Uruguay “en camino al desarrollo”

"/> Uruguay “en camino al desarrollo”

" /> Uruguay “en camino al desarrollo”

" />

Se precisa una “revolución educacional” e impulso a un sistema de innovación como políticas de Estado

Recuadro de la nota: Uruguay “en camino al desarrollo”

7 minutos Comentar

Nº 2158 - 20 al 26 de Enero de 2022

Para dar un salto en términos de su desarrollo, Uruguay debería recorrer, con políticas de Estado, durante las próximas décadas, un camino análogo al transitado en los últimos 40 años por países como Dinamarca e Israel, sostiene el economista Pascual Gerstenfeld.

El énfasis, según él, debe estar en concretar una “revolución educacional” que le permita a Uruguay contar con una fuerza laboral acorde con los estándares que le permitan integrarse a la economía del conocimiento, y a la vez profundizar y acelerar una estrategia que consolide un sistema de desarrollo científico-tecnológico y de innovación aplicado a la producción.

Gerstenfeld, exdirector de la División de Estadística de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, se explayó en el siguiente diálogo con Búsqueda en torno a las ideas contenidas en su libro Alerta roja para el desarrollo de América Latina y para el futuro de las Américas.

—Uruguay avanzó más rápido que otros países de la región en términos de la Medida Global Perspectivas del Desarrollo (MGPD) que usted creó, pero pasarían decenas de años para que llegara al umbral de desarrollo. ¿Qué reformas —los cambios “fuertes” que señala— ayudarían a acelerar la velocidad en ese camino?

—Los principales cambios de rumbo que requiere Uruguay se ubican en al menos dos de los componentes claves para integrarse a la economía del conocimiento. Requiere simultáneamente una “revolución educacional” y profundizar y acelerar una estrategia que consolide un Sistema Nacional de Desarrollo Científico-tecnológico y de Innovación aplicado a la producción.

Uruguay debería recorrer con políticas de Estado, durante las próximas décadas, un camino análogo al que han transitado en los últimos 40 años, países como Dinamarca e Israel. Estos ejemplos surgen de tener en cuenta similitudes en sus estructuras productivas históricas, basada en la explotación agropecuaria de bajo y medio valor agregado, sus tamaños poblacionales, así como sus fortalezas socioculturales, de sociedades con significativa integración social y alta convivencia democrática.

No es posible ser competitivo en la nueva economía si cada año se incorpora cerca de un 2% de la población al mercado de trabajo —en el cual participarán los siguientes 45 años— de la cual casi la mitad (46%) no completó la educación media superior y solo alrededor de un 11% incorporó educación terciaria. Dinamarca e Israel, así como Estados Unidos, Corea, Noruega, Suecia, Francia y España, tienen entre 35% y 47% de población adulta con educación terciaria, que implica al menos una carrera técnica de corta extensión. Chile, el vecino más cercano en desarrollo, ya registra un 22%.

Y en cuanto a absorción de conocimiento (pruebas PISA), mientras el promedio de los países desarrollados tiene 15,7% de alumnos con al menos una nota alta en comprensión lectora, ciencias y/o matemáticas, Uruguay registra un 2,4%, o sea casi la séptima parte. Y la otra cara de la moneda, mientras los mismos países registran un 13,4% con baja nota simultánea en los tres tópicos, Uruguay más que lo duplica con un 31,9%.

Todo lo anterior configura un adicional desafío en la transición para las políticas de recapacitación laboral, tanto para el Instituto Nacional de Formación y Capacitación Profesional, como la necesidad de nuevos instrumentos a desarrollar en base a las nuevas tecnologías, para incorporar cuanto antes esta mitad de la fuerza laboral a los estándares educacionales que requiere el presente y futuro inmediato.

En el otro crucial ámbito, Uruguay debe aceleradamente incrementar la inversión en investigación y desarrollo, tanto pública como privada, aumentar significativamente el plantel de científicos orientados a la investigación aplicada, y consolidar una institucionalidad pragmática y funcional para conectar la investigación científico-tecnológica con el sistema productivo.

—¿Ve en la agenda del actual gobierno reformas que vayan en la dirección que plantea?

