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    Rey de las artes

    Columnista de Búsqueda

    N° 1801 - 29 de Enero al 04 de Febrero de 2015

    La literatura, que es una verdad sospechosa por definición, escribe la historia verdadera. Me remito al republicano Víctor Hugo y a su afán por combatir, herir y humillar la inmerecida gloria de Luis Felipe con una obra de teatro que habría de obtener una fama distinta a la prevista o soñada por el autor. Se trata de Le roi s’amuse (El rey se divierte), cuyo personaje central es otro rey, Francisco I, figura que hoy quiero honrar habida cuenta que se cumplen 500 años de su reinado.

    Víctor Hugo acaso secretamente admirara al absolutista Francisco I, pero aprovechó ciertos rasgos de su biografía para castigar al cercano reyezuelo constitucional. Las autoridades se enteraron enseguida y prohibieron la representación de la obra y aun su difusión bajo la forma de libro. Tendría que venir el ánimo mercenario de Verdi, quien habrá de complacer a las autoridades austríacas de Venecia pidiéndole a su guionista que purgara de cualquier referencia política directa o indirecta el texto de Hugo (el rey Francisco es un imposible y ridículo duque de Mantua) hasta convertirlo en el más plúmbeo y farragoso de sus irreparables dramones escénicos merced al acierto de un par de melodías y de no pocas audacias de exigencia vocal para el tenor de turno. El vasto y drástico suceso de Rigoletto, sin embargo, no pudo levantar siquiera la sombra de la mala voluntad de la censura sobre la pieza de base, que estuvo más de 30 años privada de ser conocida por el público.

    Pero las palabras no se borran, lo dicho quedó. Francisco I de Francia, formado en Florencia, fue un rey de vanguardia; con él se inicia no formalmente pero sí por imperio del carácter el despotismo ilustrado. Con justicia se lo ha llamado el padre de las letras; más exacto sería denominarlo simplemente el rey del Renacimiento, puesto que es el único monarca —si exceptuamos a ciertos nombres del papado— que promovió abiertamente las artes y los artistas y se decidió a estimular el saber, la libertad de pensamiento, los dones de la buena ropa y los goces de la música. Junto a esa encomiable misión redentora de los bienes del espíritu, también ha de colocarse su prepotencia: consideraba que su opinión en cualquier asunto era razón de Estado; creía que los Estados Generales constituían una excrecencia desagradable del temple pusilánime de algunos de sus antepasados reales; disfrutaba con los signos externos de su poder (fue el que instaló para el rey la fórmula Su Majestad, que antes solamente estaba reservada a los emperadores); entendía que la cristiandad debía inclinarse ante su voluntad y no frente a la impericia de su mortal enemigo, Carlos V.

    Por si no le faltaran costados polémicos, también se sabe que Francisco I fue un gran mujeriego. La obra de Hugo recoge precisamente este aspecto, lo infla y termina mostrándolo como fisonomía central de todo su reinado. El grotesco sirviente que sale a la caza de mujeres solteras o casadas, de la corte o del campesinado, de cabellos rubios o cobrizos o negros, es convertido en el centro de las manías del monarca, quien se sirve de las intrigas y gestiones facinerosas de su servidor para violar todos los límites del decoro: ministros, nobles, parientes, amigos entrañables, enemigos, dignatarios extranjeros y hasta prelados de la Iglesia reformada prestaron contra su voluntad o sin su conocimiento a sus esposas, hijas o hermanas para que el rey viviera a su aire una compulsión que no le daba tregua.

    No aparece en la semblanza malintencionada de Hugo el mecenas, que es al que siempre recordaremos con gratitud, es decir, al que salvó de la soledad y de la indiferencia al anciano Leonardo, que lo puso a construir y le compró sus pinturas (nada menos que La Gioconda, La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana y San Juan Bautista). No figura que también convocó a Benvenuto Cellini y compró decenas de cuadros y esculturas antiguas y modernas que pasaron a formar parte de la mayor colección de arte renacentista que en su momento existió fuera del territorio italiano. Y que mediante sendos edictos, además, decidió el entusiasta apoyo a los humanistas de su tiempo, a los músicos y poetas (Ronsard, Du Bellay, Marot, Bude, Lefevre d’Etaples). Nada se dice, asimismo, que para culminar su fecunda labor fundó el Real Colegio de los Lectores, institución que más tarde devendría en el célebre Colegio de Francia. Pero no nos confundamos: estos hiatos no interesan al autor porque el autor está jugando a la política de su tiempo y no a la lealtad histórica, y de algún modo entendemos la legitimidad de los saltos biográficos y el abuso de ciertas deformidades.

    Pero nosotros, a conveniente distancia de ambas realidades, vemos hoy a este rey que hace cinco siglos inaugurara el desembarco del Renacimiento en Francia como alguien que merece nuestra congratulación. Pensemos solo por un instante si hubiera sido tolerante con las opiniones y con las mujeres ajenas, pero en materia de espíritu un mero bruto. ¿Qué habría sido de la suerte de las artes y de la cultura posterior de Francia y consecuentemente de Europa?