Nº 2245 - 5 al 11 de Octubre de 2023
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáRecuerdo haber visto por primera vez el comentario en una serie estadounidense de fines del siglo pasado. También haberlo escuchado en otras oportunidades más recientes de analistas, humoristas, periodistas y hasta psicólogos. Creer que se puede ser presidente de un país es un acto de narcisismo extremo. Más todavía si ese país es una de las principales potencias mundiales, como Estados Unidos, aunque también ocurre con los más pequeños o intrascendentes. Alguien que está convencido de que tiene la capacidad y aceptación suficiente como para ser elegido y ocupar el principal lugar de poder entre todos sus conciudadanos es alguien que tiene un ego muy importante. No hay otra forma de leerlo.
Es bueno que así ocurra porque el ego genera confianza y muchas veces funciona como impulso para hacer. La voluntad de trascender que tienen las personas dispuestas a exponerse al más alto nivel es una fuente de energía, una llama muy difícil de apagar. Algunos de esos que llegan a presidentes, en realidad muchos en el caso uruguayo, lo hacen diciendo que lo de ellos será por un solo período y que luego se dedicarán a descansar y a asesorar desde el llano. Genuinamente creen que cinco años serán suficientes como para saciar todo ese deseo que los llevó tan lejos.
Pero se equivocan. No uno ni dos ni tres, casi todos se equivocan. Los ejemplos locales son muchos y vienen desde los tres principales partidos políticos. El frenteamplista Tabaré Vázquez llegó diciendo que lo suyo era un período y au revoir y luego volvió a competir y a ser electo presidente. El colorado Julio María Sanguinetti fue electo muy joven por primera vez, lo que para muchos sería su única vez. Volvió a ser elegido al poco tiempo y a competir por la presidencia décadas después. El actual mandatario Luis Lacalle Pou aseguraba que luego de finalizar su período no volvería a correr la carrera principal. Hoy ya casi nadie duda de que estará otra vez en la arena electoral mayor en 2029. Su padre, el exmandatario Luis Lacalle Herrera, volvió a competir varias veces más después de haber ganado en 1989.
A su vez, en varios momentos durante las últimas décadas la posibilidad de la reelección estuvo arriba de la mesa. Primero con Jorge Pacheco Areco en 1971, que hasta lo intentó en las urnas y perdió por poco. Luego hubo un amague durante el primer período del Frente Amplio y otros volvieron a plantear la posibilidad en este gobierno, aunque tanto Vázquez como Lacalle Pou se negaron. No porque no estuvieran de acuerdo sino porque no querían que la decisión quedara asociada directamente a sus figuras.
Ese ha sido el problema. Todos los intentos reeleccionistas hasta ahora tuvieron nombre y apellido. No se ha discutido todavía con seriedad la posibilidad de instaurar en Uruguay lo que ya tienen la mayoría de los países importantes del mundo, que es la reelección por un período de gobierno, más allá de quien sea el presidente de turno. Todo queda en si fulano sí o fulano no y eso no es lo más importante a decidir.
El asunto de fondo es que cinco años parece ser muy poco tiempo. Muchos de los planes, programas y reformas importantes llevan al menos una década para poder consolidarse. Es sensato pensar en la posibilidad de que una administración pueda mantenerse por dos períodos. No más de eso pero tampoco menos. Como pasa en Brasil, Chile, Argentina, Estados Unidos y también en casi todos los países de Europa: poder repetir pero en forma continua si la ciudadanía respalda lo hecho por un presidente.
En Uruguay no ocurre pero termina pasando algo relativamente similar que se parece mucho a una mentira. Porque los expresidentes siempre vuelven o al menos lo intentan. Varias veces. Piensan en su futuro político y el de los suyos cuando ejercen la primera magistratura. Y planifican en consecuencia. Pero en las sombras, sin asumirlo públicamente.
Todos los que ejercieron la presidencia desde la restauración democrática de 1985 hasta ahora han dedicado el último año de sus gestiones a tratar de sumar votos para su partido político o su candidato preferido. Y los años anteriores también. Esa es la realidad. La Constitución de la República les prohíbe hacer política partidaria pero es bastante naif pensar que eso se cumple. No hay cargo más político y más influyente, también en lo electoral, que el del presidente de la República.
Hoy ocurre algo muy sintomático. Lacalle Pou sigue con una aprobación relativamente alta teniendo en cuenta que se encuentra en el tramo final de su gobierno. Los guarismos de las principales encuestas muestran que un poco menos de la mitad de la población lo respalda. Sin embargo, eso no se traduce directamente en votos para su partido político y ni siquiera para la coalición multicolor que encabeza, según concluyen las mismas encuestas. Hay, por ejemplo, una diferencia de más de diez puntos porcentuales entre el apoyo a Lacalle Pou y la proyección de votos hacia el Partido Nacional.
Por eso, lo que haga el presidente en el próximo año será fundamental. Como buen político que es, uno de los principales de Uruguay en este momento, Lacalle Pou tendrá un rol muy activo en la campaña. Así lo aseguran todos los que lo conocen bien y se mueven en su entorno. Trabajará, aunque no de forma explícita, para un triunfo del oficialismo y seguro que tendrá influencia por su nivel de popularidad.
Antes ya había pasado con José Mujica, el otro político más popular de Uruguay hasta el día de hoy, según todas las encuestas. Al final de su período de gobierno, Mujica contaba con una valoración muy positiva que no se traducía en votos para el Frente Amplio. Entonces, lo que hizo fue salir a recorrer Uruguay y elevar su participación pública en defensa del gobierno. Al final, Tabaré Vázquez -que era el postulante del oficialismo- obtuvo la victoria con mayoría parlamentaria y el Movimiento de Participación Popular, sector de Mujica, fue el más votado. Una reelección solapada.
Así que hace mucho que el asunto reeleccionista está arriba de la mesa. Es lógico que así sea porque es lo que ocurre en la gran mayoría de los países con larga tradición democrática. Eso sí, un solo período más y afuera. Es importante establecer desde el vamos el límite para no irse deslizando a estructuras muy personalistas y tentadoras para el autoritarismo.
Pero sería importante dar ese debate. Quizá sea una buena oportunidad hacerlo en un año electoral como el próximo pero para que la reelección se comience a aplicar a partir de 2029, como para que no esté asociada con ninguna persona. A priori parece ser que existe mayoría entre dirigentes políticos de los distintos partidos como para habilitarla. Muchos de ellos ya se han manifestado a favor de esa institución como concepto abstracto. Sería bueno empezar a bajarlo a tierra entonces y dejar de jugar a las escondidas.