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    Si vas a disparar, dispara

    Vivir y morir en USA, una notable colección de cuentos policiales de la editorial Akashic Books

    La cosa es así: son 32 piezas y dicen que todas están buenas. Pero todas buenas no pueden estar, ese es un pensamiento policial básico: hay que encontrar el relato malo. Ciertas veces la investigación literaria es necesaria, como cuando un señor de iniciales EEG encomendó a un detective averiguar la razón por la cual Mario Benedetti no figuraba en ninguna antología de poesía latinoamericana.

    Dennis Lehane es el primer sospechoso citado a la jefatura por tratarse de un reconocido escritor (sus novelas Shutter Island y Mystic River fueron llevadas al cine por Martin Scorsese y Clint Eastwood respectivamente). Aquí le tiran sobre la mesa con típica brutalidad policial su cuento Rescate animal, que luego se convirtió en el guión de la película The Drop (con James Gandolfini y Tom Hardy) y finalmente en la novela La entrega. Extraño, ¿no?, le dicen los policías con sonrisitas irónicas. Bueno, responde Lehane muy tranquilo, es parte del proceso creativo: un boceto, unas líneas, unas pequeñas pinceladas con mayor trabajo se convierten en algo más grande, más ambicioso. El tipo es absuelto porque su relato funciona a la perfección: un empleado de bar se encariña con un perro, flirtea con una mujer como puede debido a su timidez y recibe las apuestas del Súper Bowl, pero no lo compren por mansito. Lehane calla: más datos no puede dar, qué joder, al fin y al cabo es un cuento policial. Y tiene razón: queda en libertad.

    Ahora llaman a la señora Joyce Carol Oates, cuyo nombre también es conocido en el bajo mundo de las letras, en particular por su manejo de la sordidez y las heridas que causan sus palabras. Carol Oates, con ese pálido rostro de cadáver digno de Edgar Allan Poe, explica que Corre y besa a papá es una historia dura sobre un señor divorciado que tiene una nueva pareja con dos hijos, y el señor, ahora padrastro, no le quita el ojo a la niñita. Y no recuerda bien algunas cosas de su pasado. Los policías quedan estupefactos, casi asqueados con ciertos detalles. Definitivamente, la señora queda libre y la observan retirarse con temor. Qué mujer, comentan los policías, no te ahorra nada.

    El jefe quiere un culpable a toda costa, un cuento malo. Quiere una cabeza ya. Y los detectives deben laburar. Pasa al cuarto de los interrogatorios George Pelecanos, le encajan la molesta luz en el rostro y lo apremian, pero el tipo es un hábil declarante: les recita su estupendo El informante encubierto, sobre un joven que se gana la vida en el barrio como delator. Uno de los policías deja derramar una lágrima. Quizá tocó algo de su pasado.

    ¡Traigan a Michael Connelly!, grita el jefe desde su despacho con la puerta abierta, para que todos lo escuchen. Como Connelly no va por su cuenta a la jefatura, los detectives lo van a buscar a su casa. Y Connelly los recibe a los tiros ni bien descienden del patrullero. Mulholland Dive es una perla: se trata de un “reconstruccionista”, es decir, de un tipo que llega a la escena del crimen y debe reconstruir qué fue lo que ocurrió. A Connelly dale un auto, un acantilado y una piscina; con esos tres elementos te hace un destrozo. Y los canas se vuelven con la cola entre las patas.

    ¡El último cuento, ahí siempre se refugian los malos, en el último cuento!, arremete el jefe. Es el turno de Demasiado cerca de lo real, de Jonathan Safran Foer, considerado por la revista Granta uno de los mejores escritores jóvenes estadounidenses. Y el cuento de un hombre obsesionado con un auto que filma mapas en tercera dimensión para Google es casi de ciencia ficción y está buenísimo.

