N° 1835 - 01 al 07 de Octubre de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos irrefrenables y siempre justos celos de Hera condenaron a la ninfa Eco —admirada por su elocuencia— al casi absoluto mutismo, dejándole la irónica gracia de únicamente repetir de modo incesante la última palabra que otras personas decían. Desde ese momento ha quedado opacada la relevante función de la segunda voz, que en rigor es parte del juego armónico de una composición, tan caro al Ars Nova y a los ensayos perfectísimos de Guillaume de Machaut en el arte del motete.
Los pensadores, al igual que ciertas piezas musicales, son susceptibles de ese arreglo armónico, también consciente de que la melodía conozca un ingreso que la haga reverberar acaso en otro registro, en otro momento. Se me ocurren algunos ejemplos que demuestran suficientemente que la segunda voz tiene una dignidad que para nada es anulada por el portento y la luz de la primera voz; obras y autores que han operado sobre la palabra originaria, que han querido salvarla, que tal vez la trastocaron, que seguramente de un modo en todo sentido involuntario la defraudaron, pero que en sustancia consiguieron salvarla de los azares y de la suerte a veces hostil de su contexto.
El primero de ellos es el presumible eco de Sócrates en la voz de Platón. Sabemos que Sócrates no escribió, según le hace decir Platón, porque no quiso; estampó, sí, algunos poemas que fueron olvidados por el propio autor y cuya mención es tangencial en el diálogo Fedro. El contemporáneo Jenofonte nos dejó un testimonio que convalida con toda efusión lo mucho que ha inmortalizado Platón respecto de su maestro, razón por la cual es fácil entregar convicción a las palabras que están en los diálogos. Es cierto: nunca sabremos qué dijo exactamente Sócrates y a quién, pero un alumno suyo le rindió homenaje, atesoró sus enseñanzas en el corazón y cuando la vida le mostró su peor rostro (por dedicarse a la política en Sicilia terminó preso y convertido en esclavo, tuvieron que hacer una colecta para liberarlo) convirtió su existencia en un homenaje a lo que recibió del Maestro. Por eso no hay que desesperar; menos como un acto de fe que como una resignación agradecida, tenemos la íntima certeza de que cuando leemos a Platón con todo entusiasmo estamos escuchando a Sócrates.
El caso de San Pablo podría equipararse con el de Platón, salvo por una diferencia que no es menor: mientras Platón se inicia en la admiración a Sócrates y toma consciencia del mundo de la mano del Maestro, Saúl de Tarso se forja en el desprecio, en la inquina, en la persecución a quienes seguían a Jesús; fue preciso ese momento único que es el camino a Damasco y la voz que lo interpela (hay que leer el capítulo noveno de los Hechos de los Apóstoles o directamente inclinarse ante la versión del episodio que da Caravaggio) para que este inquisidor se diera por entero a la Buena Nueva y se convirtiera en uno de sus principales apóstoles y comunicadores. La noticia que traen los Evangelios es lo que es; pero lo que hizo Pablo unos cuantos años más tarde es muy diferente: debió transmitir para los escépticos, contar lo que no vio pero pudo pensar y más que nada entender desde el fondo de su corazón; lo que Jesús dijo y vivió encontró precisamente un eco en el ardor de San Pablo. Nunca puedo dejar de recordar la segunda carta a los Corintios, donde habla de los costos de la fe y por tanto de lo que debió embargar en su oficio de segunda voz: “Cinco veces he recibido de los judíos cuarenta azotes menos uno; tres veces he sido flagelado con varas; una vez he sido apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado en lo profundo del mar. Muchas veces he estado en viajes a pie, en peligros de ríos, en peligros de asaltantes, en peligros de los de mi nación, en peligros de los gentiles, en peligros en la ciudad, en peligros en el desierto, en peligros en el mar, en peligros entre falsos hermanos; en trabajo arduo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez. Y encima de todo, lo que se agolpa sobre mí cada Día: la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién se enferma sin que yo no me enferme? ¿A quién se hace tropezar sin que yo no me indigne?”.
Boswell y el Dr. Johnson, o Goethe y Eckerman forman también afinados tándems de primeras y segundas voces; aunque no en una medida tan decisiva y profunda como en los casos señalados. No obstante esto, en cualquier ejemplo, tenemos que la segunda voz, vuelvo a señalarlo, replica la misma melodía; solo que con una variación, un detalle que le impide ser considerada como la primera y única voz, pero que no puede sino ser parte de ella, pues su existencia tiene sentido, se explica y se despliega a partir de la voz que lo dijo todo de una vez. La segunda voz fija y expande. Es segunda, pero también voz.