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    Solas contra el horror

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2198 - 3 al 9 de Noviembre de 2022

    Las mujeres iraníes están poniendo el cuerpo. Tienen 11, 16, 23 años y asumen con una valentía aplastante el costo de su liberación. No tienen miedo: están dispuestas a morir antes que seguir viviendo como hasta ahora.

    Es poco lo que entiendo de la realidad política de Irán, pero las historias que he leído en este último mes y medio parecen de otra dimensión. Un país en el que, según BBC Mundo, las mujeres heredan “la mitad” de lo que reciben sus hermanos varones y en el que sus testimonios en tribunales valen “la mitad” que el de los hombres. Un país del que, para poder salir, precisan que el marido les firme un permiso; lo mismo para aceptar una propuesta laboral. También para casarse (algo que por ley se puede hacer a partir de los 13 años) precisan permiso del padre o del abuelo. Y desde los nueve años, todas las niñas y mujeres tienen la obligación de usar un velo (el hiyab) que les cubra el pelo y una prenda que les cubra todo el cuerpo.

    La indignación que desató la muerte de Mahsa Amini (la joven de 22 años que murió luego de tres días en coma tras haber sido arrestada por la “policía de la moral” por llevar mal puesto el velo) llevó a las mujeres a las calles como nunca antes. Quemaban sus velos y se cortaban el pelo en la vía pública no solo posicionándose contra el uso de hiyab obligatorio, sino pidiendo el fin de la República Islámica y la “muerte al dictador” (el ayatolá Alí Jamenei).

    El gobierno ha reprimido duramente, disparando contra adolescentes, estudiantes, y personas desarmadas. Las jóvenes iraníes lo saben, pero la perspectiva de seguir como están parece ser un peor destino que la muerte. Ya van siete semanas de protestas y, según la Human Rights Activists News Agency (Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos), han muerto hasta ahora más de 280 manifestantes, incluyendo 44 menores.

    Las redes sociales se han convertido en testigos principales de las manifestaciones y de sus jóvenes mártires. Como Nika Shahkarami, de 16 años, que apareció muerta en el patio de una casa en Teherán después de haber publicado una historia en Instagram en la que se la veía quemando su velo. O Hadis Najafi, una tiktoker de 22 años que grabó un video en su teléfono camino a las protestas en el que se la escucha decir: “Espero que dentro de unos años, cuando mire hacia atrás, me sienta feliz de que todo haya cambiado para mejor”. Una hora después la mataron a tiros. O Sarina Esmailzadeh, de 16 años, una youtuber que murió por los golpes en la cabeza que recibió por parte de las fuerzas policiales. “No somos como la generación anterior de hace 20 años que no sabía cómo era la vida fuera de Irán”, había dicho en un video antes de ser asesinada. Decenas de jóvenes en redes sociales explican por qué arriesgan sus vidas para desafiar el régimen. Las niñas en las escuelas gritan: “Muerte al dictador”, mientras tiran los hiyab al piso y rompen las imágenes del ayatolá. Todas son escenas escalofriantes.

    La comunidad internacional mira con letargo lo que sucede en Irán. Más allá de algunas protestas y videos de mujeres del espectáculo (desde Juliette Binoche a Juanita Viale) cortándose el pelo en apoyo a las mujeres iraníes, lo que se espera es más compromiso político. En particular que los países retiren las embajadas y se corten los vínculos con el régimen islámico. “¿Es el olor a petróleo el que no deja oler la sangre de la gente que está muriendo en las calles?”, se pregunta Maryam Esmaeilpour, una mujer iraní que vive en España. Irán es el noveno productor mundial de petróleo y el cuarto dentro del mundo árabe, lo que complejiza aún más todo el panorama global.

    Para la periodista y activista iraní Masih Alinejad, exiliada desde hace años en Estados Unidos, “el hiyab obligatorio no es solo un pequeño trozo de tela para los iraníes. Es como el muro de Berlín. Si las mujeres consiguen derribar este muro, la República Islámica no existirá”. Aunque muchos hombres se han sumado a las protestas codo a codo, el campo de batalla sigue estando en los cuerpos de las mujeres: las principales víctimas de este régimen opresor que ocupa el gobierno desde hace más de 40 años. Luchando sin armas en la revolución más impresionante de las últimas décadas.

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