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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl sábado 18 de julio estuve en el Plenario Nacional del Frente Amplio, mi fuerza política, para celebrar la fórmula presidencial que presentaremos a consideración de la ciudadanía. Las palabras de la compañera Graciela Villar me dejaron perplejo por su enunciado dicotómico entre pueblo y oligarquía.
Los tres grandes partidos políticos (Frente Amplio, Partido Colorado y Partido Nacional) cortan verticalmente a la sociedad, ellos están integrados por personas de condición social humilde hasta exitosos empresarios, pasando por las condiciones sociales intermedias.
El radical, de izquierda o derecha, es un individuo que tiene una visión pobre de la realidad porque es incapaz de ver los matices, está convencido de que quien piensa distinto es un enemigo y una mala persona.
En las actuales circunstancias, ¿radicalizarse es una actitud sensata?
Si nuestra dirigencia va a ignorar los matices en las personas, ideas, circunstancias y además nuestra campaña política la resumiremos en una consigna, deberíamos reconocer que estamos en serios problemas.
Fueron los casos de corrupción constatados en nuestro gobierno, maridados con los remilgos de parte importante de los dirigentes políticos en reconocerlos1 y sancionarlos, que erosionaron la confianza de muchos ciudadanos que anteriormente habían confiado en nuestro partido político (léase: votos prestados), de aquí viene, también, la apatía de nuestra fuerza militante.
No es con el discurso, vale decir la creación de algún relato, que moveremos a la masa militante cuando lo que está en juego es la credibilidad.
Tomemos como ejemplo al Dr. Julio María Sanguinetti, su habilidad para creación de relatos no tiene parangón en el Uruguay de hoy, sin embargo, más de 46.000 uruguayos que antes lo votaban, esta vez decidieron hacerlo por el general Guido Manini Ríos debido a que su figura les despertó confianza, creen ver en él una integridad que no perciben en el Dr. Sanguinetti. A lo cual hay que agregar que logró esa enorme cantidad de votos sin tener siquiera programa de gobierno.
Otro ejemplo sería el Dr. Luis Alberto Lacalle, teniendo experiencia en el ejercicio de la primera magistratura y estando en la plenitud de su capacidad política perdió elecciones (internas y balotaje) por su imagen pública desacreditada.
A escala internacional tenemos el caso de Lula da Silva, cuando las grandes masas populares se convencieron de que estaba involucrado en hechos de corrupción, fue posible llevarlo preso sin que hubiese un terremoto político en Brasil, por más actos políticos y discursos realizados por él.
Para el político que está expuesto al veredicto popular, la credibilidad es la base sobre la que se puede edificar el resto; sin credibilidad, el relato deja de ser efectivo.
No es con discursos radicalizados que recobraremos la confianza perdida. Si acaso aún estamos a tiempo de recobrarla, será dejando a un lado la soberbia y reconociendo que algunos frenteamplistas cometieron hechos de corrupción en el ejercicio de su funciones públicas y sancionarlos conforme a escala por el daño realizado. Para reconocer errores es imperativo tener una grandeza interior que habilite dicho proceso interno. Un radical, de derecha o izquierda, por su condición de extremista carece de dicha condición.
En conclusión, una vez que la confianza está cimentada es que el relato toma importancia y tiene el efecto propuesto.
Rober Mendieta Bueno
Lic. en Ciencias Históricas, opción Investigación.
Representante de la Liga Federal Frenteamplista en la Mesa Política y en la Carifa
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