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    Territorio de dragones

    Mingo Ferreira, Premio Figari

    En una época firmaba “Mingo”. Por ejemplo, en Marcha, en los años 60. En otras, su firma es sencillamente “Ferreira”. La diferencia la impone la época, su estilo o su formidable visión del mundo. Nada más. No parece importante. Pueden pasar años y estilos, pero de Mingo a Ferreira el mundo se vuelca como un gran tintero sobre una enorme mesa de dibujo. Y se transforma del negro al rojo, de la línea pura a la sombra, del contorno grueso, lento y pesado a la superposición de imágenes vertiginosas o en un collage detonante. Todo en manos de un mismo ser humano y de cierta impronta que se desliza a través de su producción.

    Aunque todo el mundo lo conoce como Mingo, se llama Domingo Ferreira (Tacuarembó, 1940) y recibió este año el XX Premio Figari, reconocimiento irreprochable a un dibujante esencial en la historia del arte nacional. Hay muchos dibujantes buenos en el país, de antes y de ahora. Hay algunos excepcionales. Pero “Mingo” y “Ferreira” tienen algo diferente, son y es un artista pleno, ese que deja un camino o una marca ine­ludible. La técnica, la calidad, pero sobre todo la profunda honestidad en el proceso, en la elaboración, en la búsqueda. Hay artistas uruguayos muy buenos, excepcionales. Pero “Mingo Ferreira” está entre los que tienen ese toque misterioso que los hace únicos, extraños. Por si fuera poco, pertenece al estatus de los que contribuyeron a hacer del dibujo un arte de punta a punta.

    En la pared del fondo del primer piso del Museo Figari y con la firma Mingo hay una niña a lápiz y tinta, posiblemente un dibujo para ilustrar una nota. El mundo está en su rostro. Un mundo doloroso, dramático, desamparado. En esta imagen la visión es oscura. La niña está construida con breves y rápidas líneas que destacan el cuerpito leve y el cabello corto sobre la cara. “7 cmts. de base por 9”, dice a mano al costado, la anotación típica del editor o el “armador” de antes. Un detalle simpático que pertenece ya a otro mundo. Por las dudas, un sello de Marcha. El dibujo es apurado, parece en borrador. O un trabajo de barricada, de esos que los ilustradores de prensa hacen en el fragor de la lucha por sostener la actualidad en un movimiento de manos. Debe tener cerca de 50 años. Impresiona la fuerza de ese rostro que surge del trozo de papel amarillento, gastado por el tiempo. Está ahí, en la enorme exposición de trabajos de Mingo Ferreira que celebran su larga y notable trayectoria en innumerables medios de prensa, como ilustrador de tapas de libros y dibujante excepcional, aunque el soporte sean solo sus trazos tan personales.

    La niña está de frente al espectador, frágil, con su cabecita un poco inclinada, triste. Debe ser de los dibujos más desprovistos y carentes de todos los que ocupan la sala. No tiene texto ni contexto. No precisa, se sostiene en ese rostro que inquieta. Sin ojos, atravesado por una sombra, el pelo en leve movimiento que desajusta la composición y la llena de vida. En otro lado, la sala se inunda de colores y de otra técnica más compleja, cargada y fuertemente expresiva. Hay un retrato de Antonin Artaud (Francia, 1896-1948), poeta y emblemático referente de la escena de vanguardia del siglo XX. Un delirante, loco, personaje visionario y de extraordinaria influencia en el teatro contemporáneo. Es un retrato a puro gesto de pincelada sin pincel, con un crayón o similar. Los ojos aquí se ven y penetran en la mirada del otro. También la boca con un rictus triste, el rojo de los labios que se desborda y cae como la pintura corrida. Alrededor de los ojos otra vez oscuros, el repaso en líneas rojas, gruesas, toques de amarillo mostaza en rostro y pecho, un poco de celeste y el resto a rayones rojos y negros. Un retrato en movimiento para construir una imagen sufriente, como un payaso triste. Es otro mundo, otro dibujante, otra búsqueda, con el empujón del trazo a medio camino, desprolijo pero potente, apasionado. Hay en esta imagen rastros de lo inexplorado.

    “En la frontera entre lo posible y lo imposible”, dice Ferreira en un texto que abre la muestra. Es ese intersticio que lo hace artista, que le permite transitar entre los misterios del arte desde la niña delgada y despojada y los viejos dibujos puros hasta una etapa más surreal, plena de imágenes superpuestas, patas para arriba, entrecortadas. Los hay más simples y delicados en líneas, puras líneas libres e intensas. Hay líneas continuas que se enroscan y montan la escena desde un hombre a un camello o un par de jinetes y se recargan sobre el cuerpo como una textura, entre luces y sombras. Es notable en esos trabajos la soltura del trazo y al mismo tiempo la fuerza de la composición, cómo el dibujo se enrosca en sí mismo en la tensión permanente entre el orden y el caos.

    Hay retratos y figuras de todo tipo, escenas de mundos diversos que descubren historias, como la de los señores financistas con sus habanos y el humo que inunda todo. La tensión es el hilo permanente que define la obra de Mingo más allá de su inusual talento. Lo dice el propio autor en ese brevísimo texto. Tensión entre lo que está y lo que no aparece, entre el texto y el dibujo. Esos “espacios vacíos del mapa de nuestra subjetividad, donde todavía hay dragones”. En esos intersticios aparecen los rostros conocidos, escritores, personajes del tiempo que le tocó vivir. O aparecen y desaparecen esas imágenes perfectas, construidas a base de rigor creativo y una sutil y seductora inspiración. En Mingo Ferreira nada es lo que parece, cada trabajo es apenas una convocatoria, una espléndida e interminable sugerencia.

    Domingo Ferreira. XX Premio Figari. Museo Figari (Juan C. Gómez 1427), de martes a viernes de 13 a 18 horas. Sábados de 10 a 14. Hasta fines de agosto.