N° 1916 - 04 al 10 de Mayo de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn el canto vigésimo cuarto de la Ilíada Aquiles le explicó a Príamo que solamente los dioses viven sin pena; que los hombres, por capricho soberano de los dioses, reciben raramente efímeros momentos de dicha, pero en la mayoría de los casos reciben dolores y tristezas, suertes adversas. Schopenhauer retrató con los tintes más oscuros la sugestión pavorosa de esta verdad que no se acostumbra a decir en voz alta para no espantar a los votantes, a los que trabajan y a los que buscan trabajo, a los que están estudiando, a los que sueñan con formar una familia y mejorar el mundo, a los que creen que el amor terminará venciendo, a los que no se dejan arrinconar por el desaliento, a los que, en suma, la realidad todavía no abofeteó lo suficiente como para no perder la esperanza, la sonrisa, la alegría.
Copio un párrafo memorable y doloroso de la página 347 del segundo tomo de El mundo como voluntad y representación, de Arthur Schopenhauer (CFE, que distribuye Gussi), en el que el filósofo describe la pobre condición del hombre, de ese ser condenado a arrastrarse como todos los animales hacia una Nada de la que quizá nunca debió haber salido para no verse en su culpable pobreza, en su lastimosa desnudez. Dice así Schopenhauer, con palabra de dura piedra y de fuego: “La vida no se presenta en modo alguno como un regalo para disfrutar, sino como una tarea, un trabajo a realizar y vemos, tanto en lo grande como en lo menudo, una menesterosidad universal, un fatigoso esfuerzo, un continuo apremio, una lucha sin término, una actividad forzada, con un empeño extremo de todas las fuerzas corporales y espirituales. Muchos millones, reunidos en pueblos, tienden hacia el bien común, a causa de que cada cual tiende al suyo propio, pero muchos miles sucumben como víctimas en aras de ello. Se enzarzan en guerras por insensatas quimeras o por una política sofista: entonces ha de manar el sudor y la sangre de las grandes masas por la ocurrencia de unos pocos. En la paz se activa la industria y el comercio, las invenciones logran prodigios, los mares son cruzados por navíos, transportando exquisiteces de todos los confines del mundo que las olas engullen a millares. Todo se agita, los unos meditando, los otros actuando, el tumulto es indescriptible. ¿Mas cuál es el último fin de todo esto? Conservar por un corto tiempo a efímeros y atormentados individuos, en el caso más afortunado con una miseria soportable y una comparativa ausencia de dolor, a los que enseguida acecha el aburrimiento; luego la procreación de esta especie y de su frenesí. Desde este punto de vista, en esta obvia desproporción entre el esfuerzo y la recompensa, la voluntad de vivir nos parece, tomada objetivamente, como algo insensato y, subjetivamente, como una vana ilusión que se apodera de todo ser vivo para hacerle trabajar al extremo de sus fuerzas por algo que no tiene valor alguno”.
No puedo disociar esta descorazonada perspectiva de un episodio de la historia de España que desde mucho tiempo tenazmente se empecina en colonizar mi memoria. Tiene que ver con la apasionante lectura de la obra del padre Sigüenza, que dejó una pormenorizada crónica de los últimos días de Felipe II (Fray José De Sigüenza, Cómo vivió y murió Felipe por un testigo ocular, Apostolado de la Prensa, Madrid, 1928). De creer en su informado documento, el devoto rey tuvo una larga y atormentada agonía, marcada por el delirio y la fiebre. Cuenta el cronista que en las últimas dos semanas en este mundo se hizo rodear el sufrido lecho por crucifijos y todos los extraños y tan originales cuadros Hyeronimus Bosch que pudo comprar; dice que les pidió a sus sirvientes que le sostuvieran las pinturas bien cerca de la cara para contemplar infinitamente esas terribles escenas de crispación, de pecado, de angustia, de placeres convertidos en humillaciones y dolores. Las obras de Bosch le dieron alegría o color o quién sabe qué secreto deleite o qué enseñanza en su tránsito del sueño de la vida al sueño de la muerte. Cuenta el animado narrador de estas horas que cuando el rey aquejado por la gota infame, vencidas ya sus últimas fuerzas, se sabía abandonando para siempre la parte visible de la tierra, mandó llamar a su heredero, el príncipe, y le dijo lo que pretendía fuera todo su legado: “Hijo mío, he querido que os halléis presente en esta hora para que veáis en qué paran las monarquías de este mundo”.