La cola era larguísima, pero la gente estaba tranquila, porque faltaba todavía una hora para que empezara el primer clásico del 2017 en el Estadio Centenario.
La cola era larguísima, pero la gente estaba tranquila, porque faltaba todavía una hora para que empezara el primer clásico del 2017 en el Estadio Centenario.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos vallados metálicos amarillos se extendían cuadras y cuadras a lo largo de las calles circundantes, y los puestos de control policial alternativo estaban claramente identificados en el recorrido lento de la multitud.
En estos casos, aunque uno no conozca a las personas que lo rodean, es natural ponerse a conversar y a comentar estas novedades recién implantadas para darnos seguridad y tranquilidad a todos, asistentes o no al espectáculo.
Dos veteranos que habían quedado juntos en la fila, iniciaron un diálogo.
—Va despacio, pero vamos avanzando, —arrancó uno de ellos, dando el puntapié inicial.
—Es verdad —respondió el otro, y ya agregó el primer tema de la conversación—,¿cómo le fue con la entrada?
—Bueno, qué quiere que le diga, yo saqué para mí y para mi yerno, que viene por allá atrás con dos amigos, para los que también saqué. Como siempre, ellos laburan, yo estoy jubilado y tengo más tiempo.
—¿Y tuvo que llevar las cédulas de todos?
—Y si no, no me las vendían, usted vio cómo es la cosa. Es más, el del Abitab no me las quería vender, porque el policía que tenía al lado le decía que en fija yo era un veterano revendedor, y que iba a currar con las entradas. Pero al final aceptó vendérmelas, aunque tuvimos que hacer un acta ahí, con un escribano que también estaba en el local, una declaración jurada de que yo no iba a revender las entradas, y que los titulares de las cédulas y qué sé yo. Pero no tuve que pagarle los honorarios. El tipo trabaja ahí. ¿Y cómo viene usted con los controles? Ya pasamos dos, nos quedan dos más todavía.
—Bien… qué le voy a decir… uno va a tener que acostumbrarse… en el primer control me fue bien con la revisación de amígdalas y con el tacto rectal que me hizo el médico de la Policía ahí en el puesto de control, pero no se me ocurrió traer los certificados de vacunación, y tuve que firmar un formulario jurando que tenía la de la gripe y la antitetánica…¿y a usted?
—Me discutieron que las placas de tórax eran viejas, mire, las traigo acá en este sobre grande, ¡tienen dos años! Uno no va a andar sacándose placas de rayos equis porque sí cada seis meses, pero bueno, el electrocardiograma me dio bien, y en el segundo control el que me mató fue el de la DGI, que me pidió un certificado de estar al día y yo no lo traje. Me dejó pasar porque le firmé una declaración jurada, y se lo tengo que llevar en el correr de la semana, o me denuncian por intento de evasión y voy en cana como Figueredo. Está bravo esto, pero si no, nos perdemos el partido…
A esa altura, ya habían entrado varios participantes más en la conversa, y cada uno tenía una anécdota más loca que la otra. Un muchacho contó que era cantinero de un club de bochas, y siempre se encargaba de sacar las entradas para un grupo de socios veteranos, facilitándoles la vida, pero esta vez fracasó.
—Cuando le bajé dieciocho cédulas al de Redpagos, el tipo me mandó a freír churros, me dijo que estaba prohibido, igual que a usted, que le dijeron que era revendedor, pero a mí no me dieron bola, y al final los viejos tuvieron que ir de a uno a sacarse su entrada, un garrón, hay uno que es paralítico, viene allá atrás en silla de ruedas, ni me imagino lo que habrá pasado el pobre con lo del tacto de la próstata y con el electro, pobre. Yo con el de la DGI todo bien, pero acá el amigo —dijo, señalando a otro señor que venía más atrás— me contaba que el certificado que no había traído era el del BPS y el recibo de sueldo, y también le hicieron firmar un papel, que tiene que presentarse en la semana, o le cortan el pago del sueldo del mes en curso. Está bravísima la cosa.
Hubo algunos que contaron que la revisación policial de porte de armas y objetos peligrosos estaba salada, y que además de los cacheos les habían hecho radiografías y los habían hecho pasar en ropa interior por un scanner como el de los aeropuertos, y a dos les habían confiscado unos bolígrafos de plástico “porque eran objetos punzantes, de notorio riesgo” según les habían puesto en un documento que les hicieron firmar, y les habían dado un recibo, para ir a retirarlos a la Jefatura de Policía en el correr de la semana.
Para entonces ya habían pasado también los controles de la Policía Dietética, que les había preguntado qué habían comido y bebido antes del partido, para calcular en una computadora cuántas veces tendrían que ir al baño durante el partido, y les habían dado unos cupones para entregar al policía que se los pediría cada vez que entraran a los servicios higiénicos. Terminados los cupones, que eran entregados en cantidades diferentes según lo que cada uno había ingerido, ya no se podía volver a entrar al baño, pasara lo que pasara. Casi todos se quejaban, pero resignados, porque querían entrar al estadio de una vez.
Fue ahí que se llevaron el susto más grande. Cuando se aprestaban a entrar, la Policía los frena, y desde lo alto de la Amsterdam ven caer una garrafa.
—¡Otra vez lo mismo! —gritaron varios a la vez —, ¡no se arregló nada, no se arregló! —dijeron otros.
Pero no era así. Falsa alarma. Desde lo alto, un policía se asomó y le dijo a otro que estaba abajo si le había llegado bien la garrafa.
El que la recogió le dijo que sí, y la llevó para instalarla en un carrito de chorizos que estaba junto a la puerta, agregando un servicio más a los numerosos que nos dan ahora tranquilidad y seguridad.