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    Socios de milongas

    N° 2016 - 11 al 17 de Abril de 2019

    —Mentan los que saben/ que un malevo muy de agallas/ y de fama bien sentada por el barrio de Palermo,/ cayó un día taconeando prepotente/ a un bailongo donde había/ puntos bravos pa’l facón…

    Verso inicial de la letra que Celedonio Flores adosó a La puñalada luego de su estreno, con autorización de su autor, Pintín Castellanos. Muchos ignoran esa letra o la han olvidado. Solo la grabó Alberto Gómez para el sello Víctor, en diciembre de 1937; tristemente, esa placa es inhallable pues fue retirada al poco tiempo, al comprobarse que el cantor equivocó las estrofas.

    No es, por cierto, la única anécdota peculiar en la historia de la obra mayor de Pintín —escritor, letrista, compositor, pianista y director de orquesta—, un típico montevideano nacido donde se besan las calles Andes y Canelones, enamorado del ambiente orillero, hombre de buen porte y vestir, aficionado además al deporte.

    A los 14 años compuso el tango El pirata, sin mayor resonancia, pero a los 28 creó La puñalada, al que también consideró tango y que de vez en cuando tocaba en el piano de un club de Carrasco.

    Cuatro años más tarde llegó Juan D’Arienzo con su orquesta para animar los bailes de Carnaval en el Teatro Solís. Una casualidad hizo que se conocieran y de inmediato se convirtieran en amigos. Pintín, encariñado con su segundo tango, le dio la partitura a D’Arienzo en uno de sus frecuentes encuentros en el café Tupí Nambá, de 18 de Julio y Río Branco, recibiendo la promesa de la grabación inmediata. En el hotel, a la noche de ese día, D’Arienzo se reunió con su pianista Rodolfo Biaggi —responsable indiscutido de que la famosa orquesta retornara al ritmo picante y muy bailable que imponía el dos por cuatro, a contramano del cuatro por ocho que ya habían impuesto la mayoría de los directores— y su violinista Alfredo Mancuso.

    —¿Tango? —preguntó Biaggi—. Suena muy antiguo, con una introducción y tres partes. No me gusta…

    —Pero mirá que si lo aceleramos un poco… No sé, suena como una linda milonga —apuntó Mancuso.

    —Que sea milonga nomás —zanjó la cosa D’Arienzo—. Yo tengo que cumplir lo que le dije a Pintín…

    Se lo comentó a su amigo, este aceptó y la milonga La puñalada fue estrenada el fin de semana siguiente por Juan D’Arienzo en el Tupí Nambá y grabada por primera vez el 27 de abril de 1937, en un disco que al reverso incluye el tango Homero, de Roberto Firpo. Es difícil resumir la cantidad de versiones instrumentales que se hicieron de La puñalada; el propio D’Arienzo la grabó nueve veces y una fue decisiva: en diciembre de 1943 hizo un disco para la Víctor con la milonga de Pintín de un lado y una nueva versión de La cumparsita del otro.

    Ocurrió una explosión de popularidad. La placa más vendida en la historia del tango hasta hoy: 20 millones en todo el mundo.

    Pero hay otro dato curioso.

    D’Arienzo, a partir del éxito inicial, incluso antes del récord de ventas que he señalado, consideró a su amigo uruguayo “el socio ideal para milongas”, al punto que le grabó varias más —El temblor (1938), Meta fierro (1939), Cajita de música (1940), Candombe oriental (1941), Tirando a matar (1942), Candombe rioplatense (1943, con letra de Carmelo Santiago), Me gusta bailar milonga (1944), Chaparrón (1946, con letra de Francisco García Jiménez), El potro (1949), A puño limpio (1950), Peringundín (1953) y La endiablada (1955)— a las que sumó dos tangos de Pintín: Don Horacio (1947) y Barrio de guapos (1958).

    Hay algo más, que tal vez sorprenda. El propio Castellanos creó la letra de Me gusta bailar milonga. Vaya como ejemplo este fragmento inicial, con fuerte influencia del criollismo:

    —Atención la muchachada/ y a bailar se disponga,/ que aquí llega la criollita,/ su majestad… ¡la milonga!

    D’Arienzo y Pintín fueron amigos hasta el fin; el argentino murió en 1976, el uruguayo en 1983. Y debe decirse que D’Arienzo influyó musicalmente en el estilo maduro de Pintín, lo que ya se nota en su primera orquesta, donde contó, en 1938, con el violín de Alfredo Gobbi y como cantor a Enrique Campos, por esos días llamado Eduardo Ruiz. Y se marca con mayor firmeza en su Quinteto Canyengue, que en 1943 actuó con éxito en Buenos Aires.

    Una joyita al cierre: Pintín Castellanos grabó La puñalada en un solo de piano; allí dice, antes de siquiera rozar el teclado, una glosa:

    —No levantéis el brazo vengador/ esgrimiendo tal vez fatal puñalada./ Más directo se llega al corazón/ con esta puñalada musical.