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    Todos creen

    Sr. Director:

    Charlando hace poco con un amigo, a cierta altura, en apoyo a su argumentación, me dice: “Porque yo no creo”. Con esto quería decir, brevitatis causae, que su posición era más sólida, al estar basada en una “mera creencia”.

    “No es así”, le contesté. “Tú crees que Dios no existe. Yo creo que sí existe. Creemos los dos”

    No creer en Dios es creer que no hay Dios, no es una certeza, verificable, sino una creencia inverificable.

    Hay algo de soberbia (y de haberlo pensado poco), detrás de la posición del que no cree. Como si fuera más madura y menos crédula.

    Ocurre algo parecido en el bando de los que tienen fe. Muchas veces se creen superiores por tenerla. Es aquello del fariseo y el publicano en el templo. Aquí el error está en suponer que la fe es un producto mío, algo hecho por mí, cuando la fe es un don de Dios: ni deja de creer quien no cree en Dios, ni tiene fe en Dios quien cree fabricarla voluntariamente.

    Pero el tema de la pretendida superioridad intelectual de quien no cree es algo que ha ido permeando en la humanidad, degradando la estructura de valores que aquella requiere para poder vivir en forma ordenada y coherente.

    Durante siglos, buena parte de la humanidad vivió en función de una estructura filosófica que veía un orden y un sentido en el ser humano y en el universo que lo rodea. A ningún griego de la época clásica, o romano, al menos desde Cicerón, se le cruzaba por la cabeza al contemplar el firmamento por las noches o la naturaleza durante el día, que todo eso fuera una carambola. El orden rompía los ojos. Un orden natural.

    De él los hombres extraían las normas necesarias para una convivencia humana que fuera igualmente ordenada. Lo que se llamó el derecho natural.

    Pero, andado el tiempo, aparecieron los intelectuales “no creyentes”, que sostuvieron la imposibilidad de probar la existencia de ese orden y, consecuentemente, inventaron otros fundamentos para el derecho (bastante más difíciles de probar).

    Así, se fue sustituyendo a la razón, como herramienta para descubrir un derecho en el orden de las cosas, por la voluntad del hombre, considerado ser superior y piedra angular de todo. Derecho será lo que se decida. ¿Por quién? Pues por quien tenga poder o autoridad. En las democracias lo será la mayoría. Ley será aquello que apruebe la mayoría, siguiendo los procedimientos preceptuados. Cualquiera sea el contenido de esa norma.

    Y por esos caminos hemos llegado a estos tembladerales, en los que han caído las sociedades. Cuando las democracias pasan a ser cuestionadas porque ya no tienen otra justificación que la de generar bienestar (y fracasan en ello), la medida pasa a ser: lo que a mí me parece. Yo soy superior a los credos. Creo que no creo en nada, ni en Dios, ni en un orden natural, porque esas cosas son meras creencias. En vez, paso a creer en cosas mucho más difíciles de fundamentar y, por ello, más débiles.

    Resuelvo creer que será realidad lo que mi voluntad decida. No habrá nada inherente al ser humano, su libertad, sus derechos, su felicidad, todos serán fabricables, a partir de la promulgación de leyes (o porque aparece en las redes). Como nada hay más fácil que escribir tuits y votar leyes, los producimos al kilo (y por igual). Lo cual, inevitablemente, genera conflictos y contradicciones. Para dilucidarlos, tuvimos que establecer que hay un cuerpo de normas superior, un ordenamiento, que no llamamos “natural”, sino constitucional. Lo irónico del asunto es que esa constitución —aún hoy, después de tanto toqueteo— es de clara inspiración jusnatralista. O sea, no creemos en nada que sea inherente al ser del hombre, pero nos aferramos, como tabla de salvación ante el desorden, a normas de derecho natural. No creemos en el derecho natural, pero sí en la Constitución jusnaturlista.

    Moraleja, es tiempo de que abandonemos el camino de la invención voluntarista y soberbia, desprovista de premisas, para volver a meditar los razonamientos simples y obvios de los clásicos (filosóficos y teológicos).

    Creer, siempre vamos a creer. Podemos elegir formas racionales y coherentes de hacerlo.

    Ignacio De Posadas