En el pizarrón se lee la consigna de la reunión matinal, la de 9.30, a trabajar en la de 13.15. “¿Qué herramientas debo utilizar si siento ganas de consumir en el afuera?”. Es lunes, son las 10.30, y los grupos de limpieza y cocina ya están trabajando en el Centro Izcali, en el exhospital Pedro Visca, en el Parque Rodó. A las 12.00 se servirán milanesas y arroz. Los que no tienen tarea, no pueden sentarse hasta que los pisos estén limpios.
Hay 31 pacientes, casi todos varones, casi todos por los 30 años. Quince de ellos pasaron el fin de semana ahí. Están en el primer mes de su tratamiento de adicción a distintas sustancias. A las 7.30 estaban levantados y con sus camas tendidas. El resto llegó 8.45, cuando hubo tiempo para el mate, para un cigarrillo y para cepillarse los dientes. La mesa de ping-pong estará sin uso hasta las 18.00. El ajedrez no tiene horario. Las carteleras indican el cronograma de la semana, las distintas encargaturas, las faltas y las medidas educativas: quien se acostó a dormir sin permiso (está indicado) deberá limpiar la bacha para la merienda; quien tomó de un mate ajeno se quedará sin tan vital brebaje; quien no cumplió con el objetivo del día deberá elaborar una propuesta lúdica en la reunión final, la de las 21.30, la previa a otro cigarrillo, el cepillado de dientes y el acostarse a las 22.30, la de un pensamiento positivo para terminar la jornada. No se puede tener celular. Nadie puede sentarse en los sillones hasta las 14 horas. No se puede tomar mate en los sillones; para eso están las sillas. La televisión, solo prendida de 18.00 a 20.00, tiene Netflix y YouTube. No se puede ver nada ni escuchar canciones sobre consumo. “De La Vela (Puerca) podés poner Zafar pero no, ponele, El viejo o Mi semilla. Y del Indio (Solari) directamente no podés poner nada”, dice un paciente.
Los horarios, las tareas y las sanciones tienen sus objetivos: crear rutinas, hábitos, marcar límites, ser parte de una comunidad, vivir. Volver a vivir. “Ya no era vida la que tenía. Solo quería consumir”, dice Juan (23, los nombres de los pacientes o sus familiares fueron cambiados). Entró en diciembre por su adicción al inhalable. Acá no mencionan a las drogas por su nombre; es inhalable, fumable, bebible, inhalable/fumable o sintético. “Ya no me importaba nada, ni familia, ni amigos. Tenía dos vidas paralelas: no iba al liceo hacía un año y nadie lo sabía. Eso me desesperaba y aumentaba la soledad. Un amigo me rescató, dijo que si no encaraba le decía a mi hermano. Al principio me enojé, pero ahora lo quiero siempre conmigo”, cuenta. Ya está en las últimas etapas del tratamiento, por lo que solo asiste de día, de lunes a viernes, y duerme en lo de su padre. La calle, claro está, es la misma; los entornos, también. “El que cambia es uno”.
Al inicio, se había diseñado un tratamiento de dos años; hoy son 10 meses. “La duración está basada en criterios terapéuticos”, subraya a Búsqueda su director, el psicólogo especializado en adicciones Miguel Hernández. El proceso se divide en cuatro fases: ingreso (el primer mes, donde la persona no sale del centro), integración, reinserción y prealta. Los regresos a su entorno son paulatinos.
“La deshabituación y la generación de nuevos hábitos están relacionados con la neuroplasticidad del cerebro. Eso requiere reafirmación, trabajar con la ansiedad de la reinserción, que conviene hacerlo en un marco de contención institucional y social. Es muy importante la unicidad e integralidad del tratamiento”, agrega.
Originalmente, ASSE —que tiene contratadas 24 de las 40 camas del centro— costeaba a sus usuarios la totalidad del tratamiento. Desde octubre, dice Hernández, un nuevo convenio bajó la subvención: pasó de 10 meses a tres alegando, también ellos, criterios técnicos. Como a los usuarios que ya estaban en tratamiento les respetaron el criterio anterior, los cambios empezarán a verse ahora.
Un grupo de padres y referentes de los pacientes manifestó su preocupación por esta modificación y planea solicitar una audiencia en el Parlamento, justo en momentos en que se estudia la Rendición de Cuentas, que prevé US$ 20 millones más para salud mental.
“Mi experiencia dice que tres meses no hubiesen bastado con mi hijo”, cuenta a Búsqueda el padre de Emilio, aún lejos de ganarle el partido al bebible. Este es un hombre con background político, conocedor por experiencia de que en este momento las bancadas están “particularmente sensibles” a las problemáticas sociales. “Sería bueno que conformemos un grupo para asistir a la Comisión (de Presupuesto integrada con Hacienda de Diputados) a decir por qué hacen falta los 10 meses”, agrega.
Diez meses, reconoce Hernández, no es garantía de nada. La estadística internacional indica que a escala mundial solo entre un 10% y 12% de personas que asisten a estas comunidades se mantienen completamente limpios el resto de su vida. Algunos sí lograrán llevar adelante sus vidas de la mejor forma posible, con distintos grados de funcionalidad; otros caerán y recaerán. Lo que es indudable es que rehabilitarse es caro.
