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En su película anterior, “Los desconocidos” (2001), el director Gabriel Drak recurría a un único escenario (un sótano asfixiante) donde tres personajes (Mario Ferreira, Sergio Pereira, Carolina Presno) discutían sus problemas durante una noche infernal. Una década después, Drak propone otra vez similar unidad de tiempo y lugar, aunque ahora en espacios más abiertos y durante un luminoso día estival en un establecimiento campestre cerca de las playas de Maldonado.
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El motivo es la reunión familiar donde Jorge (Ricardo Couto) y su esposa Elena (Susana Groisman) compartirán un asado de cordero con sus cuatro hijos y aprovecharán para hacer un anuncio de interés. La situación económica de esa gente es buena, y el escenario lo confirma: Jorge acaba de jubilarse, es probable que se instale a vivir en el campo y nada parece salirse de los cauces normales de toda familia burguesa que ha sorteado varias crisis financieras (la de 1982, la de 2002, la de 2008), gracias a la habilidad de Jorge para recuperarse de los golpes y resurgir sin tocar fondo.
Nunca se cuestiona cómo lo hizo ni de qué manera, pero en él se puede reconocer a mucha gente que vivió esa época y superó las tormentas políticas y las debacles económicas. Lo cierto es que su fortuna parece intacta y los hijos disfrutan un bienestar que creen merecer. Así van llegando Silvana (Lucía David de Lima) y su esposo Agustín (Agustín Rodríguez), con la beba y la niñera (Mariana Olivera). Luego es el turno de Fernando (Rogelio Gracia), Álvaro (Mateo Chiarino) y Lydia (Andrea Vila). Y hay bromas, tragos y charlas informales. En fin, todo lo que se hace en esas ocasiones en que nada fuera de lugar tendría que ocurrir. Pero siempre ocurre.
Mientras el asado se demora y cae la tarde, Agustín se aprovecha de la niñera, los hermanos empiezan a sacar trapitos al sol, nadie es quien parece ser y toda aquella camaradería y complicidad inicial revela un trasfondo más sórdido y mal camuflado. El dueño de casa no para de utilizar un humor ácido, la madre tiene algunas cosas que ocultar y, cuando llega finalmente la hora de comer, algo muy parecido al deterioro familiar se ha instalado en esa mesa donde nadie parece sentirse ya a gusto. Y todavía faltan las sorpresas, el golpe de gracia que Jorge descargará sobre cada una de las cabezas y que nadie ciertamente espera porque, después de todo, las cosas siempre han sido así y cada cual sabe a qué atenerse. Salvo esta vez.
Un tema semejante requiere fundamentalmente dos cosas. Primero, un libreto que sepa distribuir los golpes bajos sin proceder por acumulación, como si una cosa se derivara de la otra. Con humor (siempre ácido), diálogos con poca literatura pero mucho tono cotidiano y un manejo de cámaras que atiende a los personajes y a sus más mínimas reacciones, Drak logra concentrar el interés dramático del asunto y hacerlo crecer debidamente, sin necesidad de efectismos gratuitos ni de reacciones desmedidas. Todo se va digiriendo en pequeñas dosis, gradualmente, como si el efecto devastador que causan algunas revelaciones fuera duro para quienes lo padecen, aunque no por ello inesperado. Mantener permanentemente la tensión sobre todos esos hilos es un mérito del director.
El otro requisito es, naturalmente, el elenco. El actor uruguayo ha aprendido a adaptarse a la cámara cinematográfica dejando de lado sus tics teatrales, lo que en el caso de Couto y Groisman, veteranos de la escena, no es algo menor. Ambos son los puntales de un reparto donde los más jóvenes, Gracia y Chiarino, protagonizan los momentos más comprometidos logrando una unidad actoral sin fisuras.
La película es un trabajo de equipo muy bien aceitado, lo que demuestra que Drak, entre lo que va desde “Los desconocidos” hasta hoy, ha aprovechado el tiempo. Sabe manejar su relato y conducirlo con mano segura hasta un final cargado de cinismo pero acorde a lo que se oyó y a lo que se vio. No le sobra nada.
“La culpa del cordero”. Uruguay, 2012. Dirigida y escrita por Gabriel Drak. Duración: 93 minutos.