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    Siempre Alice, con Julianne Moore, ganadora del Oscar como Mejor actriz

    Buena parte de nuestra percepción del mundo se construye y fluye por medio de la interacción de las palabras que usamos. El lenguaje nos contiene. Ampliamos nuestro lenguaje y ampliamos nuestro mundo, nuestra vida. Cuando sucede lo contrario y las palabras quedan fuera de foco, se salen por instantes de cuadro o simplemente desaparecen y no regresan, con ellas también se marchan las características que nos constituyen, que nos diferencian. Se marcha nuestra forma de ver y operar en el mundo, nuestro particular modo de crear la realidad en la que vivimos.

    La lingüista y profesora Alice Howland (Julianne Moore, por su actuación se llevó por fin el premio Oscar el pasado domingo 22, aunque no es difícil suponer que es un reconocimiento a labores anteriores como Las horas, Noches de placer, Mi familia, Polvo de estrellas) es la viva y feliz muestra de estabilidad: inteligente, bonita, a los 50 tiene una carrera que marcha sobre ruedas, un matrimonio que es un ejemplo y tres hijos que son la envidia del condado (salvo, quizá, la más chica, que quiere ser actriz y vive en Los Ángeles y tiene la cara de estar harta de todo y los gestos de aburrimiento y el pelo apelmazado de Kristen Stewart). Y de repente ocurre algo. La vida es impredecible y todo eso. Le diagnostican una extraña y devastadora enfermedad, una versión prematura del mal de Alzhei­mer. Cuando esto ocurre, Alice todavía dispone de las herramientas del lenguaje necesarias para hacerse una idea de lo que está pasando y prepararse para lo que puede pasar. 

    La primera señal de la enfermedad que cambiará todo la recibe cuando, al dar una conferencia, se queda en blanco y siente que tiene una palabra en la punta de la lengua y no le sale. Está ahí, fuera de foco, cerca, y Alice, que es lingüista, realiza un esfuerzo intelectual demasiado engorroso para algo que parece tan simple y llano.

    No se sabe si es la primera vez que le sucede, esto de olvidar una palabra. Lo que sí se sabe es que no será la última. Y que a partir de ahora atravesará un túnel de dolor psíquico intransferible, mientras todavía es consciente del colapso del montaje lingüístico que sostiene su mundo, sus recuerdos, su presente, lo que proyecta para el futuro.

    La de Alice es una enfermedad extraña: el deterioro cognitivo y los trastornos conductuales suelen aparecer después de los 65 años. Alice recién tiene 50. Y es una enfermedad devastadora: más allá de sus alcances destructores, también es hereditaria y puede que se la haya transmitido a sus hijos, algo que puede derivar en una fuerte crisis familiar, en especial cuando una de sus hijas (Kate Bosworth) está embarazada. Todavía falta lo peor.

    Pero esta película, enmarcada en lo que ya es un redituable subgénero dedicado a seres con capacidades seriamente limitadas o pacientes dolorosamente condenados a enfermedades terminales o degenerativas interpretados por estrellas de renombre, se acerca con respeto y sobriedad hacia el personaje y su progresivo y desgarrador deterioro. Recurrirá a todos los trucos posibles para mantener su cerebro activo y mantener su identidad. Todo es tan duro para Alice que en un momento llega a decir: “Preferiría tener cáncer”. El dolor físico no tiene comparación, para ella, con lo que se experimenta al perder la identidad.

    Los realizadores Richard Glatzer (quien tiene esclerosis lateral amiotrófica, otra enfermedad degenerativa) y Wash Westmoreland no son ningunos monstruos de la puesta en escena, sus encuadres son elementales, su ritmo es básico, como para la televisión con tandas, pero cuentan con la todoterreno Moore, que compone escenas sutiles y poderosas. Y tienen a Alec Baldwin en el papel de esposo (exitoso, además), que no solo contiene a Alice, también a la propia Moore, cuando se pasa de rosca con el histrionismo (que también ocurre). 

    Es de suponer que las enigmáticas y oscuras fuerzas que conducen a los tituladores para la región de América Latina a llamar Siempre Alice a un filme cuyo título original refiere a lo que todavía permanece del personaje interpretado por Moore (y la historia, precisamente, sugiere que en terrenos como la salud y las relaciones familiares, dos columnas sobre las que se sostiene este largometraje, las expresiones “nunca” o “siempre” son tramposas y falaces), esas mismas fuerzas tal vez son vecinas o aliadas de los siniestros y desvergonzados poderes que actúan detrás de los molestos arreglos sonoros que subrayan instantes dramáticos y de las escenas diseñadas para las lágrimas (sí, en la era pos Simpson, pos South Park, pos 30 Rock, hay un discurso donde la gente aplaude) que el dúo de directores injertó en el filme. Saquemos eso, y a Stewart, que es pésima, que siempre hace de ella misma, que necesita vacaciones o un curso intensivo de actuación en serio, y quedémonos con Moore, con Alice y su pelea por seguir siendo.

    Siempre Alice (Still Alice). EEUU, 2014. Dirección y guión: Richard Glatzer y Wash Westmoreland. Duración: 101 minutos.

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