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En abril de 1972, después que el Parlamento votó el Estado de Guerra interno, algunos integrantes del MLN-Tupamaros que operaban en el departamento de Paysandú tomaron la decisión de uniformarse y presentarse en boliches armados y luciendo un brazalete que los identificaba como miembros de esa organización.
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Los guerrilleros formaban parte de la columna del interior y estaban llevando adelante el plan denominado Tatú, que consistía en desplegarse en un terreno rural y construir refugios llamados tatuceras.
“Había que actuar con mucha cautela porque en el campo te divisan desde lejos y porque además teníamos poco apoyo de la población”, reconoció el tupamaro Augusto Gregori en el libro Eltapiz de los tupamaros y los hilos de otras historias.
Para lograr algún respaldo de los habitantes, los tupamaros se propusieron “de a poco ir apareciendo por los boliches de campaña, uniformados y con armas” para “mostrar nuestra presencia donde no había milicos y conversar con la gente”.
Lo mismo hicieron con una barra de amigos que estaba acampando a la que rodearon en busca de uno de sus compañeros al que habían perdido. La experiencia fue poco común: después de hablar de política, fueron invitados a comer un estofado de anguila y a hablar de política y luego no los denunciaron.
En otra de esas recorridas, sin embargo, optaron por sacarse el brazalete y presentarse con soldados del Batallón 8° de Infantería.
“Ya me parecía que eran muy indisciplinados para ser del octavo”, comentó el dueño del campo cuando contaron quienes eran. Aun así, luego habló con el capataz: “Fulano, estos muchachos son del cuerpo tupamaro y necesitan llevarse una camioneta”, cuenta Gregori.
También se relata que cuando comenzó a funcionar el Penal de Libertad las autoridades decidieron dar instrucción militar a los presos porque reconocieron su condición de fuerza beligerante, según la Convención de Ginebra.
Gregori, que tenía el número 069 en el penal, cuenta que la experiencia duró apenas tres meses, seguramente porque los mandos “sospecharon que el reconocimiento era contradictorio con todo lo dicho acerca del terrorismo castro-maoista, los criminales subversivos y el comunismo internacional: los pichis no debían ser prisioneros, solo presos”.