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    Tomates como souvenir de viaje

    Distopías urbanas

    Ir a una feria montevideana era uno de los placeres más grandes para mi persona, profesora de bajo sueldo.

    Además de los convenientes precios, disfrutaba los colores, los aromas, los frutos de orígenes remotos, la diversidad de hojas que puede alcanzar una lechuga. Me dejaba llevar por los gritos de los feriantes, donde uno descubre la voz de barítono de una muchacha ofreciendo frutillas, o un feriante con rostro de Chávez que, mientras promueve sus ofertas, cada tanto canta un fragmento de cumbia.

    También me gustaba ver, en una feria como la de la calle Salto, los cejos fruncidos de los clientes que, como chefs consumados, elegían berenjenas y morrones para preparar deliciosos platos italianos.

    Pero ahora recorrer una feria me abruma.

    Me llena de desasosiego…¡Oh, cuánto producto suntuario! ¡Y yo que hace años tomé la decisión de no pisar un shopping para no sentirme disminuida!

    Un detalle: en el Uruguay Natural hay frutos de la tierra que se venden por unidad, porque son tan caros y quien los compra un ser tan privilegiado, que el vegetal criollo es tratado como si se tratara de una chirimoya de las Islas Canarias.

    Así, los morrones rojos, dulces y rebosantes de vitamina C, se han convertido en un tesoro, como si Melilla fuera el Potosí.

    Pero incluso las más humildes zanahorias pueden ser vendidas de a medio kilo. Y la cebolla, a quien Pablo Neruda elogió como símbolo bello de la naturaleza y de comida elemental del pobre, es codiciada por un cliente lleno de dudas ¿Cuántas llevo? ¿Dos, tres?

    Las verduras y las frutas se han convertido en el colorido emblema de la inflación. Sus precios son gritados a voz en cuello y las maderitas negras denuncian con tiza: KILO 99.

    Una colega del liceo acaba de volver de Israel. Fue a la boda de su hija. Los israelíes comen muchísimas verduras. Y mi compañera de trabajo relató un itinerario de los manjares vegetales consumidos en la boda: todas las docentes la escuchamos con embeleso.

    Antes de que sonara el timbre de entrada a clase nos dijo que tenía ganas de traer como souvenir a todos sus conocidos un hermoso tomate.

    Se vendían —brillantes, rojos, redondos— a seis pesos uruguayos el kilo.

    ¿Cuál es el misterio que los economistas no me alcanzan a explicar, por el cual los tomates son diez veces más caros en Uruguay que en un país del tamaño de Tacuarembó y con una parte de su superficie desértica?

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