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    Transmisión de la pobreza de quienes tienen más de 60 años generó más exclusión en las siguientes dos generaciones, según un estudio

    Quienes hace más de 30 años eran pobres y comenzaron a vivir en asentamientos de Montevideo, tenían como una fuente de sustento la recolección y clasificación de residuos. Sus hijos, criados en ese ámbito, recurrieron a la mendicidad y al trabajo informal para obtener ingresos, mientras que recién los miembros de la tercera generación acceden a empleos más estables y formales.

    El nivel educativo de las dos primeras generaciones suele ser muy bajo, con Primaria incompleta. La situación cambia con los nietos de aquellos que se instalaron en los asentamientos a mediados de 1980; la tercera generación accede a la educación media. Los primeros, además, tuvieron y tienen escasa relación con las políticas sociales y critican programas como el Plan de Emergencia porque estigmatiza. La segunda y tercera generación tiene un mayor vínculo con las políticas sociales y reciben distintas prestaciones.

    La trayectoria de vida de tres generaciones de uno de los asentamientos más viejos de Montevideo, el 19 de Abril, ubicado al norte del centro de la capital, fue el objeto de una investigación de los sociólogos Miguel Serna, Marcia Barbero y Sebastián Goinheix. 

    En el trabajo “Viviendo en los márgenes: entradas y salidas a la pobreza en la perspectiva de tres generaciones”, publicado en el libro “Vulnerabilidad y exclusión. Aportes para las políticas sociales”, editado por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), los investigadores realizaron entrevistas a abuelos mayores de 58 años, padres que tienen entre 38 y 42 e hijos entre 15 y 21.

    Dentro de la primera generación se encuentran personas que migraron desde el interior en busca de “mejores oportunidades laborales” en Montevideo. La segunda generación nació y reside en el asentamiento, y construyó una pieza junto a la vivienda de sus padres. Respecto a la tercera, repite lo hecho por sus padres. “La pobreza de la primera generación se ha transmitido a partir de las estrategias de residencia y supervivencia de procesos de desafiliación progresiva y la pérdida de redes pluriclasistas, generando mayor exclusión en la segunda generación y la tercera generación”, afirman los autores en el informe.

    En cuanto a la trayectoria educativa, la primera generación tiene Primaria incompleta. Los motivos de la desvinculación al sistema de enseñanza mencionados por las entrevistadas (todas mujeres en este caso) son el embarazo infantil o adolescente y la necesidad de cumplir con un trabajo no remunerado como el cuidado de hermanos o hijos.

    La segunda generación también tiene un bajo nivel educativo. Esto se debe a situaciones familiares como la muerte o abandono de la figura paterna, la necesidad de salir a trabajar, el embarazo adolescente o la obligación de cuidar a menores de edad. 

    “Más allá del bajo nivel educativo de esta generación, su experiencia de vida parece haber conducido a una mayor valoración de la educación para ‘salir adelante’, valoración que buscan trasladar a sus hijos”, señalan los investigadores.

    Ese parece ser el motivo por el que la tercera generación tiene un mayor nivel educativo que sus antecesores: le da más importancia a los estudios y tiene facilidades de acceso. No obstante, la desvinculación del sistema escolar también se da por embarazo adolescente, el ingreso al mercado laboral o los cuidados, se indica en la investigación.

    Trabajo y políticas sociales.

    En cuanto a la trayectoria laboral, los investigadores encontraron algunas diferencias en cada generación. En el caso de la primera, las personas tenían empleos de baja calificación y poco estables. Además adoptan como una alternativa de supervivencia la clasificación de residuos.

    Los trabajos de la segunda generación, en tanto, suelen ser rotativos, inestables y zafrales. Las mujeres realizan tareas de limpieza y servicio doméstico y los hombres son empleados en el mercado agrícola, puerto, barcos, construcción y algunos oficios como herrería, panadería y carpintería.

    La tercera generación tiene empleos más estables y formales debido a la mayor capacitación y escolaridad. “La situación actual es percibida con optimismo (sin temor al desempleo) y esto puede vincularse con la multiplicidad de tareas con que sus oficios adquiridos les permiten afrontar el mercado de trabajo, sobre todo entre los varones. De todas formas esta generación continúa empleándose en trabajos que requieren poco nivel de calificación, aunque en este aspecto también destacan las redes de solidaridad barrial y/o familiar en la transmisión de los oficios”, dicen los investigadores.

    “Desestímulo”.

    En el trabajo también se analizó la relación de las personas con las políticas sociales impulsadas por el Estado. En el caso de los más viejos, presentan una “escasa” vinculación con esas políticas. El principal nexo es a través de las asignaciones familiares, una prestación monetaria que se otorga por hijo. Ese dinero era utilizado para la compra de alimentos para su reventa posterior, la adquisición de terrenos o viviendas precarias o herramientas para la recolección y clasificación de residuos, sostiene el documento.

    Esta generación tiene una visión crítica con el Plan de Emergencia, una medida implementada durante el gobierno de Tabaré Vázquez (2005-2010) que atendió a los sectores más pobres de la sociedad. Se rechaza la idea de “transferir recursos económicos sin exigir contrapartidas, a gente ‘de trabajo’ que no precisa que ‘le regalen nada’”. Este es un “discurso que parece constituir una especie de defensa de su dignidad y de evitación del estigma de asistido por la política”, señalan los autores del trabajo.

    La segunda generación tiene un mayor relacionamiento con las políticas, en especial con distintos planes del Mides. De todas maneras, los consultados indicaron que los trámites burocráticos constituyen un “desestímulo” que lleva a que no accedan a todos los beneficios. “Como que uno por ser pobre es un interesado. Entonces no me gusta. Lo hago si no me queda otra. Aparte tenías que tener dinero y tiempo para esas cosas. Porque vos cuando vas a la caja te tenés que pasar 2, 3 o 4 horas. Tenés que tener dinero para el boleto y ya perdés horas de trabajar”, explicó una mujer entrevistada para el trabajo.

    En cuanto a la tercera generación estudiada, se encontró que tienen un menor vínculo con las políticas sociales respecto a la segunda. Esto ocurre porque muchos aún no tienen hijos a cargo. Los que sí tienen, acceden a varios programas del Mides y poseen cobertura de la seguridad social debido a que trabajan de manera formal.