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    Soltar la mano

    N° 1979 - 26 de Julio al 01 de Agosto de 2018

    Una encuesta del Grupo Radar difundida por El País llega a la conclusión de que casi siete de cada 10 uruguayos apoyan la obligatoriedad del voto, respaldando o dejándose llevar por la cultura incorporada tras 84 años de aplicación del actual sistema electoral. Es una noticia previsible pero que provoca preocupación en aquellos, como nosotros, a los que nos importa la libertad del individuo, la iniciativa personal y limitar lo menos posible las formas de expresarse que tenga la ciudadanía.

    Los votantes deberían comportarse como personas mayores, que eligen si sufragar o no a conciencia y bajo su propia responsabilidad. A su vez, los políticos deberían ser capaces de atraer y provocar al ciudadano a participar, sin necesidad de encadenarlo al peso de otra obligación.

    El estudio en cuestión asegura que no hay diferencias en los porcentajes de adhesión entre Montevideo y el interior, entre mujeres y hombres, ni tampoco entre las distintas edades. Donde sí hay diferencias en el apoyo a la obligatoriedad es cuando la medida son los simpatizantes de los distintos partidos políticos. Entre los que se identifican con el Frente Amplio, el 80% opta por el voto obligatorio. Este porcentaje tan elevado podría explicarse por el adoctrinamiento que realizan los dirigentes de esa fuerza política, que ven la necesidad de imponer el sufragio a muchos de sus votantes desilusionados por las promesas incumplidas. Otro factor que se puede considerar es la vieja concepción socialista, que cree en el Estado paternalista y prefiere no tener que lidiar con demasiada iniciativa personal.

    Los porcentajes en los partidos históricos son menores aunque no tanto: cerca del 75% de los blancos y 71% de los colorados respaldan el voto obligatorio. En tiempos pretéritos, los dirigentes de esos partidos fueron los impulsores y luego defendieron la obligatoriedad para compensar la falta de militancia activa y consciente de sus adherentes. Quizás hoy en día deban reconsiderar su postura, sobre todo si toman en cuenta los resultados electorales de las internas, donde, contradictoriamente, no se aplica la rigidez de los comicios nacionales.

    A partir de estos datos, el informe de la empresa Radar realiza una interpretación que no deja de ser subjetiva. Asegura que estos datos revelan que “comienzan a encenderse luces de desinterés político, de descrédito de la democracia” y “objeción del sistema electoral vigente”. ¿Qué quieren decir con esto?, ¿que quienes están en contra de la obligatoriedad son los malos de la película? ¿No será que simplemente quieren ejercer su derecho libremente y bajo su responsabilidad?

    El director de Radar, Alain Mizrahi, hace una puntualización en sentido contrario a lo anterior: quienes no quieren la obligatoriedad parecen estar más “enojados con el menú de opciones que con el sistema democrático”. Lo dicho, la motivación que proporcionan los políticos es la que está cuestionada.

    Se asegura en el trabajo que las razones para el apoyo a la obligatoriedad se basan en dos justificaciones. La primera es que el sufragio es un derecho y también una “obligación”. Entendemos que hay un error claro aquí: lo que dice la cátedra es que el voto es un derecho y un deber. El deber puede ser considerado una obligación de conciencia, pero no necesariamente impuesta por una ley.

    La segunda justificación es el mito de que es un mecanismo de equidad social, “para que no voten solo los ricos, informados y educados”. Nada más alejado de la realidad y el propio trabajo de Radar cita una investigación académica realizada en Chile que contradice esa extendida leyenda.

    Tomemos en cuenta, entonces, cuando en declaraciones poselectorales algunos voceros del gobierno o de los partidos se regodean con los altos porcentajes de votación, que no se trata de madurez política, o por lo menos no únicamente. El problema es que a los gobernantes, sean del signo que sean y más aún los identificados con la izquierda, como demuestran los porcentajes del sondeo, les incomoda manejarse con ciudadanos totalmente libres. Se podrá decir que la sociedad no está madura para eso, pero es como el padre que enseña a caminar a su hijo, que en algún momento le tiene que soltar la mano. No tengamos miedo de caminar solos, ya tuvimos 84 años de práctica.

    ?? A los tiros