N° 1807 - 12 al 18 de Marzo de 2015
N° 1807 - 12 al 18 de Marzo de 2015
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDos libros muy diferentes y sin embargo íntimamente ligados me desvelaron gratamente la pasada semana. Uno de ellos es el estudio de César Vidal acerca de la presencia judía en España (España frente a los judíos: Sefarad, La Esfera de los Libros, que distribuye Gussi); el otro corresponde a la psicoanalista e historiadora lacaniana Elizabeth Roudinesco, que lleva por título A vueltas con la cuestión judía (Anagrama, que distribuye Gussi).
El propósito de uno y otro texto es notoriamente distinto. Vidal busca registrar la presencia mítica y real de los judíos en la Península; Roudinesco, en cambio, intenta discernir los muchos caminos por los que se ha producido el sentido de identidad en el ámbito judío en medio del contexto de los cambios sociales, políticos y culturales del último siglo y medio, no tanto porque le interese eso, sino porque quiere establecer las señas de identidad del antisemitismo, fenómeno que en su opinión es de reciente data, a diferencia del antijudaísmo, que sí echa raíces en la historia antigua. Lo común que tienen proyectos tan diferentes es una relación de medida; ambos libros acaban por identificar el grado de intolerancia o de prejuicio o de empatía presente en algunas mentalidades escuchadas o dominantes en distintas épocas respecto de los judíos, de su religión, de su estructura organizacional, de sus premisas morales, aportes y también de las situaciones problemáticas o llamativas a las que fueron vinculados.
Vidal estrecha su investigación en un campo absolutamente dilatado que empieza por menciones metafóricas a España en alguno de los Profetas y culmina con el estudio de la supervivencia de los conversos luego del decreto de La Alhambra de 1492. En ese intermedio de casi un par de milenios tenemos en primer lugar la presencia judía a través de los fenicios, luego indudablemente de los romanos; la tenemos más tarde en la intermitente diáspora que siguió al asalto de Tito a Jerusalén y ya en tiempos de las hordas, a partir del siglo V, verificamos su presencia tolerada, o perseguida, bien utilizada o explotada o aborrecida bajo los distintos reinados visigodos. Con la invasión musulmana la situación judía puede decirse que abandonará la intermitencia y se convertirá en una invariante de la nueva realidad hasta devenir en un definido rasgo cultural de ese singular período de la personalidad social y mental de la vida española. El triunfo de la Reconquista determinará la fulminante expulsión o la posibilidad de una asimilación extrema.
Lo interesante del trabajo de Vidal consiste en que trata de ubicar con la mayor exactitud que la dispersión documental le permite el marco de convivencia que tocó a los judíos en cada uno de esos períodos; vale decir: se ocupa de discernir los grados de tolerancia existentes respecto de una comunidad cultural que siempre ha estado marcada por la coacción de numerosas asechanzas. Eso, en sustancia, es también lo que desvela la investigación de Roudinesco, concentrada en las ideas que fueron derivando para convalidar la agresión a los judíos durante la modernidad europea. Con un añadido nada despreciable: la autora encuentra que las actitudes de negación o menosprecio o la directa violencia contra los judíos no tienen solamente origen en forzadas interpretaciones religiosas, sino que muchas veces tuvieron como causa ciertos presupuestos emanados del sentido maximalista de edad de la razón.
Roudinesco recuerda datos que no siempre se tienen en cuenta; por ejemplo: Rousseau fue un precursor del sionismo, conforme a ciertos párrafos que se leen en el libro sobre la educación (Emilio); la Asamblea Nacional promovió la ciudadanía plena de los judíos y Louis XVI estuvo a favor de la ley de 1791 por la que precisamente se declaraba a los judíos ciudadanos franceses. Ese mismo país, un par de generaciones más tarde fue el centro de la mutación perversa que llevó del antijudaísmo al antisemitismo, esto es, de la posición polémica de base religiosa a la posición violenta de supuesta base científica o racional.
Aquello que en Vidal es descriptivo, en Roudinesco es invariablemente crítico, provocativo. No todo el tiempo se puede estar de acuerdo con una autora a la que le cuesta aceptar la pertinencia de la religión en la conformación de la identidad judía, a la que le gusta pensar que el conflicto en el Medio Oriente podría dirimirse confiando en la voluntad de paz de los vecinos de Israel y no con una vigorosa e irreductible defensa de sus fronteras y de sus habitantes. Pero aun así su inteligencia salta por encima de ciertos automatismos sesentistas y nos permite beneficiarnos de un informado paseo analítico por la mal llamada cuestión judía.