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    Tierra atrasada

    En la columna anterior (“Tierra arrasada”) vimos que el hombre siempre se ha defendido destruyendo e incendiando todos aquellos elementos que pudieran serles útiles al enemigo invasor. Vimos también que las civilizaciones que poblaron y se desarrollaron en torno al Mare Nostrum se sintieron superiores a las huestes desordenadas que de tanto en tanto avanzaban desde el norte. Eran los bárbaros, los que no hablaban el mismo lenguaje del mundo refinado.

    Las sociedades herederas de la Antigüedad clásica (Grecia, Italia, Francia y España, fundamentalmente), siguieron cultivando el desprecio por las gentes del norte. Y lo hicieron con mayor fuerza aún, pues al sentimiento de superioridad se le sumó un fuerte resentimiento y rencor, producto del éxito de las sociedades norteñas frente al crónico fracaso de las sureñas.

    Esta actitud emigró al Nuevo Mundo con las carabelas y echó aquí profundas raíces. Capolavoro literario e ideológico, el Ariel de Rodó sintetizó siglos y milenios de elitismo, presentando un mundo poblado por finos espíritus alados (los arieles, descendientes de la cultura clásica) y otro poblado por groseros primates (los calibanes, descendientes de la cultura anglosajona).

    No debe extrañar pues que Rubén Darío en 1901 publicase una obra que podría haber sido escrita por cualquier amigo o colega de Sófocles: La invasión de los bárbaros del norte. Fue el mismo poeta que definió a las gentes de Estados Unidos como “comedores de carne cruda, herreros bestiales, habitadores de casas de mastodontes. Colorados, pesados, groseros, van por sus calles empujándose y rozándose animalmente, a la caza del dollar”.

    En el marco de mi serie sobre la historia del antiestadounidismo latinoamericano, publicada en Búsqueda durante el verano y la primavera pasados, abundan los pasajes que desnudan estas posturas. No los repetiré.

    Regresemos pues a la exitosa abogada rioplatense, reencarnación, según declaraciones propias, de un eximio arquitecto egipcio por su inapagable pasión por construir. Como resultado de la reciente paliza electoral que sufrió dicha señora, se debate ahora en la otra orilla si es conveniente reorientar la política económica en sentido realista o si es bueno y necesario “profundizar el modelo”, es decir continuar destruyendo riqueza nacional y creando riquezas personales.

    Detrás de la segunda postura hay dimensiones materiales (seguir aprovechándose de los mecanismos que ofrece el poder para continuar engordando la billetera propia), dimensiones políticas (usar el resto de las reservas para financiar “el modelo” durante los dos años que restan y dejarle a la oposición un escenario de tierra arrasada), dimensiones ideológicas (frente a las dificultades que tendrá quien gane las próximas elecciones para administrar un país quebrado, explotar electoralmente la memoria de los años de vacas gordas para regresar al poder) y dimensiones culturales, que son las más importantes y las que explican el notable atraso de algunas sociedades.

    Una característica central de los pueblos nórdicos es su fuerte cohesión nacional, su sentimiento de pertenencia a un colectivo (la nación), su grado de conciencia en la responsabilidad que todos y cada uno tienen para contribuir al bien general. En las sociedades sureñas, es exactamente al revés: cada grupo pretende mejorar su propia posición a costa de la de los otros. Obreros y empresarios, centralistas y autonomistas, reformistas y conservadores, ateos y religiosos: todos luchan contra todos sin considerar (pues no hay conciencia de lo que significa) el bienestar general.

    En las primeras sociedades, las grandes líneas motrices de la política tienen siglos de edad. En las otras, cada grupo que conquista el poder desmantela lo que encuentra e imprime su propia línea.

    Mientras que en unas sociedades el colectivo es el gran actor, en las otras el gran actor es el individuo, el Mesías, el Caudillo, el Salvador: aquel que dice poseer el monopolio de la verdad.

    La idea de financiar un modelo político hasta agotar totalmente las reservas del Banco Central (Venezuela ya está ahí, Argentina va rápidamente camino a eso) expresa el desprecio de esos gobernantes por el bien de la nación.

    Con mucho más estilo que los caudillejos criollos, Luis XIV de Francia dijo “El Estado soy yo” y su hijo Luis XV exclamó “Después de mí, el diluvio”. A su muerte siguió la revolución francesa.

    Pero no fueron estos Luises los primeros sureños que demostraron este gusto por la tierra arrasada que caracteriza a las sociedades atrasadas: la idea de gozar al máximo en vida (carpe diem) y la de no preocuparse por el futuro de la sociedad después de la muerte propia es un hilo conductor en la literatura clásica desde antes de Cristo. Una de las versiones más repetidas dice: “Que ahora mis huesos se empapen sobre todo de vino y, una vez muertos, que los anegue el diluvio”.

    Así están hoy Grecia, Italia, España y todo el mundo latino. Arrasados. Atrasados. Mentalmente anegados.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor