N° 1991 - 18 al 24 de Octubre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUno de los conceptos que parece estar de moda, ahora que apareció un Bolsonaro en el horizonte, es “la culpa”. Se llenó la prensa (y las redes, como no) de analistas que se interesan por desentrañar de quién es “la culpa” de que el candidato más votado en Brasil sea un señor de la ultraderecha más rancia y radical. Están quienes dicen que “la culpa” es del PT por su corrupción, otros que “la culpa” es de los votantes clasistas, homófobos y racistas (unos 50 millones) que decidieron arrastrar al abismo al resto, otros que “la culpa” es de la democracia, de los malos, de los zurdos, de los fachos, and so on.
Personalmente, habiendo sido criado y educado en ambientes laicos y hasta medio sacrílegos, la idea de que “la culpa” pueda servir para explicar y entender las cosas que ocurren en la realidad me resulta un poco ñoña, un poco cristiana de más. En general, eso de querer encontrar un culpable me suena más a buscar un cabeza de turco, un chivo expiatorio al que cargarle el muerto, antes que un intento serio de comprender por qué ocurren las cosas.
No deja de ser contradictorio que sean precisamente quienes insisten en ver la realidad como una colección de significantes que pueden ser rellenados a voluntad, según convenga al “relato”, quienes ponen mas empeño en encontrar culpables nítidos y simples en procesos que son necesariamente complejos. Las decisiones que toma la ciudadanía en una sociedad compleja como la de Brasil, no pueden ser nunca simples ni unicausales.
Personalmente tiendo a ver el voto a Bolsonaro justamente como un “voto relleno”: se vota al candidato tras rellenarlo con nuestro deseo, usando como masa madre aquello que nos interesa de su discurso o aquello de su discurso que más se apega a nuestra idea previa. Es decir, Bolsonaro como un significante en el que cada uno de sus votantes deposita su deseo, sea este que haya menos corrupción, que las minorías no obtengan más derechos, que la economía sea abiertamente liberal, que baje la violencia, o lo que sea que esté más o menos incluido en el discurso derechista y por momentos antisistema de Bolsonaro (me cuesta considerar antisistema a un tipo que lleva un cuarto de siglo viviendo en exclusiva del sistema). En cualquier caso, creo que las razones del voto a un candidato son siempre diversas y nunca simples.
Pues bien, esta columna no es sobre Bolsonaro ni sobre “la culpa”. Me interesa el caso brasileño porque sirve para mostrar el desconcierto de la intelligentsia (entendida como élite cultural) cuando ocurren cosas que no están previstas por ella. Es un poco lo que pasa cuando en las encuestas preelectorales viene ganando el candidato más cool y, de golpe, masivamente, la gente vota al tapado, al feo, al que no se debería votar. Pasó con Trump, seguramente pase con el candidato ultraderechista brasileño en la segunda vuelta. Pareciera que una cosa es lo que se dice cuando las preguntas se hacen en público y otra, distinta, lo que efectivamente se hace en privado.
Algo similar ocurre con las opiniones sobre temas sociales: hay una tendencia, reforzada por las redes morales, a expresar públicamente solo aquellos aspectos de nuestra paleta de intereses que cotizan al alza en el mercado de las ideas hegemónicas. Basta con ver lo que ocurre cuando alguien declara sus dudas sobre determinados aspectos de la llamada “agenda de derechos”: una jauría de justos salta siempre buscando su yugular. En ocasiones, los justos van más allá y exigen (nunca piden, debaten o discuten, siempre exigen) la desaparición de tales dudas de la arena pública. Y es que hace ya un rato que ciertas ideas, en apariencia laicas pero en realidad sagradas, no pueden ser cuestionadas en la plaza pública. Peor, no pueden siquiera ser emitidas sin que aparezca una turba reclamando la sangre del impuro. Y así, la plaza pública se nos va llenando de brujas quemadas y de corderos linchados.
Más arriba dije ideas hegemónicas cuando en realidad podría haber dicho aparentemente hegemónicas. Porque esas ideas, que son festejadas entre expresiones de alborozo y autosatisfacción por quienes las promueven, no siempre cuentan con un apoyo masivo. En ocasiones son meros gestos simbólicos que afectan la vida de sectores muy pequeños de la población y que no se sabe si solucionan realmente sus problemas. En ocasiones, resultan lejanas para el día a día del votante. En ocasiones, pueden ir en contra de aquello que ese votante considera esencial en su forma de ver el mundo. Y entonces luego, cuando ese ciudadano puede emitir su voto en secreto sin la presión social de los justos y sus antorchas, termina votando a los Trump y los Bolsonaro de este mundo. Hay un montón de ideas que la intelligentsia hace rato decretó son malas y deben desaparecer, que en realidad siguen estando allí, a la espera de la oportunidad que brinda el cuarto oscuro.
Para desgracia de la intelligentsia (y para suerte del resto), no se puede mandar a 50 millones de ciudadanos a cursos de reeducación pagados con dinero público, para que esas ideas se les vayan de la cabeza. No solo no es posible: tampoco es democrático. Porque ahí está la clave del entuerto: que unas ideas nos parezcan pésimas no otorga el derecho automático a reprimirlas o exigir su desaparición. Ese fue, justamente, el pseudoargumento de las dictaduras latinoamericanas de los setenta y ochenta para reprimir brutalmente a la ciudadanía.
En todo caso, esos cambios que se impulsan solo pueden ser reales y consistentes cuando se producen tras haber debatido las ideas en el llano. Por descontado, no existe una única dirección para los cambios: no todo lo conservador va a desaparecer en virtud de alguna “ley histórica progresista”. En lo social, nada es necesario, todo es contingente. Las historias de nuestras democracias son de hecho una constante tensión entre el empuje y el freno y no siempre está claro qué ideas son una cosa y qué ideas otra. Eso solo se puede empezar a dilucidar cuando se deja de exigir y se acepta discutir.
Ser horrible es un derecho, tanto como lo es desear dejar de serlo. Ser conservador (querer conservar determinado statu quo) es un derecho garantizado por las leyes, como lo es ser progresista y fan del cambio perpetuo. Proclamar ideas de mierda no es un delito a menos que estas ideas vayan contra la ley. E ideas de mierda que van contra la ley se han escuchado en todas las tiendas políticas. Si un candidato hace algo contra la ley, se lo denuncia ante la Justicia. Si un presidente decide atacar los mimbres del sistema que lo colocó en ese puesto, es la fortaleza del sistema lo que debe acotar su accionar, no la censura o una supuesta superioridad moral de los puntos de vista.
El precio que se paga por tener un sistema democrático abierto y en constante reforma es que cualquier idea, incluidas aquellas que nos parecen horribles, pueda ser expuesta en la plaza. Y la única garantía que tienen los ciudadanos de que esas ideas horribles no terminen pasándoles por encima y, eventualmente, se carguen la democracia, es discutirlas e intentar desarmarlas, nunca censurarlas. Sostener ideas horribles no es delito pero no rebatirlas bien que podría serlo.