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    Siempre anduvo volando

    Al igual que todos, el Director se mostró muy sorprendido cuando los aviones de Pluna se vendieron en menos de seis minutos y por una cifra mayor que la de la base, sin esperar el remate a la baja (comprensiblemente, porque ahí además de los aviones había que comprar cientos de empleados y decenas de conexiones aéreas deficitarias).

    Me encomendó rastrear esta curiosa operación, en la que una empresa de aviación que ni página web tiene (o la tiene “en construcción”, que es más o menos lo mismo) que casi ni aviones tiene (tiene un Airbus 320, que es como tener un auto chino de esos que vende Kesman) y a la cual nadie en España conoce (porque la empresa —que empezó a operar hace diez meses— es española pero organiza charters entre Turquía y Mongolia, unas rutas muy solicitadas por los turistas turcos que van a practicar la caza de la comadreja de las estepas de la Siberia).

    Lo primero que hice fue llamar al teléfono que aparece en la página “en construcción”.

    —“¿Diga?” —me dijo una dulce voz con el característico gracejo hispánico —“¿con quién quiere usted comunicarse?” —agregó.

    Le pedí con la autoridad máxima de la empresa Cosmo, y me pasó con don Florentino Leván Tavuelo, Gerente General de la compañía.

    Un hombre encantador, don Florentino. Me explicó que la empresa es relativamente nueva, y que él estaba apenas al tanto de la compra de los aviones de Pluna, porque en realidad Cosmo Airlines es una subsidiaria de una empresa nigeriana, y que la orden de comprar los aviones en Uruguay había venido de allí.

    Por supuesto le pedí los datos de esa especie de casa matriz de donde había provenido la orden de compra de los Bombardier, y él muy gentilmente me dio toda la información.

    Llamé entonces a Lagos, en Nigeria, a la empresa Bongoair, y rápidamente me pasaron con el CEO de la compañía, Chief Dunga Volombo, quien me atendió con la mayor cordialidad.

    —“Verá usted” —me dijo en un inglés que les traduzco para evitarles tener que usar el “translator” de Google —“nuestra empresa efectivamente le pasó las instrucciones a Cosmo para la compra de esos aviones en Uruguay” —(dijo “Uraguay”, pero les ahorro el furcio del Chief Volombo) —“pero nosotros estábamos simplemente ejecutando órdenes de nuestra afiliada de Rumania, sabe, porque nosotros formamos un ‘pool’ aéreo de varias líneas, todas asociadas, pero algunas con más poder de mando que otras, en fin, es un tema muy complejo, pero si usted quiere yo le paso los datos de dónde me vino la orden de indicarle a Cosmo que comprara esos aviones en su país de usted” —concluyó el Jefe Volombo, a quien le agradecí mucho su cortesía.

    Acto seguido me puse en contacto con Ziganair, empresa constituida según las leyes de la República de Rumania, donde me atendió su Director General Martinú Vuelaltinú, un hombre muy afable y cordial.

    —“Le informo, señor periodista, que efectivamente fui yo mismo quien le pasó al Chief Volombo en Nigeria las instrucciones que él a su vez tenía que darle a don Florentino Leván Tavuelo en Madrid, para que su representante en Uruguay comprara los aviones Bombardier de la empresa Pluna” —(en realidad dijo “Pluma”, pero acá también les ahorro el furcio) —“y así creo que se hizo” —agregó.

    Le pregunté entonces cuál había sido la causa de tomar esa decisión en la empresa.

    —“Ah, no sé, no tengo idea” —me contestó —“porque yo procedí siguiendo instrucciones de otra de las empresas de nuestro grupo, que se maneja en forma muy independiente, y yo me limité a seguir las órdenes recibidas” —concluyó.

    Me informó entonces que esas órdenes le habían llegado desde Chechenia, donde funciona la línea aérea Vuelivostok, que es dirigida por un íntimo amigo de él, el señor Igor Tavolandiuk, Supervisor General de la aerolínea. Me dio los teléfonos de su amigo, a quien terminé llamando para seguirle la pista a esta decisión tan inesperada como complicada, que terminó con la venta de los aviones el lunes pasado en la Rural del Prado.

    —“Sí, señor periodista, le confirmo que esos aviones del Uruguay han sido adquiridos por instrucciones dadas desde aquí a una cadena de mando que veo que usted ha seguido eslabón por eslabón, de aquí a Rumania, de Rumania a Nigeria, de Nigeria a España, de España a Uruguay, es una prolija investigación la suya” —me dijo el señor Tavolandiuk, elevando mi autoestima con su comentario. “No sabemos cuándo llegarán las aeronaves aquí, pero sí le confirmo que pensamos dedicarlas al servicio postal entre Nagorno Karabaj y Bielorrusia, que por tierra es muy difícil por los accidentes geográficos que separan ambos países, que están muy distantes. Tal vez alguno de los aviones se destine asimismo al transporte de ovinos para consumo humano en la región de Azerbaijan Oriental, que en los inviernos queda muy aislada por las tormentas de nieve” —agregó.

    Por fin creí haber dado con el origen de la decisión, por lo que procedí a preguntarle a don Igor Tavolandiuk cómo se le había ocurrido comprar esos aviones en un lugar tan distante, y cómo se había enterado que estaban a la venta en subasta pública.

    —“Lo siento, pero no puedo responder a su pregunta, pero no porque no quiera, sino porque no lo sé” —replicó mi entrevistado —“ya que la orden me vino a mí desde una empresa canadiense llamada “Recuperfunds Ltd”, que creo que es una filial del Scotia Bank en Canadá. Me lo comentó un amigo banquero que juega al golf conmigo. Parece que el banco pone el dinero para comprar los aviones, pero de inmediato se lo devuelven porque parece que el banco es acreedor del país ese donde usted vive, entonces el banco pone la plata, se la mandan de vuelta, y además se lleva los aviones, que parece que vienen para acá. Eso sí” —agregó mi parlanchín interlocutor —“no recupera todo el dinero, porque el 10% se lo tiene que pagar al genio financiero que inventó toda esta compleja maraña. Se trata de un asesor que contrataron con ese fin, y antes que me lo pregunte le voy a decir cómo se llama: se llama Matías Campiani” —concluyó.