Hace tiempo que perdí el hábito de observar en el ómnibus las dentaduras de los pasajeros. Recuerdo que a mi regreso de mis años de estudiante en España, los dientes nacionales me llamaban poderosamente la atención.
Hace tiempo que perdí el hábito de observar en el ómnibus las dentaduras de los pasajeros. Recuerdo que a mi regreso de mis años de estudiante en España, los dientes nacionales me llamaban poderosamente la atención.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMucha, demasiada gente tenía —y tiene— la dentadura deteriorada. Me producía un efecto de tristeza inmenso. Veía reflejado en ello la pobreza, la mala alimentación, la falta de un baño personal y limpio donde descansa la pasta y el cepillo de dientes. Veía el abandono de los niños, a quienes las madres hundidas en un fárrago de desgracias compraban chupetines de a peso para compensar tantas amarguras que debían vivir juntos.
Luego, perdí el hábito de mirar los dientes ajenos. Pero cada vez que he tenido que viajar al primer mundo por un seminario o similar, a mi regreso nuevamente me tropiezo con la desolada imagen de los dientes ausentes, partidos, enfermos, deformados o manchados por el tabaco de mis conciudadanos.

Tabaré Vázquez impulsó un sistema de prevención odontológica en las escuelas y eso estuvo muy bien. Pero las dentaduras uruguayas siguen siendo lastimosas y, por cierto, ir al dentista, carísimo.
De pronto, escucho por la televisión un aviso de un sistema de préstamo fácil. Al publicitario se le ocurrió poner como ejemplo de una necesidad de dinero súbito “una muelita” que molestaba.
Me pregunto si un uruguayo que trabaja, que paga Fonasa, Montepío, DGI e IVA, debe pedir un préstamo para “una muelita”.
Y la respuesta me la da mi propia dentadura. Se me ha partido una muela. Bruxo. La dentista me dice que de noche el estrés me hace apretar los dientes dormida. (No se lo discuto, los profesores vivimos y dormimos estresados).
Me coloca una costosa plaquita de acrílico que uso cada noche: he vuelto a la infancia, en lugar de “hay un monstruo debajo de mi cama”, “hay un monstruo dentro de mi boca”.
Pero mi muela sigue partida. Debo extraerla y colocarme en su lugar un implante. “¿Qué es un implante?” pregunto con candor. Y luego me enfrento con la dura realidad: es un diente artificial que se coloca en la encía con una suerte de taco Fisher. Su costo aproximado: 1.400 dólares.
¡¿Cómo?!
Esa misma noche investigo en la página web de mi sociedad a ver si ofrecen una posibilidad subvencionada de sustituir una ausencia en la encía. Veo un cartel rotundo: NO SE CUBREN IMPLANTES.
Me deprimo unos días. Mi muela se mueve, baila, a veces un bolero, a veces rap. Mastico extrañamente, me miro al espejo, me hago buches. Postergo el momento de volver al consultorio.
Seré una más, me digo, una uruguaya a quien le falta una muela y ese hueco provocará el movimiento de mis demás dientes. Kaput. Seré una pasajera de ómnibus de ley al fin. He de aceptarlo.
Y en estos sombríos días se me ocurre mirar mi recibo de sueldo on line. Uno de ellos, porque tengo pluriempleo. Aparece un número en una columna: 30.000. Aparece otro: “Líquido a cobrar”: 20.000. El resto se lo llevan el IRPF, el Montepío, el Fonasa.
Nada queda para mi muela.