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El reestreno de una película de hace 70 años en estos tiempos no deja de ser algo curioso. Y digno de celebrarse. Sobre todo cuando esa película es Casablanca, un título emblemático filmado en plena II Guerra Mundial que invoca toda clase de sensaciones: nostalgia, melancolía, evocación, cariño, admiración, respeto, todos esos sentimientos juntos o por separado, pues ninguno de ellos es opuesto al otro ni contradictorio.
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Porque Casablanca ejemplifica como pocas obras lo que era el cine de aquella época, el sistema de estudios, las estrellas, los argumentos melodramáticos aderezados con romance y tragedia, el toque exótico y la exaltación patriótica de un momento histórico. Y constituye, además, una especie de manifiesto de cómo entendía el cine la Warner Brothers, porque es cierto que cada estudio tenía su estilo, muy reconocible para el aficionado que supiera ver más allá del simple producto de entretenimiento que solía ofrecerse: si la MGM significaba el lujo, la WB representaba el sacrificio. Los productos MGM tenían el sello de la opulencia, el buen gusto y las estrellas más glamorosas. La WB proponía, en cambio, temas populares, rostros con gran carácter y escaso glamour, además de un estilo conciso y veloz que se adaptaba tanto a su famoso cine de gangsters (con James Cagney, Edward G. Robinson o Humphrey Bogart) como a sus célebres biografías (con Paul Muni), sus aventuras de época (con Errol Flynn), sus melodramas femeninos (con Bette Davis) y hasta sus musicales extravagantes (los de Busby Berkeley).
Para ello, el estudio contaba con la mano férrea de su jefe Jack L. Warner y con la solvencia de su productor ejecutivo Hal B. Wallis. Y con un plantel de directores que conocían su oficio y sabían hacer películas de 90 minutos donde no faltaba nada. Entre todos ellos (Raoul Walsh, William Dieterle, Archie Mayo, Irving Rapper, Anatole Litvak, Edmund Goulding, William Keighley) había especialmente uno que sabía tomar un libreto, entender su esencia, filmarlo rápidamente y obtener un éxito inmediato. Su nombre era Michael Curtiz (Mihaly Kertesz, según su origen húngaro), hablaba un pésimo inglés y era duro con sus actores, pero todos lo respetaban por su habilidad como cineasta. Ya había hecho muchos títulos de todo tipo de géneros (“El Capitán Blood”, “Ángeles con caras sucias”, “Esclavos del oro”, “El halcón de los mares”, “Las aventuras de Robin Hood”, “Hermanos contra hermanos” y “Triunfo supremo”, una biografía del músico George M. Cohan con James Cagney cantando y bailando que había sido su último éxito).
Y contra lo que muchas respetables opiniones puedan creer, Curtiz fue el mayor factor de cohesión de Casablanca, que ya había enfrentado algunas dificultades desde el comienzo.
Jack Warner quería a George Raft para interpretar a Rick Blaine, un americano exiliado en Marruecos que sueña con un amor que lo abandonó en París justo cuando entraban las tropas alemanas. Ahora regentea el Rick’s Café en Casablanca, territorio francés libre pero bajo la tutela inevitable de los nazis. Una noche cae por allí Ilse, aquella mujer que lo dejó sin explicaciones, y viene acompañada por un héroe de la resistencia checa, Victor Laszlo. El problema con Raft (que ya había rechazado “Alta sierra” y “El halcón maltés” a favor de Humphrey Bogart) era que no contaba con la simpatía de Hal Wallis, quien quería a Bogart desde el principio. Así que no hubo problemas, porque Bogart se vio favorecido por tercera vez al rechazar nuevamente Raft el papel. Toda la vida se arrepintió de haberlo hecho.
Como Ilse, se eligió a Ingrid Bergman, quien no tenía contrato con Warner sino con David O. Selznick, el productor independiente más poderoso de Hollywood (“Lo que el viento se llevó”, “Rebeca”). Bergman aprovechó el retraso de “Por quien doblan las campanas” en Paramount para incorporarse a Casablanca, cuyo libreto (basado en una pieza inédita de Murray Burnett y Joan Alison titulada “Everybody Comes to Rick’s”) se escribía día a día y nadie sabía cómo terminaba. Ante semejante desconcierto, por culpa del cual Bergman no tenía idea si al final se quedaba con Rick o con Victor Laszlo (Paul Henreid), Curtiz se las arreglaba para dirigir un filme que seguramente tenía en la cabeza aunque dependiera de los libretistas originales Julius y Philip Epstein, de Howard Koch, que fue llamado a colaborar, y hasta de Casey Robinson, quien aportó lo suyo. Si en el filme no se nota ese caos (muy común, por otra parte, en la casa Warner) es porque Curtiz se encargó de limar asperezas y llevar todo a buen término hasta el último día de rodaje.
Pero, ¿cómo una película filmada en esas condiciones terminó siendo una de las más queridas y admiradas de la historia del cine? Entre Jack Warner y Hal Wallis se repartieron siempre los méritos, olvidándose injustamente de Curtiz. Pero si uno observa atentamente la obra, sin prejuicios ni preconceptos, debería reconocer que la mano del director se ve en cada una de las escenas. Casablanca está impecablemente armada, cada toma dura lo que tiene que durar y está puesta en el momento oportuno para cumplir estrictamente con la progresión dramática del asunto. Y los papeles están cubiertos por un gran elenco donde resaltan Claude Rains como el prefecto Renault, Conrad Veidt como el jerarca nazi, Peter Lorre como el desgraciado Ugarte, Sidney Greenstreet como el cínico Ferrari y S.Z. Sakall como el maître austríaco. Un crisol de nacionalidades que responde cabalmente al momento histórico donde, según la película, Casablanca era el lugar estratégico para huir hacia Lisboa y desde allí hasta América.
Humphrey Bogart, en el papel de su vida, es el aventurero desarraigado, desilusionado y cínico que esconde un corazón noble que solo el amor puede ablandar. Parece una cursilería, pero siempre le cayó bien al público que supo identificarse con esos personajes sufridos aunque finalmente heroicos. A medida que el bueno de Sam (Dooley Wilson) toca “Según pasan los años”, afloran los recuerdos de París, la mujer amada y la maldita guerra que los ha separado. Los diálogos son cortantes, ocasionalmente absurdos (“¿Son cañonazos o los latidos de mi corazón?”, dice ella), pero mayormente brillantes (“Qué vino a hacer a Casablanca?, pregunta Renault. “Por mi salud, vine por las aguas”, contesta Rick. “¿Qué aguas? Estamos en el desierto”, replica Renault, y recibe como respuesta: “Me informaron mal”). Hay otros momentos de gran fuerza emotiva, como cuando Victor Laszlo hace tocar “La Marsellesa” para tapar los cánticos alemanes. Patriótica, romántica y por momentos emocionante, Casablanca mejora con los años. A su narración rápida y dinámica —siempre están pasando cosas que hacen avanzar la anécdota—, a la fotografía notablemente expresiva de Arthur Edeson y la música siempre oportuna y para nada cargosa de Max Steiner, se agrega ese encanto tan especial que brota cuando se contempla una obra clásica, disfrutable y perfecta.