“Un trabajador no puede costearse este tratamiento de forma privada”, admite de nuevo el director de Izcali. Con una cuota de $ 65.000 mensuales, según confiaron los familiares, ASSE es imprescindible para darles una oportunidad a quienes menos recursos tienen. Las mutualistas, por su lado, tienen un comportamiento muy irregular: algunas costean un mes, otras dos, unas reparten la financiación con el Banco de Previsión Social (BPS) y el Fondo Nacional de Salud (Fonasa); otras, directamente, ninguno.
“ASSE lo que quiere es dividir la localización del tratamiento. Quiere comenzar con una desintoxicación en el Portal Amarillo, luego seguir acá y después una derivación a policlínicas georreferenciadas”, indica Hernández.
Izcali ya sabe de conflictos con el prestador público por pagos de convenios. En algún caso denunció públicamente presiones. “En lo económico no estamos felices, pero lo aceptamos. Nuestra discrepancia es técnica. Un usuario (de ASSE) va a egresar y va a tener dificultades para encontrar un lugar donde seguir el tratamiento, que ya no será único ni integral. Más complicado todavía es si son del interior. Con esto podrán atender a más gente, pero no necesariamente estarán mejor atendidos”, concluye.

Normas internacionales
En Izcali predominan los tatuajes y la ropa cómoda: joggings, tatuajes, canguros, championes, crocs, camperas de hilo. Los dormitorios, otrora habitaciones del Visca, son de tamaño y capacidad variable. Y austeras: camas de una plaza, lockers personales y mesa de luz chica. La ducha se limita a cinco minutos por persona. Hay cosas que están prohibidas y que pueden ameritar expulsión: el consumo, la violencia, el sexo y el contacto físico. Dos internos fueron suspendidos por amenazarse mutuamente la semana pasada, cuenta un paciente. “Esto no es fácil para nadie. Tenés que estar convencido. Si lo usás como ‘achique’ no te va a servir”, relata otro. También hay un gimnasio, pero en este no suele intervenir ninguno de los operadores terapéuticos o talleristas. “Siempre por acá hay alguien que conoce alguna rutina de ejercicios”, desliza un tercero.
El plan de ASSE, impulsado en esta Rendición, implica trabajar en forma interinstitucional con el MSP, el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), la Junta Nacional de Drogas (JND) y las intendencias. “Queremos abrir salas de desintoxicación en varios centros del país y aumentar el número de plazas en comunidades terapéuticas”, dice a Búsqueda el director de Salud Mental del mayor prestador del país, Eduardo Katz, psiquiatra. Esto incluye pasar de 160 a 537 las plazas para atender adicciones y la creación de centros en Durazno, Tacuarembó o Cerrillos. “Estamos viendo con qué instituciones trabajar”, agrega.
En referencia al convenio con Izcali, Katz defiende los tres meses actuales apelando a los mismos argumentos con los que Hernández los cuestiona: técnicos y científicos. Rechaza el término “recorte” y asegura que esto “no es una contradicción” con el incremento de US$ 20 millones destinados a salud mental. “Nos remitimos a lo que indican las normas internacionales. Así lo ha indicado el director del Portal Amarillo (Antonio Pascale), que es uno de los principales expertos de la OMS (Organización Mundial de la Salud) en adicciones. Tenemos gente especializada en el tema. Una internación de 10 meses es algo muy prolongado, ¡propóngale a cualquier persona estar 10 meses internada! Hay que tener cuidado con un efecto ‘rebote’”.
Luego de esos tres meses, ASSE quiere que el paciente siga su tratamiento de forma ambulatoria en centros georreferenciados. La cobertura nacional, empero, no es completa y será necesario “extender” la atención a lugares donde no hay opciones, apunta Katz.
“Podemos estar en el acierto o en el desacierto, pero quiero dejar claro que esto no tiene ningún espíritu económico ni de dar un tratamiento de menor calidad. Siempre trabajamos bajo lineamientos científicos”, argumenta.
Ajenos a la discusión sobre quién tiene la razón en términos técnicos, los pacientes atendidos en Izcali siguen peleando por recuperar su vida. “Al principio llegamos acá por otro. Acá tenés que entender que estás haciendo algo por vos”, dice Leonardo (26). Explica que etimológicamente adicto significa “no dicho”, quizá por eso ahora habla como en cascada. Que tuvo una infancia muy complicada. Que es hijo de una madre consumidora, que a su vez vivía en un ambiente violento y vulnerable con su pareja y sus hermanos menores.
“La primera vez que no dije nada fue a mi padre, para que no me impidiera ir a visitarla los fines de semana a ayudar a mis hermanos”, dice. Y sigue.
Que a los 11 empezó con el fumable y el bebible, totalmente naturalizados, que a los 17 pasó a los sintéticos “porque en el ambiente eso genera estatus”. Que a los 18 ya comenzó a trabajar en “la industria farmacéutica”, a los 19 adquirió independencia “vendiendo consumo”. Que como se mantenía solo, no notaba su problema. Que ciertos duelos lo hicieron caer en consumos más oscuros, en el fumable/inhalable. Que su madre, ya limpia, lo quiso ayudar. Que él no podía hacerlo solo. Que esta es su segunda vez en Izcali. Que la primera vez estuvo 11 meses, pudo terminar sexto de liceo, pero salió y recayó. Que volvió hace un mes y medio. Que a su madre la perdonó en el taller de psicodrama. Que pasó una Navidad, la de 2021, ahí adentro. No la olvida más: “Mi hermanita le pidió a Papá Noel que me curara”.
Ciencia, Salud y Ambiente
2023-07-05T19:26:00
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