N° 1894 - 24 al 30 de Noviembre de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn su ensayo Desobediencia civil, Henry D. Thoreau escribe: “el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”. Cuando escribe esto el autor está preso y además está enojado porque su libertad de resistir la intromisión del gobierno en su conciencia mediante la amenaza de la fuerza y el castigo impositivo —el estado de Massachusetts pretendió cobrarle un impuesto para solventar la guerra, a él, nada menos, que era pacifista— fue vulnerada y su persona humillada por la ilegitimidad de una acción violenta y despectiva. Ello no lo exime del error de considerar impertinente las funciones esenciales y primarias del Estado. Sin embargo, es fácil coincidir con su punto de vista cuando afirma que “no habrá nunca un Estado verdaderamente libre e ilustrado hasta que el Estado llegue a reconocer al individuo como poder independiente y superior, del que deriva la totalidad de su propio poder y autoridad, y lo trate en consecuencia”. Y acompañar su visión esperanzada, su apuesta por una racionalidad fundada en límites precisos que lo lleva a imaginar, por quererlo con ardor, “un Estado que finalmente pueda permitirse ser justo con todos los individuos y tratar al individuo con respeto, como un vecino”.
Pero el extremo equivocado subsiste. No hay que confundirse: no queremos un gobierno que no gobierne; solo que no lo admitimos desbordado hacia los derechos de las personas, sino acotado a su misión básica. Hobbes, Locke, Hume observaron que los hombres en estado de naturaleza no eran garantes suficientes de sus propios derechos, por eso legitimaron con todo entusiasmo la aparición de la sociedad política como unidad elemental de organización con el objeto de establecer las condiciones que permitieran la libertad del individuo sin otro límite que la libertad del prójimo. En esa concepción el Estado ya no es el enemigo que con buen criterio nos apresuramos a anatematizar, sino un aliado y un factor necesario en la búsqueda de la propia felicidad.
En este punto tenemos que curarnos del embrujo del lenguaje. Luego de que en La República propusiera Platón la utopía de un Estado enorme y despiadado que atrapa al hombre al instante de su nacimiento y lo enajena durante su paso por el mundo, se han vertido al campo del pensamiento político las peores pesadillas que se puedan imaginar como gratas soluciones a los problemas de convivencia entre las personas. En esa oscura línea Hegel intentará demostrar que la Historia Universal es una suerte de transporte cósmico que carga con las generaciones de hombres y mujeres a través del tiempo y en cada época les asigna tareas, características y creencias para convalidar su marcha hacia la idea absoluta. Recogiendo el mismo sentido, el marxismo y todas sus retorcidas variaciones nos invitaron a claudicar de nuestros derechos en favor de una sociedad donde el Estado, como lo quiso Hegel, sustituirá a los individuos y se nutrirá imaginariamente de una abstracta entidad colectiva llamada pueblo, a la que se le deben todas las pleitesías y obediencias. Y por si nada de esto fuera bastante, tenemos teorías y políticos y academias y ociosos de toda laya que depuraron a niveles de ridículo preciosismo y diseminaron impunemente el discurso de la perpetua infantilidad del hombre, la idea de que las personas son siempre menores de edad, incapaces de velar por sus derechos y de luchar por sus bienes propios, y por eso le encomendaron al Estado con diferentes argumentos la paternal labor de fijar objetivos, dietas, programas de salud, libros aptos, ganancias, trabajos, expectativas, lenguajes, modelos de conducta, paseos, normas morales; en fin, todo cuanto en la vida real es patrimonio exclusivo de los individuos. Es lógico, comprensible, que al mentar la necesidad de un Estado y además pretender que ese Estado sea poderoso en su esfera de acción, suene mal y despierte, como a los animales el fuego, antiguos temores y firmes rechazos.
El reflejo negativo se disculpa, pues los liberales pensamos con Alberdi que “las sociedades que esperan su felicidad de la mano de sus Gobiernos esperan una cosa que es contraria a la naturaleza. Por la naturaleza de las cosas, cada hombre tiene el encargo providencial de su propio bienestar y progreso, porque nadie puede amar el engrandecimiento de otro como el suyo propio; no hay medio más poderoso y eficaz de hacer la grandeza del cuerpo social que dejar a cada uno de sus miembros individuales el cuidado y poder pleno de labrar su personal engrandecimiento”.