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Dicen que la primera vez que intentó hacer reír a alguien fue cuando tenía ocho años y a su madre le dio un ataque al corazón. El pequeño Jerome Silverman, hijo de inmigrantes judíos rusos, no sabía qué actitud tomar ante el dolor de su progenitora. Y se puso a hacer macacadas, a improvisar, montó un numerito desesperado de comedia. Y funcionó, porque su madre pasó de las lágrimas de dolor a las lágrimas de risa y se hizo pis encima. Jerome ya se había convertido en Gene.
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Luego de una buena presentación en Broadway con Madre coraje y del espaldarazo consecuente de Anne Bancroft, que lo recomendó a su marido, el actor y cineasta Mel Brooks, un tal Gene Wilder apareció en la pantalla grande. Su primer gran mojón cinematográfico: Bonnie and Clyde (1967), de Arthur Penn, un pequeño pero muy valioso papel. Sin embargo, lo de Wilder era la comedia y el humor, y así lo demostró su intervención en Todo lo que Ud. siempre quiso saber sobre el sexo pero temía preguntar (1972), de Woody Allen. A partir de ese momento estuvo bajo las órdenes de Brooks (Con un fracaso… millonarios, El joven Frankenstein, Locuras en el Oeste), fue compañero de correrías de Marty Feldman y también de Richard Pryor, es decir, se convirtió en uno de los comediantes más importantes de los años 70.
Gene Wilder, que murió el lunes 29 a los 83 años, fue actor, guionista y también director (El hermano más listo de Sherlock Holmes, Luna de miel embrujada). Hay una imagen emblemática que quedará para la historia: parado con su maletín sobre un respiradero del metro, imitando a Marilyn Monroe, con el aire caliente que le infla la gabardina mientras piensa en la bella Kelly LeBrock (La chica de rojo). Se casó tres veces, sufrió el largo cáncer de su segunda mujer y finalmente dejó de hacer cine para recluirse en el hogar y concentrarse en sus memorias (Kiss me like a Stranger, 2005) y en una novela (My French Whore, 2007). Fue claro: “Prefiero estar en casa. Escribo, descanso, le doy un beso a mi mujer, vuelvo a escribir”.