El martes pasado, en el marco de la Feria del Libro, el Dr. Sanguinetti hizo una nueva presentación de su libro “La Reconquista”. Allí se narra la salida del período militar y el acceso a la recomposición institucional del país.
El martes pasado, en el marco de la Feria del Libro, el Dr. Sanguinetti hizo una nueva presentación de su libro “La Reconquista”. Allí se narra la salida del período militar y el acceso a la recomposición institucional del país.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEste proceso de salida tuvo, en su momento, dos caminos posibles. Uno fue el del autor del libro y el otro el de Wilson Ferreira Alldunate. El camino de Sanguinetti fue el que se impuso y el de Wilson perdió. Esa es la verdad de los hechos, después están las interpretaciones y los relatos. Como se sabe, el relato de la historia lo escriben los triunfadores. En consecuencia, como era de esperarse, el libro describe frondosamente el camino triunfante, el de Sanguinetti, y bastante borrosamente la opción de Wilson. No es que el libro contenga groseras deformaciones de la historia, como las que hacen los triunfadores de hoy, con la ostentación propia del nuevo rico, pero sí con menosprecio (dando menos valor del que tiene) a la opción de Wilson. Eso es lo que pretendo corregir con estas líneas.
Dice Sanguinetti (y ha conseguido hacerlo versión oficial y legitimada) que Wilson, al estar en el extranjero, no estaba bien informado de las cosas de acá y que esa falta de información, sumada al temperamento impulsivo de Wilson, hizo que no entendiera de lo que se trataba, exigiera lo imposible y se impidiera a sí mismo tener injerencia en el desenlace. Nada de esto es exacto.
Lo que Wilson pretendía, aquello por lo cual luchábamos quienes lo secundábamos desde acá, era algo no solo mínimamente decente desde el punto de vista republicano sino perfectamente posible a poco que se insistiera con fuerza: queríamos que las elecciones de salida, para las cuales había fecha fijada, fueran libres y limpias, no unas elecciones con dados cargados en las que solo uno de los partidos comparecientes podía poner el candidato que quisiera. Queríamos unas elecciones como aquellas con que La Multipartidaria (con la firma de Sanguinetti) se había comprometido el 22 de mayo (sin exclusiones ni condicionadas a pacto alguno) y tales como el acto del Obelisco nos había mostrado que era la aspiración de todos los uruguayos. Había, pues, antecedentes en qué apoyarse.
En lo que se equivocó Wilson y nos equivocamos quienes lo secundábamos desde acá fue en creer (o apostar) que el Frente Amplio no aceptaría seguir el camino que proponía Sanguinetti sino el que proponía Wilson. Al volcarse Seregni para el lado de Sanguinetti, los militares, a quienes un pacto solo con los colorados no les servía, tuvieron dos de los tres interlocutores necesarios para el pacto, con la ventaja de dejar afuera a quienes más les complicaban. Así se consolidó el Acuerdo del Club Naval, que es una ingeniosísima arquitectura que atiende las distintas necesidades de cada uno de los pactantes sin que ninguna tenga que pagar nada: el gasto, el que pagaba todo y la garantía de que ese montaje no se vendría abajo, o bien estaría fuera del país o, si volvía, estaría preso. Como efectivamente estuvo preso, el pacto tuvo el desenlace previsto.
Se nos decía en aquel entonces y lo dice el libro de Sanguinetti, que al comenzar cada sesión en el Club Naval, ellos planteaban a los militares la libertad de Wilson. Pero ¿por qué habrían de atender ese pedido los militares si ya tenían el pacto que querían y los pactantes que necesitaban? Y también cabe la pregunta de por qué tendría que ponerse tan insistente Sanguinetti y los otros cuando tan favorable les era la situación tal cual estaba.
Hay que recordar que a Wilson lo soltaron del cuartel de Trinidad dos días después de las elecciones. No es liberado por el gobierno recién electo de Sanguinetti sino por los militares, aquellos mismos que en cada sesión del Club Naval respondían a los “ruegos” afirmando que era impensable liberar a Wilson porque había cometido graves crímenes y afrentas y por eso estaba preso. Dos días después de las elecciones esos mismos mandos militares le hacen abrir la puerta del cuartel y le dicen que se puede ir a su casa. ¿Y todos los crímenes? Elemental, Watson: las elecciones habían pasado, el pacto se había salvado, podía liberarse la garantía.
La descripción que suele hacer Sanguinetti de los comportamientos y reacciones de Wilson —en este libro, en la conferencia del martes y en general— arrancan en un tono afectuoso, resaltando la amistad profesada, pasando luego a un tono de condescendencia y rematan en la descripción de un Wilson buena persona pero demasiado irreflexivo, apasionado al extremo y con la razón cegada por sus impulsos a un punto de no entender lo que es la política. Así se expresó el martes pasado. Casi lo interrumpo para decirle que él menos que nadie puede difundir una especie como esa. Wilson era personalmente apasionado, sí, y estaba identificado con el partido más lírico y épico de la historia de los orientales, pero no perdía la cabeza ni era un obcecado; mandó votar a pesar de que lo tenían encerrado para evitar su comparecencia en las elecciones y cuando salió del cuartel, esa misma noche, en el discurso memorable de la explanada municipal, ofreció y comprometió gobernabilidad al gobierno de Sanguinetti y cumplió siempre. Pocas veces se ha visto un desprendimiento patriótico y una grandeza de espíritu de esas dimensiones. Como lo he dicho otras veces, el libro de Sanguinetti debería tener en la tapa la foto de Wilson.
Juan Martín Posadas