• Cotizaciones
    jueves 05 de marzo de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Revoluciones invisibles

    Columnista de Búsqueda

    N° 1954 - 25 al 31 de Enero de 2018

    No es precisamente un asunto estival esto de “la revolución”. Los mejores, los que siempre están dispuestos a inmolarse por una causa, suelen estar lagarteando al sol en estas fechas y no regresan a su puesto de trabajo hasta pasado el carnaval, no sea cosa que la causa nos haga perder ese lindo concurso (en eso terminó el carnaval, en un lindo concurso). Por eso las urgencias dan paso a lo importante, que es relajarse unos días luego de un duro año empujando las cosas para que se termine el capitalismo de una maldita vez.

    Desde la perspectiva de ese revolucionario vocacional, “la revolución” suele verse brumosa en el horizonte, nunca tan lejos como para olvidarla, nunca tan cerca como para renunciar al laburo y arrancar a los tiros. Mal que bien, el revolucionario hace de tripas corazón y acepta algunas cosas del sistema que desea derrumbar, cosas como el salario vacacional, pagar por los pasajes que lo llevarán a las arenas de su descanso anual, pagar por los alimentos que él podría distribuir de manera mucho más justa que el capitalismo, etc. Digamos que, en nombre de ese momento de gloria futura, es capaz de soportar unos días de opresión en alguna playa del este celeste.

    La sensación de quienes no estamos convencidos de que “la revolución” exista, al menos no en los términos en que es planteada por el revolucionario vocacional (muchas veces ya convertido en revolucionario profesional, hay que parar la olla después de todo), es que en realidad la revolución resulta mucho menos brumosa y lejana en el horizonte de lo que podría parecer. Y que esa revolución en realidad son muchas y que hace rato vienen ocurriendo. En algunos casos, apenas desplegándose, en otros, terminando de afirmarse.

    Claro, el arco de esos cambios, revolucionarios hasta el punto de haber transformado nuestras sociedades de abajo a arriba y de arriba a abajo, suele ser más largo que la vida propia. Es como mirar un germinador: uno puede observarlo con total atención durante un día entero y no apreciar cambios. Pero al cabo de unos días de mirarlo de manera intermitente, hasta descuidada si se quiere, verá que los porotos tienen brotes y que esos brotes se extienden hacia arriba, buscando el sol.

    Ampliando el marco temporal de la analogía, dado su arco largo, dada la persistencia de su curva mucho antes y después de nuestro tiempo en la tierra, estos cambios no son siquiera percibidos como revoluciones. Se van asentando hasta ser parte del sentido común del presente y la gente deja de preguntarse cómo eran antes las cosas. Alcanza con que la trayectoria dure más de una generación para que la siguiente olvide, presurosa, cuál era el marco de valores de referencia en que se desenvolvían sus padres y abuelos.

    Así, entiendo que las democracias y la lucha en torno a su consolidación han acunado la revolución más importante de las últimas décadas, sin que esta haya sido percibida como tal. Una transformación radical, desarrollada a lo largo de varias generaciones y que ha triunfado más por su capacidad de sedimentarse en las conciencias de cada vez más gente, que por su capacidad de producir levantamientos sangrientos o tomar palacios de invierno. Una larga y laboriosa batalla que se viene librando desde tiempos inmemoriales, agudizada desde hace algo más de un siglo, que por su carácter de guerra tibia, de guerra que no es percibida como tal, no entra dentro de lo que el revolucionario vocacional entiende como “la revolución”.

    La lucha de las mujeres por ocupar el lugar que democráticamente les corresponde en nuestras sociedades es, hasta donde alcanzo a entender, La Revolución triunfante de nuestra época. Como todas las batallas esenciales, es una que de ninguna manera está completada pero de la que podemos decir (al menos en Occidente) que no tiene vuelta atrás. No tiene vuelta atrás porque es justamente en la plaza pública donde ya no resultan admisibles cosas que antes eran entendidas como parte del paisaje. Y porque se van levantando barreras cada vez más poderosas contra los rastros de desigualdad que siguen quedando en la sociedad.

    En una vieja polémica entre Marshall Berman y Perry Anderson (ambos pensadores marxistas, el primero optimista, el segundo lo contrario), Berman le reprochaba a Anderson su incapacidad para reconocer las “señales en la calle” y que en vez de preguntarse si la modernidad era capaz de producir grandes revoluciones y obras maestras en el arte, no sería mejor preguntarse si la modernidad seguía siendo capaz de generar sentido para la vidas cotidianas de la gente común y corriente. La respuesta de Berman era que sí, que efectivamente era posible rastrear en la calle las señales de ese sentido, de cómo las personas no se movían en una nebulosa browniana en espera de una revolución o de una nueva Mona Lisa pintada por un nuevo Da Vinci. Se movían buscando dotar de sentido a sus acciones y a veces, con un poco de suerte, encontrando este sentido y logrando construir un destino propio.

    El problema sería que mucha gente (no me incluyo entre ellos por mi talante más bien pachorriento) necesita encontrar ese sentido exclusivamente a través de la acción social. Pareciera que la vida es poca cosa si no está enmarcada en una acción colectiva y radical. Entonces, cuando esas luchas colectivas no producen el resultado esperado o producen un resultado directamente negativo, o se empantanan y no llegan a alguna parte, la frustración del revolucionario crece y “la revolución” vuelve a desplazarse en el horizonte. Porque la gente no lo entiende, porque está alienada, porque él no supo explicar su plan, porque son todos reaccionarios y eso es intolerable, porque los medios le juegan en contra, porque los suyos que llegaron al poder se vendieron. Lo que sea con tal de no pensar un instante si no será que su idea de revolución, por muy loable que a él le parezca, no resulta interesante para otras personas, igual de inquietas y bien informadas, que simplemente pasan del asunto sin por eso convertirse en neonazis griegos o conservadores victorianos.

    Así, no percibir la revolución femenina como la revolución triunfante más poderosa de, por lo menos, los últimos 50 años implica según mi modesto entender, permanecer anclados en la espera de quimeras que a) nunca resultan mayoritarias y por tanto terminan siendo impuestas a quienes no creen en ellas y b) por su propia esencia utópica, jamas van a dejar de ser brumosas ni de estar en un horizonte que siempre se desplaza. Se desea lo que no se alcanza y esa imposibilidad es el motor mismo del deseo.

    La modernidad nunca ha dejado de ser rica en experiencias revolucionarias, es solo cosa de sacarse un rato el balde y ponerse a leer las “señales en la calle”. Nada de esto contradice la idea de que está aún todo por hacer. Pero para saber que es eso que queremos hacer, es indispensable entender con precisión dónde estamos parados. Y si aun así no alcanzáramos a percibir los arcos revolucionarios en que estamos inmersos, siempre sirve recordar que los tiempos sociales no tienen por qué coincidir con los tiempos personales. De hecho, casi nunca coinciden.

    // Leer el objeto desde localStorage