    ¡Entonces el penúltimo!, vuelve a gritar el jefe con el rostro rojo de ira. Pues bien: Un bonito lugar para ir de visita, de Jeffrey Deaver (además de escritor, periodista y… cantante folk), es una sucesión de jodedores que se joden en Hell’s Kitchen, Manhattan, donde no lleva buena parte Schaeffer, un policía corrupto. Abundan los diálogos punzantes y el humor. Y un consejo: “El error que muchos tiradores cometen durante un tiroteo es sentir que deben hablarle al blanco. Schaeffer recordó un viejo western en el que un chico rastrea al pistolero que mató a su padre. El muchacho encañona al matón, le explica por qué va a morir, mataste a mi papá, blablablá, y el pistolero pone cara de aburrimiento, saca una pistola escondida y le vuela la cabeza al chico. Después voltea a ver el cuerpo y le dice: “Si vas a hablar, habla. Si vas a disparar, dispara”.

    Se desata un trabajo escandaloso de escritorio en la jefatura. Páginas y páginas hasta la madrugada, con manchas de café y grasa de rosquillas. ¡Acá!, avisa uno de los policías y señala un nombre con el dedo índice: Luis Alberto Urrea. ¡Es latino, debe ser culpable! Urrea se presenta con Amapola, un intenso ejercicio que incluye a un adolescente darkie que escucha bandas retro como Curved Air y Amon Duul, a una atractiva mexicana y a su papá, que se dedica al negocio de la… amapola. Para rematar, les habla de vampiros y zombies en agobiantes pueblos vacíos de Phoenix. Los agentes del orden tragan saliva y le indican la puerta de salida al señor Urrea. No jodamos más con este huevón, dice uno de los detectives en perfecto español.

    La cosa se pone cada vez más fea. ¡Traigan a Tim McLoughlin, ese puto irlandés que vive en Brooklyn, el que escribió Cuando esto era Bay Ridge!, dice sacado el jefe. Para colmo de males, el irlandés habla de los policías cuando el barrio era realmente el barrio, de sus entierros, de sus memorias y también de los excesos de los representantes de la ley. Y se los tira sobre la mesa, además de un considerable aliento alcohólico. El cuento es excelente, y el alcoholismo… Bueno, no lo pueden arrestar porque no estaba conduciendo. Otro más en libertad.

    El jefe está casi entregado. Teme que el alcalde lo remueva del puesto por no encontrar un solo cuento malo en la antología. Los detectives optan por nombres menos conocidos. Buscan y revuelven y encuentran a una tal Maggie Estep que, según su prontuario, además de escritora es defensora de los perros pit bull y trabajó como… ¡bailarina a go-go! ¡Acá está la zorra que buscábamos!, y festejan palmeando las manos al unísono. Pobrecitos. La señora Estep escribió tal vez el mejor cuento del libro: Fantástica Alicia, en el cual una desprolija apostadora profesional se lleva al latoso de su novio al hipódromo para darle un escarmiento. Más que un policial, un ejemplo del mejor realismo sucio. Y qué final, señores. Estep cruza sus piernas como Sharon Stone en Bajos instintos, les muestra el dedo mayor a los detectives y se retira.

    La derrota campea en el departamento policial. Desfilan Lee Child y su magistral Transporte público (un “periodista” encara a un detective por un caso sin resolver), Don Winslow con Después de treinta días (resuena la película The Master, de P.T. Anderson), El saqueo de Julie Smith (ambientado en Nueva Orleans inmediatamente después del huracán Katrina) y otros autores que escriben desde Seattle, Las Vegas, Chicago, Miami, Buffalo y Cape Cod, siempre con conocimiento de la región, el pueblo o la ciudad donde se instalan sus personajes.

    El responsable de esta incorruptible selección reunida en Vivir y morir en USA (Océano, 2014, 553 páginas) es el editor Johnny Temple, gran conocedor de Brooklyn y portador de un apellido heroico, tan caro a una figura de cómic y a un detective a contramano, como a un mafioso. Es que en la serie negra todo cabe, siempre y cuando tengamos un cuadro más o menos violento y alguien que debe actuar con sangre fría.

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