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Sirve para entretener, para pensar, para imaginar y para soñar. También para hacer dinero o propaganda. O sencillamente para documentar algo que ocurrió un día, hace unos años, y por ello adquiere relevancia documental y testimonial. Lo cierto es que el cine también sigue siendo un fenómeno óptico, cada vez más claro, prístino y sofisticado: se apagan las luces de la sala y la gente entremezcla sus fantasías con el mundo mágico que irrumpe en la pantalla, donde héroes de acción salvan al mundo de arañas gigantes o de una invasión extraterrestre. Pero que el negocio cinematográfico —o la idea del cine como un proceso y un trabajo de campo— sirva de pantalla para rescatar a un grupo de rehenes en un ignoto país, es mucho más descabellado y delirante que cualquier ficción.
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Y así ocurrió realmente en 1979, cuando una multitud enfurecida comenzó a manifestarse frente a la Embajada de los Estados Unidos en Teherán, reclamando la extradición del sha de Persia, que en su momento fue un títere funcional a los intereses norteamericanos y al mismo tiempo un despiadado dictador para los iraníes, que en definitiva fueron quienes lo sufrieron en carne propia.
El sha era un personaje de opereta, un monstruoso decorado. Gastaba en un desayuno diario, que se hacía traer directamente desde París, un dineral con el que podrían comer miles de personas durante meses. Y también era capaz de perseguir, torturar y ejecutar, gracias a una Policía entrenada para tales fines, a quienes no fueran de su simpatía. Sibarita de día, carnicero de noche.
Lo que vemos en la secuencia inicial de Argo es el odio cuando ha sobrepasado todos los límites. La turba avanza inexorablemente. Solo la contienen los muros de la embajada y una enorme reja. Los funcionarios norteamericanos contemplan aterrados desde el interior del edificio (“¿Son blindados estos vidrios?”, atina a decir alguien con voz temblorosa).
Una vez que el primer iraní osado salta la reja, después le siguen otro y otro y otro. Y la Embajada de la principal potencia mundial en aquel entonces es tomada. El pánico se desparrama en una única orden: destruir todos los documentos, papeles, fichas, expedientes y hojas selladas. Los funcionarios acuden a picadoras de papel y al fuego, hasta que el control es de los iraníes y los encierran en un sótano. Aprovechando el caos logran escapar seis norteamericanos, que se refugian en la casa del embajador canadiense.
Ese momento señala no solo el fin de los años 70 y el comienzo de los 80: está marcado a fuego, como lo describió de modo lúcido el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, por la irrupción de los nacionalismos fundamentalistas, en este caso del Islam, donde la figura del ayatola unifica poder político y militar con ortodoxia religiosa. Fue un quiebre en la historia de Occidente: los Estados Unidos ya no eran intocables.
Y lo que luego ocurrió ya se sabe: los rehenes estuvieron 444 días encerrados hasta recuperar su libertad, fenómeno que ocasionó un desastre político para la administración de Jimmy Carter, quien además se mandó una chapuza con unos helicópteros que intentaron un desesperado rescate. Pero Argo se concentra en los seis funcionarios que lograron escapar y se refugiaron en el domicilio del embajador canadiense, y en cómo la CIA ideó una triquiñuela delirante para salvarlos.
El director y actor Ben Affleck mantiene un excelente pulso para administrar la tensión: aunque uno sabe qué ocurrirá, como en “Vuelo 93” de Paul Greengrass, permanece al borde de la butaca hasta el final, siendo partícipe de los acontecimientos como si estuviesen ocurriendo en un presente perpetuo, eléctrico. Es el mejor elogio que puede hacerse a este tipo de películas.
Hay algún efecto de maquillaje y alguna barba postiza, pero en general lo que predomina es un suspenso de mostrador, de frontera y de eventuales pasaportes rechazados, que es lo mismo que eventuales ejecuciones sumarias.
Affleck coloca a dos veteranos en suelo norteamericano, Alan Arkin y John Goodman, que se encargan de los chistes y los comentarios irónicos acerca del cine, de la política y de la vida misma. Con eso descomprime un poco la tensión dramática.
Y él mismo se reserva el papel del espía Tony Méndez, un especialista en “extracciones”, el tipo que debe resolver la parte difícil en tierras iraníes y en particular en su aeropuerto, donde hay un acertado remate a través de los bocetos de una ridícula historia de ciencia ficción. Una vez más, el cine dentro del cine.
Affleck ya había demostrado su solvencia en la dirección con los policiales “Desapareció una noche” (Gone Baby Gone, 2007) y “Atracción peligrosa” (The Town, 2010), pero Argo es, hasta el momento, su mejor película, con ese aire inconformista de los 70 (George Clooney figura como productor), además de una meticulosa reconstrucción de época que nos trae aquellas camisas montadas sobre la solapa del saco, aquellos pantalones oxford, aquellos lentes de gran armazón y aquellos raros peinados.
“Argo” (“Argo”). EEUU, 2012. Dirección: Ben Affleck. Guión: Chris Terrio, sobre artículo periodístico de Joshuah Bearman. Duración: 120 minutos.