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    Trabajo público y trabajo privado

    N° 1852 - 28 de Enero al 03 de Febrero de 2016

    Mi primer trabajo formal (“en blanco”) fue en el sector público: profesor de matemáticas en enseñanza secundaria. No tenía formación docente; llegué a serlo por concurso de oposición libre. La experiencia fue muy dura por varias razones, incluyendo esa falta de formación. Según mi experiencia, por entonces profesores y estudiantes teníamos algo en común: queríamos dejar nuestros salones e irnos a casa, o adonde fuera, lo antes posible. Los tiempos, sin duda, no ayudaban; faltaba poco para el golpe de Estado. Tan pronto como pude (porque conseguí otros empleos), renuncié. Fue una renuncia cobarde: no era capaz de enfrentar la situación. La renuncia fue mi manera personal de “irme a casa” definitivamente.

    Cerca de treinta años después, en el curso de mi trabajo profesional, encontré que la frase anterior (“profesores y estudiantes (…) queríamos dejar nuestros salones e irnos a casa, o adonde fuera, lo antes posible”) seguía siendo cierta. Pero ahora ya no era solo una sensación personal: era una de las conclusiones de un estudio sistemático en el que participaron varios profesionales competentes. No me parece que esa conclusión haya cambiado drásticamente en los últimos tiempos.

    Desde el principio, la experiencia sugería que esos problemas de desapego y falta de involucramiento personal eran específicos del sector público, o al menos más agudos en la enseñanza pública que en la privada (pude comparar las dos situaciones dando algunas cursos también en el sector privado). Esto parece seguir siendo cierto hoy en día.

    Sin embargo, cuidado con las abstracciones. No perdamos de vista los detalles prácticos y los matices. Docentes dedicados y docentes poco dedicados hay en todos lados, pero hay diferencias en su abundancia relativa. En algunos lugares las condiciones de trabajo y los incentivos profesionales hacen más difícil y menos probable que los docentes se esfuercen en dar lo mejor de sí. En otras palabras, la diferencia entre los dos ámbitos no aparece porque los profesores de un lado sean intrínsecamente mejores que los del otro, sino de los “lados” en sí mismos (público y privado) y de la forma en que estimulan y condicionan a sus profesores.

    Aun dando por buenas todas estas consideraciones, este sería solamente un primer nivel de la problemática de la enseñanza pública. El segundo nivel, tan o más complicado que el primero, es la imagen que tienen de la enseñanza pública (y de “su competencia”, la enseñanza privada) sus profesores y especialmente sus liderazgos sindicales. Según ellos, lo realmente problemático no está en el sector público (que no sería perfecto, pero es mejorable), sino en el privado, que o bien no debería existir, o debería estar sujeto a regulaciones, cargas y desincentivos que en la práctica lo afectarían y achicarían. Las razones a favor de la enseñanza pública (y en contra de la privada) son muy generales, filosóficas e ideológicas. El motivo del lucro sería particularmente inaceptable en la educación; el adoctrinamiento político, moral y religioso también. Por razones no siempre claras, solo el sector público estaría a salvo de esta crítica radical.

    Es probable que esta compleja tensión entre los trabajadores de la enseñanza pública y la privada sea un caso particular y extremo de la relación entre todos los trabajadores públicos y privados del país. “Caso extremo” porque, entre otras cosas, los trabajadores públicos en su conjunto son aproximadamente solo un quinto del total, mientras que en la enseñanza los trabajadores públicos son mucho más numerosos que los privados. “Caso particular” porque los problemas sustantivos y de imagen observables en la enseñanza son similares a los que se encuentran entre los trabajadores públicos en general y el conjunto del sector privado.

    Como en la enseñanza, en parte de los trabajadores de todo el sector público, y en la mayoría de sus líderes sindicales, se encuentra la misma visión profundamente crítica del sector privado. Desde esta perspectiva, el motor fundamental del sector privado es el lucro, que no sería una base apropiada para construir una sociedad justa y deseable (la “buena sociedad”). Pero las ideas aquí son menos extremas que en la enseñanza, porque los que creen que el sector privado no debería existir son una minoría.

    Entre nosotros han corrido ríos de tinta señalando hasta qué punto el desapego y la falta de involucramiento personal son también características distintivas del sector público. Una de sus manifestaciones clásicas es la idea (que normalmente es una regla no escrita, implícita) del trabajo al servicio del trabajador y no del público, de los usuarios o de los clientes; otra es la respuesta usual de las burocracias a los reclamos o pedidos de ayuda (“eso no es aquí, pregunte en tal lado”).

    En estos aspectos se observan progresos visibles en los últimos años. Pero las dificultades para concretar esos progresos, y la lentitud de los cambios, sugieren que detrás de estos problemas e inercias hay ideas y actitudes arraigadas. Una de ellas es pariente cercana de la crítica radical al motivo del lucro. Al menos en Uruguay ser rico y sano debería ser fácil, y si no lo es, es porque el sector privado lo impide y porque, consecuentemente, “la propiedad privada es un robo” (en la formulación radical clásica cuyo texto se cita poco, pero sigue siendo fuente de inspiración).

    Además, según el saber popular establecido, “el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Entonces: el sector público es ostensiblemente ineficiente (en promedio es menos productivo, trabaja menos días y menos horas) y vive a costillas del sector privado (“a costillas” porque, a pesar de su ineficiencia, en promedio el sector público tiene más remuneración, más recompensas y más beneficios). Pero como “roba al ladrón”, eso no es un pecado: es una buena acción.

    Y es una acción mejor aún si su ejecución nos ayuda a preparar un futuro menos privado y menos dominado por el motivo del lucro que el presente. Todo esto parece de una abstracción extrema. Sin embargo, ¿no es la fundamentación real, públicamente declarada, de un Fondes que pierde dinero en volúmenes significativos, pero aspira a ser la “semillita” del desarrollo de los proyectos cooperativos y auto gestionados por sus trabajadores? ¿O de una inversión pública definida con criterios no empresariales, que suma pérdidas eventualmente grandes a corto plazo (como las de alguna de las grandes empresas del Estado), porque se esperaría o desearía que a largo plazo encamine al país en la dirección “correcta”, hacia el achique del sector privado y del lucro, y hacia el crecimiento del sector público?

    El país tiene muchos problemas. A pesar de un crecimiento de la economía sin parangón desde mediados del siglo pasado, nos seguimos quedando atrás de las democracias ricas y, ahora, también de nuestros vecinos. Nos quedamos aún más atrás en los prerrequisitos del futuro, especialmente en la educación pública.

    Si la discusión anterior es aproximadamente correcta, detrás de todas estas dificultades sustantivas hay unos pocos (pero muy importantes) problemas de ideas. La imagen de que lo público es siempre intrínsecamente mejor que lo privado nos aleja de las democracias prósperas.