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Chistes, mucha ironía posmoderna, fuego, explosiones, ruidos estridentes, alta tecnología aplicada al sonido y las imágenes manipuladas por computadora, líneas temporales alternativas, explosiones más estruendosas, alguna explicación sobre los viajes en el tiempo donde se cuela la expresión “cuántica” para dotar a esa explicación de un tono científico, supuestamente complicado, serio, para entendidos. Y más explosiones, metatextualidad básica, un guiño, otro guiño, escenas de acción sin una sola gota de emoción, otro guiño. Y un desfile de personajes sin alma. Y saqueos y refritos de todo aquello que funcionó y se lució en Terminator, Terminator 2: Juicio Final y la flojísima Terminator: La Salvación. En especial en materia de efectos digitales. Bienvenidos al mundo de Terminator: Génesis, el comienzo de la catástrofe.
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“¿Ya se aparearon?”, pregunta el Terminator modelo T800, interpretado por el robótico y ahora también canoso Arnold Schwarzenegger, a la bella y carente de nervio Sarah Connor, la princesa guerrera a cargo de Emilia Clarke, que aquí no actúa, más bien modela, realiza gestos y movimientos cool para pósteres. Fuera de cuadro está Kyle Reese (Jai Courtney), el soldado de la resistencia humana que fue enviado desde el futuro para salvar a Sarah. En esta escena se encuentran reunidos los tres personajes principales de la primera entrega. Lo que hacen es una parodia, una broma de una película brillante —oscura, negrísima, de moderado presupuesto y, sobre todo, brillante— que James Cameron estrenó en 1984, tiempo antes, mucho antes, de sentirse el rey del mundo al llenarse los bolsillos de Oscar por Titanic y quedar totalmente fascinado por la tecnología a niveles de asombro e inquietud (quien quiera ver una paradoja por aquí, adelante).
Esto es lo que sucede en la primera Terminator. Es 2027. Las máquinas, gobernadas por una inteligencia artificial, Skynet, que ha despertado de las cenizas de un holocausto nuclear de 1997, controlan la vida en la Tierra. Los humanos dan pelea a través de la Resistencia, liderada por un tal John Connor, una suerte de nuevo mesías. Skynet construye una máquina del tiempo por medio de la cual envía a un robot (Schwarzenegger) a 1984, a Los Ángeles, para matar a Sarah Connor (Linda Hamilton), madre de John. Resulta que la Resistencia logra hacerse de esa misma máquina y consigue enviar a uno de sus soldados, Kyle Reese (Michael Biehn), para que salve a la mujer, que trabaja como mesera en un restaurante, de la amenaza robótica.
Terminator tiene tensión, violencia y maldad, una atmósfera pesada, una densidad dramática poco frecuente para un producto de su clase, ironías temporales, una banda sonora futurista ochentosa que pervive y a Schwarzenegger y Hamilton en los papeles de sus vidas. El cíborg de Arnie es un personaje icónico, una máquina asesina de pómulos nazis que habla con acento extranjero, viste como motoquero y le dispara a toda mujer que lleve el nombre de Sarah Connor. La heroína de Hamilton es, junto con Ripley de Alien y La Novia de Kill Bill, una de esas grandes del cine de acción, vulnerable y letal.
En Terminator 2: Juicio Final, que se hizo como consecuencia del éxito desmesurado e inesperado de la primera parte, todo se volvió más grande y —sí— desmesurado. Cameron logró transformar al cíborg brutal de Schwarzenegger, ahora sin diastema, en un protector de la señora Connor, ahora encerrada en un loquero. El cambio, se sabe, fue por exigencia del propio actor, convertido en una megaestrella de acción, que ya no quería interpretar papeles de malo. Entonces: Skynet envía un exterminador más sofisticado, hecho de metal líquido, a matar a John Connor en plena adolescencia (Edward Furlog), y la Resistencia manda al viejo Schwarzenegger reprogramado: donde antes decía “Matar” ahora dice “Proteger”.
