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    Shakespeare historiador

    Columnista de Búsqueda

    N° 1960 - 08 al 14 de Marzo de 2018

    La historia de Inglaterra —entendida como conciencia de sí, como lo que se sabe de sí mismo en un proyecto o en un destino— es, como quería Hegel para la historia universal, el relato de la libertad. Y su juglar ha sido, fuera de toda discusión, William Shakespeare, que prodigó cerca de la tercera parte de la totalidad de sus obras a celebrarla. Repito: la historia como conciencia y no la historia como ciencia, no la historia como repertorio de acontecimientos contrastables, sino como reflexión de un despliegue que puede datarse desde los tiempos del rey Juan y que culmina con el reinado de Enrique VIII. Dentro de ese arco discurren Ricardo II, Enrique Bolingbroke, su hijo, que devendrá célebre por sus triunfos en Francia; Enrique VI y el divertido y cruel Ricardo III como último exponente y más artero puñal de la Guerra de las Dos Rosas.

    Es curioso el buen material que ofrecieron los Plantagenet, los Lancaster, los York, los Tudor a la imaginación de cualquier observador y que solo Shakespeare, entre los grandes de su tiempo, reparara en el interés que tantos crímenes, celos, hazañas y traiciones podían suscitar en los grandes públicos que atiborraron los teatros del Londres isabelino. No hay en Marlowe, salvo su muy buena tragedia de Eduardo II, o en Thomas Kyd o en Ben Jonson, en John Webster o en Robert Greene, en Thomas Middleton o en John Fletcher (con quien Shakespeare escribió una adaptación del primero de los Cuentos de Canterbury) ninguna referencia tan abundante a la historia nacional como la que exhibe el dueño de El Globo con invariable buen suceso en cada uno de sus estrenos. Algo es cierto: la escena inglesa se encontraba entonces imantada, tiranizada por la influencia de la cultura italiana, por el descubrimiento de las tragedias de Séneca (esto se ve en Webster, que prácticamente duplica el fervor pavoroso y oscuro de las antiguas tragedias latinas), por el gusto meridional en todos los órdenes. El impacto de Ariosto, de Petrarca, los fantásticos relatos de aventuras marítimas de alto calibre, los lujos y esplendores de Venecia (se ve en Volpone, donde Jonson ambienta su comedia), la vasta literatura culta y popular que desde la lengua italiana se vierte al mundo (de ahí salen los temas de Otelo, El Mercader de Venecia, Romeo y Julieta, Mucho Ruido y Pocas Nueces, Medida por Medida, Cimbelino, entre otras) sin duda que resultaron poderosamente atractivos para las creadores y para el asombro y gusto de su época. Pero lo cierto es que la historia inglesa, o mejor dicho, las leyendas urdidas en torno a la historia inglesa, también ofrecían a priori un material lo suficientemente sazonado de temblores, delicias y sufrimientos como para atrapar la fantasía de los miles de espectadores que todas las tardes colmaban los patios y las galerías de los grandes teatros.

    Sin embargo, apenas tenemos a William Shakespeare —autor que nunca siguió un plan de producción— como grande y casi solitario cronista de las desventuras y osadías de los reyes, duques, bastardos y bufones que tejieron la vasta trama que llevó a Inglaterra a singularizarse por los resultados únicos de los choques universales entre la legitimidad y la ambición más enfermiza, entre la decencia y la traición, entre los que hacen prevalecer el deber antes que el placer y los que perversamente sucumben a la sugestión de mujeres propias o ajenas, al vértigo de impiadosas batallas, a la anticipada e innoble demanda de las coronas que ciñen las frentes de sus mejores amigos o de sus parientes más cercanos. Sus piezas a este respecto son desparejas, pues junto a obras maestras como Ricardo III o las dos partes de Enirque IV, se permite tropiezos imperdonables como Enrique VIII, un desfalleciente y untuoso discurso que de tan desarticulado se ha conjeturado con razón que no debe haber salido de la sagrada pluma del Cisne sino de algún mediocre y obsecuente aventurero que tuvo la fortuna de que los primeros eruditos que lidiaron con los folios de Shakespeare consideraran su adefesio como parte del ilustre legado. Aun así, pese a ciertas discontinuidades que todavía molestan (en la lista también debería incluir ciertos inconsistentes pasajes de la tragedia del rey Juan), están las alturas apoteóticas de todos los parlamentos de Ricardo III, la vigorosa acción de la primera parte de Enrique IV, la tensión épica y la emoción sin límites de Enrique V.

    Uno termina de tratar con estas obras y comienza a entender el sentido de la historia. No porque la literatura tenga más datos o más exactitud, sino porque la piensa desde lo que tiene de más intensamente vivo, de encuentro reflexivo con el misterio del porvenir. En Shakespeare la historia de Inglaterra es prodigiosamente la historia del hombre en todo tiempo y lugar.

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