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Sage Gateshead es un importante polo de actividad musical al noreste de Inglaterra. Desde allí llega la Royal Northern Sinfonia, una orquesta de cámara de 37 integrantes dirigida por el violinista, violista y director Julian Rachlin, que el lunes 3 estuvo en el Teatro Solís dentro de la temporada del Centro Cultural de Música.
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Curiosamente, el programa incluyó dos obras del mismo autor, Félix Mendelssohn (1809-1847). En la primera parte, su Concierto para violín op. 64 evidenció que Rachlin es un gran violinista de muy buen sonido, técnica inmaculada, una gama dinámica que impresiona y expresividad a flor de piel. Diría, con todo respeto al compositor, que este concierto es su primer movimiento; el resto es un notorio bajón en inspiración y en estructura, en contraste con el Allegro molto appassionato inicial. Debo de estar equivocado porque la ejecución de la obra es permanente en el mundo entero.
Algo parecido, aunque menos contrastado, ocurre con la otra obra de Mendelssohn que se hizo, la Sinfonía Nº4 Italiana, con un arrebatador primer movimiento donde es imposible no rendirse a la fuerza contagiosa de su ritmo y a la alegría de sus temas, para luego descender varios escalones en casi todo el resto de la obra, con excepción de esa suerte de scherzo y trío del tercer movimiento, donde reaparecen la gracia, la elegancia y la vena melódica.
Las otras dos obras del programa fueron la obertura de Las bodas de Fígaro, de Mozart (1756-1791), en una versión exultante, vigorosa y llena de matices, y la Música fúnebre para viola y cuerdas, del alemán Paul Hindemith (1895-1963), pieza de gran belleza y tristeza, donde un breve movimiento vivo parece estar demás, rompiendo ese clima de congoja. Rachlin mostró aquí, como violista, una gran sensibilidad de fraseo, ya que no es esta una obra de virtuosismo técnico.
Como director, Julian Rachlin es más que interesante: sanguíneo y a la vez sutil, muy claro en las indicaciones a la orquesta y con una puntual y prolija obediencia de sus músicos, que conforman un grupo homogéneo de perfección en todos sus sectores. Por momentos, tiene una gestualidad algo impetuosa y es proclive a acelerar los tiempos, pero con el dominio necesario para no descarrilar. Tiene además la personalidad suficiente para hacer fuera de programa un delicioso arreglo para violín y cuerdas de The Man I Love, de George Gershwin, con todo el swing necesario. Un pequeño postre de lujo.