola, Aerosmith, Ringo Starr, Blur, Beck. No hay dudas que 2013 ha sido un año agraciado para los melómanos uruguayos. Salvo algún exceso de divismo, todos recibieron lo que fueron a buscar.

    El martes 12, el flaco trajeado y con sombrero a lo cowboy salió al escenario del Metro y explotó el millar de esforzados espectadores que pagaron hasta $ 3.600 pesos para verlo bien de cerca. Hace 20 días ninguno de ellos soñaba con presenciar un concierto de Beck Hansen. Y el pequeño se mandó flor de concierto: transitó una decena de géneros que discurren en la caudalosa cultura rock, y recorrió de arriba a abajo y de costa a costa su vasta y prolífica obra, que supera la docena de discos en 20 años.

    El californiano que posibilitó el cruce de caminos, a principios de los noventa, entre la cultura urbana del rap y hip hop con vertientes rurales como el folk, el country y el blues, demostró un enorme carisma para conquistar al público. Asumió una actitud arrolladora, como un verdadero entertainer, arengó, bailó y quebró su cuerpo, en las antípodas del tipo tímido y retraído que parecía ser.

    Comenzó tranquilo, con “The Golden Age”, balada acústica que abre “Sea Change”, uno de sus trabajos más moderados, de esos para escuchar a solas, bien apoltronados, como un buen disco de jazz. El segmento folk inicial continuó con “Lazy flies”, primera en sonar de “Mutations”, disco bautizado en honor al mítico grupo brasileño Os Mutantes, “Sunday Sun”, de “Sea Change”, y “Jackass”, primera de “Odelay”, el álbum de 1996 que lo confirmó como una referencia planetaria.

    Dejó la Fender de cuerdas de acero, se calzó una eléctrica negra llena de cicatrices de mil conciertos y arremetió con el riff de tres notas de “Devil’s Haircut” mientras los cuerpos comenzaban a luchar contra las ataduras de las butacas y solo eran retenidos por el apacible sonido de un Rhodes. Solo el rígido marco teatral de la sala logró que la gente se aguantara en la robótica e irresistiblemente bailable “Novocane” (tema al que el Roberto Musso rapero debe bastante).

    Hasta que el rubio electrificó los originalmente acústicos acordes de “Loser” —el tema que lo catapultó a la fama— y el Metro entero se puso de pie para entonar al unísono: “Oh, soy un perdedor, i’m a loser baby, so why don’t you kill me”. Nadie se volvió a sentar en toda la noche.

    Como era de esperar, nuestro muchachito fue acompañado por una banda de maestros. Un bajista del carajo llamado Justin Meldal-Johnsen, cuya melena erizada recordó al Bob Dylan de “Highway 61”; un guitarrista camaleónico —Smokey Hormel—, capaz de una amplia gama de intenciones con sus dígitos y efectos en su pedalera, cuya calvicie y bigote le otorgan una apariencia demasiado uruguaya, como una mezcla entre Dino y Leo Maslíah. Obvio que se contorneaba más como Pete Thownshend que como los sosegados cantautores orientales. Al fondo, un pulpo en la banqueta, el baterista Joey Waronker, que bien podría tocar un disco entero de King Krimson sin alterar demasiado su ritmo cardíaco. Y a su lado, el cerebro orquestal de la banda y además corista, Roger Joseph Manning Jr, apenas visible detrás del muro de teclados, piano Rhodes, bandejas y terminales para disparar programaciones.

    Durante las casi dos horas de concierto, los cinco se mostraron muy a gusto, tanto con la sala, con el sonido —óptimo, tanto en la platea como en la tertulia— y sobre todo con el público. “Realmente nos encantó Montevideo. No teníamos idea. Es una linda sorpresa”, dijo Beck cerca del final. De hecho, los músicos pidieron a la producción quedarse un día más y partir hoy jueves a Buenos Aires, próximo destino de la gira sudamericana.

    Luego de una celebrada sucesión de hits como “Hotwax”, “Guero”, “Debra”, “Black Tambourine” y “Gamma Ray”, llegó uno de los segmentos más festejados: una sucesión de mashups (tendencia actual de unir temas diferentes bajo una misma base rítmica y armónica) entre “Tainted Love” de la banda ochentosa Soft Cell con “Modern Guilt”. Lo mismo hizo con “I Feel Love” de Donna Summer (aunque no con el brillo de Madonna en su última gira) y su canción “I Feel I’m In Love”, y luego con “Billie Jean” devenida en “Sissyneck”.

    ¿Cuántos Beck hay dentro de Beck?, comentó un entendido en la platea. Cuando uno quiso acordar, el tipo había hecho rock, pop, hip hop, noise, folk, rap, soul y dance. Faltaba el bis, tan variado como todo el show: una balada (“Lost cause”), un bluegrass con final bien punk (“Fourteen rivers, Fourteen Floods”), un tecno-pop electrónico (“Girl”), otro rock furioso (“E-pro”) y el final con “Where It’s At”, a esta altura un clásico del hip hop, con el mimo a la ciudad que lo cautivó: “I got two turntables Montevideo”.

    Solo le faltó tocar la bossa “Tropicalia”, su tema tributo a Brasil en “Mutations”. Pese a ese eclecticismo que para algunos puristas puede resultar demasiado, dejó una imagen sólida, de una sola pieza: la de un musicazo que, toque lo que toque, es una enciclopedia sonora de estos tiempos y, claro está, un rocker de aquellos.