Con la del PSG: centro desde la izquierda, Zlatan corre hacia el área con dos centrales que lo intentan ahogar, reducir, minimizar de alguna manera. También sale el golero y estira sus brazos, pero Zlatan es más rápido: con un golpe certero de karate con la pierna derecha manda la pelota a las mallas.
Pero también las rabietas contra los carteles publicitarios en la cancha, cuando una jugada no sale dentro de lo previsto.
Y la calentura con los jueces y con los rivales, que parecen tenerle miedo a este guerrero con peinado de samurai.
Y las entradas con mala leche, feas, de roja directa.
Y las puteadas del narigón de casi dos metros en bosnio, en croata, en italiano, en inglés y en francés.
Y las baboseadas a los periodistas que le preguntan algo que no le gusta. Pocas cosas le gustan a este delantero que no sea meter goles, hacer fintas, los autos de lujo y el Playstation.
Zlatan Ibrahimovic es un jugadorazo, nadie lo duda. Pero también es el tema del día en una directiva que lo piensa contratar pero tiene a sus integrantes divididos: es mucho dinero; sí, pero lo vale; es comprarse un problema, se pelea con todos, no respeta a los directores técnicos; sí, pero hace goles de todos los colores y adonde fue, ganó; bueno, no es tan así, con la selección de Suecia no ganó nada; OK, pero esos nunca ganaron nada.
Este Zlatan integral, el goleador y el rebelde indomable, el exquisito dribleador y la pesadilla de los directivos, el admirador del fútbol brasileño —en especial del gordo Ronaldo— y el delincuente juvenil, el multimillonario que se abrió camino en los campitos de los extrarradios de Malmö y en una familia disfuncional, está presente en la autobiografía Soy Zlatan Ibrahimovic (Rocaeditorial, 2015, 318 páginas). El futbolista contó su vida en primera persona y el periodista sueco David Lagercrantz la llevó al papel. Como si fuese un Zlatan de entrecasa, sin pelos en la lengua.
¿Cómo se nos presenta en las primeras páginas? Dejando pegado a Pep Guardiola, tratándolo de cagón. Hablar así de uno de los técnicos más prestigiosos del mundo es un golpe de efecto, pero también es propio de la naturaleza de Zlatan. Si te declara la guerra, te la da; pero si te quiere, también, como la cariñosa patada en la cabeza que le dio a un compañero de equipo que hablaba con la prensa, como parte de “los festejos” por uno de los tantos scudetos italianos que consiguió en su carrera.
Nació en Suecia, hijo de padre bosnio y una madre croata, emigrantes de la guerra de los Balcanes. Se educó en la calle. En su casa a veces no había nada para comer, la heladera vacía o con latas de cerveza, el alimento de un padre, un electricista alcohólico.
Robaba bicicletas y gamberreaba por Rosengard, el vecindario de clase trabajadora donde aprendió de la vida. Uno de sus atentados favoritos: tirar fuegos artificiales contra los jardines ajenos. A la noche llegaba a su casa con las rodillas negras de tantas moñas y gambetas que hacía en los picaditos. Se sabía todos los “regates” de los jugadores brasileños, de Romario, de Ronaldinho, a quienes escrutaba una y otra vez en la TV. Ese chico superdotado para el fútbol fue contratado de inmediato por el Malmö, su club adoptivo. Y desde allí no paró.
Primero fue el Ajax de Holanda. Luego la Juve, con la que ganó todo pero también lo perdió todo, porque vistió esa camiseta en tiempos en que el club italiano resultó sancionado por corrupción y descendió a la segunda división. Después vino el Inter, donde también estuvo entre los ganadores. A continuación el Barcelona, pero allí solo permaneció un año porque no se entendió con Guardiola, quien más o menos le dijo que en ese club se jugaba para Messi, algo que no es oficial pero todos saben. Volvió a Italia, al Milán de Berlusconi, y también le fue bien. Actualmente es jugador del PSG francés y, a los 34 años, comparte la delantera con nuestro Edinson Cavani, que siempre es “el segundo” del ataque.
Zlatan o “Ibra”, para los simpatizantes, no respeta demasiado a los técnicos. Digamos que entre los pocos de su agrado están Fabio Capello y Mourinho. A Capello lo respeta porque el hombre se hace respetar. Cuando llegó a la Juve, el italiano le dijo: “Te voy a sacar al Ajax del cuerpo”. Lo mandó a hacer pesas y a entrenarse como un poseso. Y pasó de ser una promesa, un delantero estilizado y elegante, a ser una bestia imposible de controlar.
A Mourinho lo respeta porque el portugués dice las cosas de frente. Y es afectuoso. Zlatan no olvida los cariñosos mensajes de texto que Mou le mandó luego de un partido con la selección sueca.
Digamos que es fiel a su propia naturaleza, que consiste en dar rienda suelta a su pasión y a su entrega sin condiciones. La síntesis está impresa a fuego en uno de sus tantos tatuajes: “Solo Dios puede juzgarme”.
Hay que decirlo: Zlatan también tiene un porcentaje de pillado insoportable y de prepotente imbécil en su ADN. Un tipo que se jacta de conducir su Ferrari Enzo y su Porsche a 250 km por hora y burlar las luces rojas, a la Policía o lo que le pongan delante.
Cuando se entrenaba en el Malmö era habitual que corriera por el vecindario, al mismo tiempo que admiraba las casas de la gente rica. Había una enorme, rosada, que llamaba su atención. Una vez que la vida le sonrió y pasó a ganar millones gracias a sus goles, decidió comprarla para su familia. La casa no estaba a la venta, pero él se las arregló para concertar una visita. Los dueños lo recibieron a él y a su esposa Helena y los invitaron a pasar y a tomar un café. Sentado en el espacioso salón, Zlatan les dijo:
—Hemos venido porque estáis viviendo en nuestra casa.
Fue un chiste a lo Zlatan. Los dueños se rieron y le repitieron que la casa no estaba a la venta. Pero Zlatan no conoce un No. Al final, con millones de euros cansó a los propietarios y se adueñó de la casa.
Si hay un personaje que despunta en esta autobiografía donde dirige y actúa Zlatan casi en exclusividad, ese es su agente Mino Raiola. Hay que ver las negociaciones tipo capomafia que Raiola lleva con los peces gordos de los clubes cada vez que tiene que defender los intereses de su cliente: son dignos de una película de espionaje.
Así es nuestro Zlatan, y está bien captado en este libro, cuya lectura debe ser acompañada por un repaso a los maravillosos goles y desplantes propios del sueco balcánico en YouTube. Así nos mira Zlatan, desde arriba, como en la portada del libro: no te metas conmigo porque te la doy.