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    Se redujo la desigualdad de ingresos pero no la educativa

    El dinero es decisivo para las condiciones de vida de las personas; la pobreza y la desigualdad social se determinan en buena medida por los ingresos, y los datos en Uruguay muestran mejoras en ese sentido en los últimos años. Sin embargo, eso no ocurrió con otras dimensiones de la equidad, como la referida al nivel educativo de la población.

    Eso revela una investigación académica elaborada para el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) de reciente publicación, que analiza estos fenómenos en el período 2006 a 2011. Especialmente en la educación, las disparidades “se mantuvieron prácticamente incambiadas” y al analizarlas comparando quintiles (fracciones del 20% de la población) incluso “se agudizaron”, afirman sus autores, Marco Colafranceschi, Elisa Failache y Andrea Vigorito.

    Este tipo de análisis, utilizando más dimensiones que solamente la del ingreso para medir el bienestar social, está empezando a cobrar mayor relevancia en Uruguay.

    Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) que miden la desigualdad por medio de los ingresos de las personas dan cuenta de que entre 2006 y 2012 el índice de Gini (que vale cero cuando los ingresos se reparten perfectamente y 100 cuando se concentran totalmente) registró una baja significativa, desde 44,6 a 37,9.

    Las mediciones multidimensionales de la desigualdad incluyen índices similares pero aplicados a las demás facetas del bienestar. El estudio “Desigualdad multidimensional y dinámica de la pobreza en Uruguay en los años recientes” realizado por esos tres especialistas del Instituto de Economía de la estatal Facultad de Ciencias Económicas para el PNUD, se centra a su vez en la vulnerabilidad de las personas en situación de pobreza y la trayectoria de la misma estudiando la evolución de varias dimensiones del fenómeno.

    Desigualdad.

    Entre 2006 y 2011 “se redujo la desigualdad en términos de hacinamiento, ingreso per cápita, clima educativo, índice de materiales de la vivienda y acceso a bienes durables”, según esa investigación. Esta última dimensión fue la que tuvo mayores avances en equidad, pero fueron “muy escasos” en lo que hace al clima educativo de los hogares.

    Los autores hacen referencia a otros estudios sobre la desigualdad educativa que “ponen de relieve el pobre desempeño de Uruguay en comparación con otros países de la región”. Destacan que entre 1981 y 2010 la brecha de años de enseñanza formal entre el 20% más educado y el 20% menos educado pasó de 4,6 años a 6,1. Si bien el índice de Gini de enseñanza se redujo, la diferencia por quintiles aumentó.

    Una posible explicación de ese desempeño es que la mejora distributiva en los ingresos no supone cambios inmediatos en la equidad a nivel educativo. Esta dimensión tiene a futuro una fuerte influencia sobre las demás, explican.

    Respecto a los ingresos, los investigadores hacen referencia a una baja en la desigualdad que comenzó a evidenciarse en 2008, lo que atribuyen a la última reforma tributaria, las mejoras en el mercado laboral y al aumento de las transferencias no contributivas. De todas formas, pese a la baja, en esa dimensión fue en la que se encontraron niveles de inequidad más elevados y la mejora “fue moderada con relación a lo observado en otros países de la región”, señalan.

    El índice que refiere al acceso a bienes durables es el que más tendió a la equidad. El aumento del ingreso y el abaratamiento de esos artículos puede haber generado “un marcado acortamiento de las distancias”, explican. Hubo en particular un “fuerte aumento del acceso de los sectores más carenciados” a estos bienes.

    La desigualdad que refiere a los materiales de la vivienda también descendió en el período, a la vez que los índices de hacinamiento cayeron.

    Entre sus comentarios finales, Colafranceschi, Failache y Vigorito destacan que a la luz de este tipo de resultados se podría pensar en una “nueva generación de políticas redistributivas que profundicen los logros, al tiempo que fortalezcan en mayor medida los vínculos entre el ingreso y otras dimensiones del bienestar”.

    Vulnerabilidad.

    Según el INE, el porcentaje de personas bajo la “línea de pobreza” —costo monetario de una canasta básica de bienes y servicios— pasó de 34,4% a 12,4% entre 2006 y 2012.

    El estudio publicado por el PNUD avanza sobre la vulnerabilidad a la pobreza en ingresos, que refiere a las posibilidades de salir de esa situación y a “los riesgos de caer en ella”. Se explica que “los hogares que salieron de la pobreza fueron aquellos que estaban en mejores condiciones en el punto de partida”; las familias con jefatura femenina, afrodescendiente o con bajo nivel educativo son las que “presentan mayores niveles de vulnerabilidad”.

    A mediados de este año se publicó un estudio oficial sobre las Necesidades Básicas Insatisfechas de la población, también con sustento en un enfoque multidimensional que mostraba que cerca de 30% de la población tenía al menos una “carencia crítica”, más allá de su nivel de ingresos.

    El documento del PNUD aborda estos “logros por encima de ciertos mínimos” en distintas dimensiones y la estabilidad de los mismos.

    Si bien se constatan avances en todas las categorías, se destacan algunos elementos nuevos asociados al aumento de la renta media, como por ejemplo los vinculados a la nutrición, “que se han desplazado de la insuficiencia alimentaria a la calidad de la alimentación”. Aproximadamente el 35% de los niños encuestados tenía algún problema de ese tipo y “casi el 10% presentaba problemas más agudos, predominantemente referidos al sobrepeso”.