N° 1803 - 12 al 18 de Febrero de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas historias de amor pueden ser torcidas o también retorcidas. Me he dedicado en estos últimos años a seguir de cerca la estética del teatro isabelino y jacobino, y por lo general, exceptuando a Shakespeare y Jonson, que en promedio dejan fuera de toda maldición las cuestiones del afecto o del deseo, la gran mayoría de los autores gastan sin medida la perversión y la venganza sanguinolenta. Las piezas de Webster, que son mis predilectas (en especial la Duquesa de Malfi), las de John Ford (Lastima que sea una p…), lo que conocemos de Thomas Kyd (Tragedia española), se solazan en la exploración de las pulsiones más envenenadas de los públicos para gozar con la congoja de personajes sufridos y malos, irredimibles, inquietantes.
Tal vez el emblema más entero de esto que señalo se encuentre en la perfectísima tragedia del dueto formado por el dramaturgo Thomas Middleton y el renombrado actor William Rowley, que lleva por todo título El trueque, y que se ambienta en Alicante. Pocas veces (salvo, claro está, las seguras excepciones de Shakespeare y de Marlowe) me encontré con una abominación tan hondamente tratada por exquisitos giros retóricos que dotan de delicado bálsamo poético al horror y a la miseria del alma.
Proveniente de Valencia, tenemos al joven Alsemero un noble que llega a Alicante, donde se detendrá antes de dirigirse a Malta para luchar contra los turcos. Pero en la Iglesia de Alicante conoce a Beatriz y sin que medie nada que no sea la locura de amor, cae rendido a sus encantos. El único problema es que Beatriz está prometida a Alonso y que además el sirviente que su padre le puso, un tal De Flores (deforme y vengativo, que la ama con furor y resentimiento), la vigilará de modo obsesivo. Cuando Alsemero se entera de que Beatriz está a punto de casarse, caballerosamente, aunque muy a su pesar, ofrece retirarse del juego. Pero ella le dice que no se apresure, que todo se puede arreglar.
Es aquí, a pocas páginas de empezada la pieza, que se revela la verdadera naturaleza del alma de Beatriz, que no tiene nada de la donna angelicata de la tradición medieval, sino que se trata de una cruel y lujuriosa manipuladora capaz de cualquier extremo con tal de satisfacer un capricho. Es por eso que concibe un plan sencillo y por demás siniestro: le pedirá al fiel y repulsivo De Flores, que tanto la venera, que cumpla el pequeño servicio de asesinar a su prometido, de modo de quedar libre para un matrimonio con el valenciano. Luego de una cadena de ruindades, veremos a De Flores cumplir con el encargo de su ama.
Y todo podría haber quedado meramente en eso, tan solo en un simple asesinato, en una adecuada limpieza de obstáculos para alcanzar un objetivo y nada habríamos tenido que comentar; pero no fue así. Cuando Beatriz recibe la buena noticia y se apresta a pagarle al abyecto servidor, este nada quiere saber de oro o de joyas, sino que busca el tesoro de ella, su castidad, eso que guarda celosamente para la esperada noche de bodas. Tras alguna violenta tribulación, Beatriz acepta el amargo trago de yacer con ese sapo; después de todo, su panorama es mejor que antes, cuando debía casarse para toda la vida con el insulso Alonso que su padre le imponía.
Recuperada del asqueroso trance y contando ya con la nueva bendición familiar, Beatriz pudo perfectamente anunciar su boda con Alsemero. Y todo habría marchado otra vez bien, cuando le apareció otro problema a su conciencia vigilante: ¿cómo demostrar su castidad, si ya la perdió? ¿Cómo no caer en la humillación? La respuesta la tiene en el momento en que su fiel sirvienta entra a los aposentos: al momento de consumar el matrimonio le dará al esposo un brebaje narcótico, y en medio de la noche pondrá a la sirvienta a cumplir la tarea augural de esposa. Al principio le costó convencerla pero finalmente, con su astucia y simpatía, consiguió que la chica se prestara al juego. Enseguida le surgió otro problema: ¿qué pasaría si el marido quisiera más de lo mismo que tuvo la noche de bodas y no el discurso de su verdadera esposa, pues las dos mujeres no son iguales? La sirvienta sabe mucho, demasiado; se dice Beatriz. Es al concluir límpidamente esto cuando de nuevo recurre al inmundo De Flores, presente siempre con su obediencia, con su babosa obsequiosidad.
Todo esto ocurre en un primer plano. Sobre el fondo, como una segunda historia que discurre paralelamente en Alicante, tenemos un manicomio donde un tonto falso y un idiota falso se confabulan con el propósito de conquistar a la bella esposa del director del establecimiento. Esta historia viene a cuento en medio de la historia principal como un intencionado juego de referencias para hacer patente el concepto de la locura en la sociedad: mientras la locura imaginaria o falsa está encerrada en un manicomio, la locura real anda suelta, ejecuta sus crímenes y triunfa a pesar de todos los pesares.
No es poca ni superficial la verdad que nos prodiga esta tragedia.