La película es un prodigio de acción y efectos especiales, campo en el que se destacó por encima de todo con la técnica de morphing, la que permitía mostrar los movimientos y las perturbadoras y fascinantes transformaciones del T1000. Como luego ocurrió con los dinosaurios de Parque Jurásico, con el Gollum y las batallas de El Señor de los Anillos, en el cine nunca se había visto algo así. El filme también incluye a Guns N’ Roses, el grupo de la década de 1990, en la banda sonora, nuevas frases gancho salidas de los labios metálicos del actor de origen austríaco y muchas explosiones. En el cine comercial pocos rubros están tan sobrevalorados como el de las explosiones. En su momento, Terminator 2 fue la película más cara de la historia. Luego de su estreno también fue la más taquillera.
Para Terminator 3: la rebelión de las máquinas ya no estuvo Cameron, aunque sí Schwarzenegger. Ahora con Jonathan Mostow, el de U-571, detrás de cámaras, el relato encuentra al líder de la Resistencia, interpretado por Nick Stahl. Connor tiene 22 años, vive por fuera del mundo, totalmente desconectado, de modo que no lo encuentren. Pero Skynet envía un modelo T-X (Kristanna Loken), la robot más inteligente y letal de todas. Detrás viene el viejo modelo Arnold.
En Terminator: La Salvación, dirigida por un impresentable que se hace llamar McG, el mismo director de Los Ángeles de Charlie, se ve a J.C. de adulto, interpretado por Christian Bale. (Schwarzenegger aparece recreado digitalmente: se encontraba en plena actividad política). Hay un arma nueva, un híbrido entre humano y máquina. Y algo de esto se retoma en esta secuela que también puede tomarse como reboot o reinicio de la saga.
Vuelven los viajes en el tiempo. De hecho, regresa el primer viaje, aquel de 1984, se replican los momentos en los que llegan Reese y el T800 a Los Ángeles, hay una línea temporal alternativa, con el Terminator protector hecho un guardián infantil, incluso hay una escena de lucha entre los dos Arnold, además de instancias supuestamente destinadas a proyectar sonrisas. Vuelve, también, un exterminador de metal líquido. Vuelven las frases matadoras y esos acordes gloriosos. Ecos del fascinante mundo de Terminator. Ya se vio a J.C. de niño, de adolescente, de joven, de adulto guerrero; ahora se muestra otra cara, una nueva, más oscura. Y es todo lo que se puede decir de la trama. Decir más no es arruinarla. De arruinarla, la misma película se hace cargo.
Jai Courtney, el australiano que interpreta a Kyle Reese, tiene el encanto de un bidón de agua sin gas —y sin agua. La encargada de interpretar a Sarah Connor, Emilia Clarke, la madre de los dragones en Game of Thrones, probablemente obtuvo el papel por ser una actriz de moda. La moda está bien para la ropa y los accesorios; no es aconsejable como método para elegir a una actriz. Alan Taylor, el director de este producto, la dirigió en la serie basada en las novelas de George R. R. Martin. Quizás haya incidido en la elección, si es que tuvo algún tipo de incidencia en todo esto.
El único personaje que tiene algo para decir es el “viejo, pero no obsoleto” T800 de Arnie, que aquí recibe el nombre de Pops. Aunque, en honor a la verdad, lo que hace es repetir latiguillos de anteriores filmes, jugando a lo seguro.
En este contexto, más que reboot, Terminator: Génesis es un parásito. Está repleta de escenas en las que Terminator hace chistes sobre Terminator. Porque si bien esta entrega busca atrapar a un nuevo público, también pretende mantener a los antiguos socios del club. Aunque, en virtud de lo que se presenta a lo largo del filme, es posible que muchos aficionados devuelvan el carné con un gesto de profundo desagrado. Y, la verdad, todo esto es bastante triste.
Terminator: Génesis (Terminator: Genisys). EEUU, 2015. Dirección: Alan Taylor. Con Emilia Clarke, Arnold Schwarzenegger, Jai Courtney, Jason Clarke, J.K. Simmons, Byung-hun Lee. Duración: 119 minutos.