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    Talvi

    Sr. Director:

    Hay que ver la impresión que suscitó, el año pasado —en los medios políticos y periodísticos—, la aparición pública del economista Ernesto Talvi como aspirante a la candidatura presidencial colorada.

    Aún cuando se lo sabía vinculado a las políticas públicas desde hace más de dos décadas, distinto fue verlo lanzado a bucear en las aguas bravas de la política.

    Casi antes de que los observadores de afuera se pronunciaran —como si eclosionara una amenaza al primer reino del Juego de Tronos—, en la interna del Partido Colorado se desató una tormenta de espadas, que no por esperada dejó de sorprender.

    Su inveterada pasión por el batllismo primigenio —no pregonado ni voceado para jactarse de él en la tribuna, mas sí sentido en lo hondo de sus entrañas— sumergió a Ernesto Talvi en la acción política, según la teoría que Max Weber describe en su magistral ensayo La política como vocación.

    Esa sola disposición, asociada a su peculiar manera de ser, de hacer y hasta de hablar, concitó rápidamente una catarata de recelos y esperanzas, así como de afectos y desafectos, pese a que en aquel momento nadie o casi nadie —fuera del circulo rojo— lo conocía.

    Hoy, luego de seis escasos meses de campaña, ha conseguido que lo conozca algo más de un tercio de los uruguayos.

    Los estudios de opinión pública descubren con realismo las diversas facetas de su personalidad, de acuerdo a cómo lo visualiza la ciudadanía. Se lo percibe, veraz, agudo, talentoso, como alguien que inspira confianza y que dispone de un programa serio y ponderado —a la vez que rebelde y transgresor— y esto último como consecuencia de las repetidas veces en las que aparece señalado su accionar político como muy particular.

    Se lo visualiza como confiado en sus fuerzas y en el valor de su foja limpia, como alguien que busca tener apoyos políticos, en oposición a tener acreedores políticos. Pero hay una parte de su presentación —sus ideas— que aún permanecen, para algunos, como en un sitio de sombra. Intentaremos aportar mínimamente a la descodificación de las mismas.

    Vimos en una carta anterior la inverosímil consonancia, en los propósitos, del recordado Manifiesto de 1901 —redactado por José Batlle y Ordoñez y dos de sus acólitos, Salvador Tajes (un militar poco conocido, sin parentesco con Maximo, el 15º Presidente) y Antonio María Rodríguez (un distinguido orador parlamentario de ese entonces)— con el primer discurso de Ernesto Talvi, en la cancha de Larre Borges, en La Unión, ante una concurrencia de 2500 personas.

    Al día siguiente de haber expresado Talvi —a viva voz— ser liberal y progresista, fugazmente hubo quienes quisieron ver, en esas dos palabras, un afán oportunista. Arrastrados, quizá, por el uso improcedente que hoy se hace de estos términos, por el que se asocia liberalismo con neoliberalismo y progresismo con populismo de izquierda.

    Es que, hay vocablos que con el uso pierden su sentido original, y en algunos casos —como en el que nos ocupa— alcanzan connotaciones negativas y suele usárselos para menospreciar y hasta para deshonrar, sin que sean per se, descalificantes.

    Unos por ignorancia (y es sabido que “nada hay en el mundo tan común como la ignorancia y los charlatanes”) y otros —aún aquellos que integran el círculo rojo— fingieron no entender, porque es sabido que “cuando el dogma entra en el cerebro, cesa toda actividad intelectual”.

    Y a partir de allí saltaron a la ironía y al sarcasmo, como forma de rebatir sus propuestas, ya que -como se sabe- la política es terreno abonado para tergiversar y manipular, para aquellos que viendo no ven y oyendo no oyen.

    Sin embargo, liberalismo progresista no es ningún engendro ingenioso y conveniente, producto de barajar dos montones, haciendo que las partes de un montón entren en las partes del otro, fusionando a ambos en uno solo. Es sí una derivación del tronco común del liberalismo clásico, cuyo origen lo encontramos a fines del siglo XVIII, luego escindido en dos ramas: liberalismo radical y liberalismo conservador, generado a consecuencia del hito histórico universal que fue la revolución Francesa, reflejado consecuentemente en nuestra cronología nacional al interior de las dos vertientes partidarias fundacionales.