—Sí, en el campo educacional, con el Plan de Política Educativa Nacional 2020-2025, que incluye algunos tópicos de políticas muy interesantes, como “el fortalecimiento del papel de la Utec como generadora de oportunidades educativas descentralizadas en coordinación con otros organismos”, y otras líneas de acción enumeradas y que se derivan de los cinco principios generales.

Sigo con atención la discusión al respecto, y noto en quienes cuestionan el Plan, un despliegue de buena parte de las falacias que el gran filósofo nacional Carlos Vaz Ferreira nos advierte en su obra Lógica Viva. Se transita desde la falsa oposición hasta lo que Vaz Ferreira denomina cuestiones de hechos o de palabras, filosofando, por ejemplo, sobre la diferencia entre “enseñanza pública” y “educación pública”.

En cuanto a la agenda de la investigación y desarrollo para la innovación, está el Plan Estratégico Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación elaborado hace dos gobiernos, ya que data del año 2010, por lo que deduzco que de ser impulsado estaríamos ante las deseadas políticas de Estado. Sería muy oportuno que se acelerara su instrumentación y adaptara lo necesario a las condicionantes actuales de la revolución 4.0.

—En su libro dice que la región se ha entrampado en un “dañino hábito político-cultural”, oscilando entre extremos intransigentes, el conservadurismo ortodoxo y el progresismo ideologizado. ¿Dónde ubica a Uruguay, que pasó de 15 años de gobiernos del Frente Amplio a uno de coalición de partidos de centroderecha?

—Para ser gráfico, definamos el rango de extremos entre 1 y 10, sin identificar en cuál de ellos esta cada uno, el conservadurismo ortodoxo y el progresismo ideologizado, para no generar ningún tipo de susceptibilidades de asociar números con ideas y porque además no resulta necesario.

La oscilación de Uruguay ha sido de las más moderadas de la región, oscilando entre 3 o 4 a entre 7 u 8. Tanto para la más reciente del 2020 como la previa, que fue en 2005.

Algunos pocos países más también han oscilado en un rango similar a Uruguay. Mientras el juicio que hago para la región se fundamenta en que más de la mitad de los países han oscilado en los últimos 30 años entre el 2 y el 9, y hay otro conjunto que por periodos ha llegado a oscilar entre el 1 y el 10.

—A la luz de la suerte que corrieron proyectos como el ALCA, el ALBA bolivariano o -en una dimensión subregional- el Mercosur, ¿es realista pensar en este momento -económico y político- en una integración como la que usted propone con el AEDLA?

—Momentos económicos y políticos ideales en general no existen para encarar los grandes desafíos de cambios en cualquier ámbito, y obviamente aún menos en el campo de la integración para el desarrollo, por lo holístico y profundo de sus requerimientos.

Lo que sí existen son los momentos de gran necesidad de hacerlo, sobre todo porque los costos de no hacerlo serán muy elevados para el futuro. Así ya lo entienden los grandes del Este asiático (China, Corea, Japón) y Oceanía (Australia), que junto a otros 11 países están construyendo la Asociación Económica Estratégica Regional, más allá de sus también enormes diferencias ideológicas y desconfianza mutua —tan o más profundas que las existentes en las Américas—, y conforman un bloque en desarrollo que representa actualmente el 30% de la población mundial y del PIB global. Mientras, por otro lado, dos de estos cuatro grandes (Japón y Australia) conforman junto a la India y Estados Unidos, el Dialogo Cuadrilateral de Seguridad, una alianza estratégica militar para garantizar la soberanía del océano Índico frente a China.

Si no se hace, la región seguirá en su realismo mágico. Para América Latina, por su creciente riesgo de pasar a ser periférica de más centros de desarrollo y para los Estados Unidos, porque ya está fuertemente en jaque su zona de confort en el rol de mayor potencia global y, obviamente por transitiva, también enciende la alerta para Canadá. Entonces, se trata de hacer de necesidad virtud, y sobreponerse a los históricos y estructurales desencuentros, que explican el fracaso del ALCA, el ALBA o el Mercosur, y podríamos seguir con la Unasur, etcétera.

Secciones
2022-01-19T17:57:00