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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAl anunciar el nombramiento de un asesor de imagen del Dr. Tabaré Vázquez, el último número de Búsqueda resumió lo dicho por el precandidato frenteamplista sobre su campaña, que “será por lo alto, por la positiva y no voy a entrar en ningún momento y en ninguna instancia a hacer consideraciones sobre ninguna persona ni ninguna opinión que dé la oposición.” (Empezó por no cumplir con esa premisa en su acto inaugural de San Luis, en el cual —defendiendo la política de educación— aludió al viaje a Finlandia del Dr. Jorge Larrañaga: “Hasta alguno salió afuera para ver qué podría recoger para aprender algo”).
De cualquier forma, a eso se agrega lo que ha repetido varias veces, que no debatirá con otros candidatos, porque es un “show mediático” que no aporta, porque él ya se sometió en ocasiones anteriores y remató: “Ahora es tiempo de dar a conocer el programa de gobierno”.
Por supuesto que Vázquez tiene todo el derecho —y puede ser hasta loable— a ir “por la positiva”, no comentar las opiniones de la oposición y a difundir el programa del Frente Amplio. Y tiene toda la razón cuando asegura rotundamente que no va a debatir. Del punto de vista de la democracia es lamentable, pero es altamente comprensible por parte de él. Aunque no precisamente porque se trate de “shows mediáticos”, esos debates que son moneda corriente en los pluripartidismos auténticos y de los cuales huyen los Maduro, Fernández de Kirchner, Morales, Ortega, etc. (sin hablar de los Castro).
La verdadera razón del Dr. Vázquez no es esa, como tampoco lo es la interpretación politológica que atribuye la negativa a su situación de favorito en las encuestas. No el motivo principal —y comprensible— es porque no se anima a enfrentar a un adversario político que le pregunte y le haga justificar la reforma de la educación; la dictadura sindical; el IRPF; el IASS; la reforma de la salud; Pluna; Aratirí; la mano y la lata; los 40.000 empleos públicos más; el aumento sideral de la deuda externa en épocas de excepcional bonanza; las políticas: exterior, laboral, de seguridad, de vivienda, de infraestructura y obras públicas, etc., etc.
Y que le pregunte y le haga justificar su actuación durante la dictadura a la cual era afecto, los cargos ocupados, mientras que, tanto él como el FA, han sido críticos fundamentalistas de aquellos que colaboraron con los militares en esa época.
Porque si tiene que defender lo actuado y a su pasado, no le puede quedar aliento para hacer nuevas propuestas de iniciativas que no se llevaron a cabo en 10 años de gobierno del Frente Amplio. Además, hay otra razón: la biología. El Dr. Tabaré Vázquez declaró insistentemente que solo volvería a postularse para la Presidencia de la República “si la biología se lo permite”. Ahora, si es precandidato, es porque apreció que su estado biológico se lo autoriza.
Sin embargo, esta valoración tiene que haber sido mucho más complaciente que aquella que le realizara al Dr. Jorge Batlle cuando en 1999 sostenía, a diestra y siniestra, que el candidato colorado estaba viejo para gobernar; cuando decía que de debatir con él (cosa que por supuesto no hizo) el encuentro se haría de pie, insinuando que Batlle no aguantaría parado y que remataba pidiendo una evaluación mental del candidato batllista.
Recordemos que Jorge Batlle nació el 20 de octubre de 1927, por lo que accedió a la Presidencia con 72 años. Y Tabaré Vázquez, de ganar —cosa que confío no ocurra, por el bien de esta República—, tendría, al posesionarse el 1º de marzo de 2015, 75 años cumplidos o sea más edad aún que Mujica, quien ya era mayor que Batlle al asumir. Y eso a Vázquez le debe pesar para enfrentar un debate de ideas con todos los candidatos —algunos bastante y otros mucho— más jóvenes que él.
Entonces reitero el acierto del Dr. Vázquez —estrictamente del punto de vista de sus intereses personales— de negarse a debatir, así como el acierto de sus adversarios en la carrera presidencial consistiría en desafiar al ex presidente, un día sí y otro también, a sentarse mano a mano a una mesa pública, para confrontar ideas. Claro está que no lo lograrán, pero al menos deben dejar muy bien en evidencia por qué al candidato del Frente Amplio no le convienen los debates.
Adolfo Castells Mendívil