    Ante el quietismo de los viejos partidos en el mundo y el auge de los populismos, hoy en boga, autoproclamados de izquierda o de derecha, (da lo mismo) crecen nuevas corrientes liberales y progresistas, en Francia, España, Holanda, Dinamarca, Chile y Canadá (por solo nombrar una media docena de las más representativas), que proponen una redefinición de la idea de progreso, que emergen como una versión mejorada de la socialdemocracia de la que el batllismo es identificado universalmente como su embrión.

    Esas tendencias se caracterizan por su acentuada predisposición a las reformas sociales; por contar con un planteamiento muy racionalista y cimentado en el pacto social, que pugna por la construcción de una comunidad de seres racionales, libres y autónomos que deciden dotarse de instrumentos adecuados para ser verdaderamente libres.

    Asimismo, consideran que el papel del Estado es primordial para garantizar el bienestar del ciudadano, ya que es él el único con la fuerza suficiente para introducir las transformaciones sociales.

    El liberal progresismo sabe que la libertad individual es el ingrediente principal para alcanzar la prosperidad de la sociedad, en la que todos deben tener igualdad de oportunidades. Para ello, la formación del ciudadano es pilar fundamental. Entiende que el sistema educativo, además de enseñar a leer, escribir y calcular, tiene como objetivo fundamental aumentar la capacidad de reflexionar de los nuevos ciudadanos.

    Y en ese nuevo Estado de bienestar del siglo XXI (como le gusta llamarlo a Talvi), es preciso bregar por alcanzar la satisfacción de la sociedad en todos los campos (sanidad, educación, seguridad ciudadana) y a su vez, por la ampliación de los derechos civiles y políticos, (admitiendo la heterogeneidad social en cuanto a género, raza, nación, religión), acabando con toda clase de discriminaciones e implementando políticas dirigidas a estimular y dignificar el empleo.

    En estos tiempos, los líderes populistas y la mayoría de los de los partidos conservadores o nacionalistas ofrecen respuestas sencillas a los grandes problemas, optando por aprovecharlos y convertirlos en miedo para su propio beneficio.

    Los liberales progresistas, en cambio, tratan a los ciudadanos como adultos que son, entienden que las soluciones mágicas solamente redundan en mayores injusticias y ansiedades, y eligen confrontar las dificultades con soluciones genuinas a menudo espinosas y complejas.

    A su vez, actualmente las denominadas izquierdas tienden a confundir objetivos progresistas con medios estatistas. En oposición, la visión conservadora, de las llamadas derechas, se presenta como partidaria del mercado, pero en realidad su tendencia natural es a defender los privilegios de las grandes empresas, que controlan el establishment, en detrimento de los nuevos emprendedores, de la innovación y la sana competencia.

    El liberalismo progresista, por el contrario, pugna por vencer la rigidez ideológica en favor de un mayor pragmatismo. Al mismo tiempo, aboga por instituciones fuertes e independientes, necesarias para corregir las numerosas fallas del mercado y para garantizar una auténtica igualdad de oportunidades a los ciudadanos y a las empresas.

    Propende de forma concluyente en favor de las economías abiertas. No se le oculta que los aranceles pueden beneficiar temporalmente a los productores nacionales, pero perjudican inexorablemente a la inmensa mayoría de los ciudadanos y a la economía en su conjunto.

    Es internacionalista, desde que aboga por una mayor cooperación política y económica entre las naciones para el beneficio propio. De nuevo en consonancia con la matriz batllista que había hecho suya la visión cosmopolitista que ya antes había incorporado Giuseppe Garibaldi, el notable precursor.

    Es evidente para cualquier observador atento que el discurso de Ernesto Talvi que nos ocupa está impregnado de ese espíritu abierto, liberal, inquieto —de nítido cuño batllista— que proclama el cambio y la diversidad, que entiende que volver al pasado no puede ser una respuesta a los retos del futuro; en contradicción con el espíritu cerrado y conservador de los diferentes candidatos —de un lado al otro del conglomerado político (incluida la interna colorada)— que busca el inmovilismo y la uniformidad.

    Jorge E. Leiranes