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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa semana pasada, recibimos la noticia de que Pekín dio el visto bueno para avanzar en un TLC, aun sin la aprobación de los demás miembros del Mercosur. De inmediato surgieron reacciones de los gobiernos de esos países, así como de distintas fuerzas políticas nacionales y organizaciones vinculadas a la economía, haciendo hincapié en los aspectos políticos y económicos del tema; no he visto hasta el momento un análisis del tema desde una perspectiva geopolítica, la que estimo imprescindible.
Es cierto que, de concretarse, el acuerdo afectará lo económico con implicancias positivas y negativas que variarán según lo que se negocie. Entre las primeras estarán seguramente las posibilidades para las commodities, de las que China es ávido consumidor; entre las segundas, casi seguro surgirán dificultades para incorporar nuestros productos con alto valor agregado, pues las leyes laborales chinas y sus niveles salariales los dejan fuera de competencia, algo que ya vivimos en los 90 cuando empresas como Fábrica Nacional de Fósforos, Saint Hnos., Alpargatas, General Electric, y un largo etcétera, desaparecieron del país ante la competencia de similares ingresados de Argentina y Brasil. En consecuencia, malos tiempos vendrán para las organizaciones gremiales que siempre lucharon por impulsar la exportación de bienes con gran valor agregado; deberán repensar su discurso, aunque quizás eso termine siendo beneficioso para el país.
En lo político, los choques serán inevitables, en especial con Argentina, por razones que nos llevan a lo que, según creo, es el meollo del asunto y que se remonta a nuestros orígenes. Los orientales festejamos nuestra independencia recordando el 25 de agosto de 1825, aunque somos conscientes de que en esa fecha nos independizamos del Imperio del Brasil, pero nos unimos a las Provincias Argentinas, a las que sosteníamos haber siempre pertenecido, decretando que “Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida a las demás de este nombre en el territorio de Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad de los pueblos que la componen, manifestada en testimonios irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer período de la regeneración política de dichas Provincias”.
Así, nuestra real independencia (aunque con limitaciones) llegó el 4 de octubre de 1828, cuando el Imperio de Brasil y las Provincias Unidas, con la mediación del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, canjearon las ratificaciones de la Convención Preliminar de Paz, que acordaba dicha independencia. El interés británico en esta quedaría claro en una carta enviada por el negociador británico, lord Ponsomby, a su primer ministro George Canning: “Los intereses y la seguridad del comercio británico serían grandemente aumentados en un Estado en que los gobernantes cultivaran una amistad por Inglaterra. La Banda Oriental contiene la llave del Plata y de Sud América, debemos perpetuar una división geográfica de Estados que beneficie a Inglaterra y la paz”.
En consecuencia, la clave de nuestra independencia radicó en razones comerciales y por ser nuestro territorio la “llave del Plata y de Sud América”; esto, sin perjuicio de conformar Montevideo junto con Buenos Aires y las islas Malvinas un triángulo estratégico desde el cual se puede controlar el Atlántico Sur y los pasos bioceánicos en el sur de África y de nuestro continente; valor que se ve incrementado por la riqueza en recursos naturales de dicho océano y la no muy lejana explotación económica de la Antártida; todos estos aspectos explican la tradicional buena disposición de EE.UU. hacia nuestro país, así como el interés chino de asociarse a nuestro país. Pruebas de esto son el préstamo de 1.500 millones de dólares que el primero nos otorgó en 2002 y el proyecto chino de instalar en Punta Yegua un puerto que sirva de base logística a su flota pesquera en el Atlántico Sur.
Para comprender estas movidas de las grandes potencias, debemos observar el rumbo aparente del mundo. Terminada la Guerra Fría surgió en EE.UU. un proyecto de Nuevo Orden Mundial, sobre el cual escribía Zelmar Lissardy el 20 de junio de 1991 en la página 2 de este semanario refiriendo a una conferencia dictada por el director del Centro de Documentación Europea de la CEE, el austríaco Waldemar Hummer, el que refiriéndose al futuro económico del mundo decía: “(…) hay monopolios geográficos. Esos monopolios tienen su clientela que está forzosamente suministrando sus productos desde la periferia. Los países que integran el sistema (central) están protegidos de maravilla. Pero visto desde la periferia, están casi obligados a exportar hacia la comunidad. No es una obligación política, sino económica. Cada uno de los bloques está buscando su clientela, aunque digan que la favorecen dándole preferencias. En realidad, el sistema es totalmente al revés. Cada metrópoli mantiene estos vínculos con sus países satélites: Japón con Asia, EE.UU. con América Latina y la CEE con África”. Desde aquel 1991, muchas cosas cambiaron. La antigua CEE, hoy UE, libró una seria batalla económica en la que pretendió, con el euro, acabar con la hegemonía del dólar, pero el éxito le fue esquivo. Japón no logró consolidarse como monopolio y fue reemplazado por China, que ve al mundo como su periferia, lo que la ha llevado a un enfrentamiento con EE.UU., el otro monopolio con similares aspiraciones.
Ingresamos así en un nuevo mundo bipolar, donde la competencia no es ideológica, sino comercial. La iniciativa china conocida como el “nuevo Camino de la Seda” evidencia la estrategia de ese país, a la que EE.UU. ve con preocupación. Ya la administración Obama cambió el foco de su política internacional desde el Medio Oriente a China; la administración Trump profundizó esa visión y Biden apunta en el mismo sentido. Seguramente, como sucedió con la URSS, el enfrentamiento no será solo comercial y político, sino que también abarcará lo militar, pues China, para comerciar con el mundo, necesita proteger sus rutas comerciales y su plan de construcciones navales apunta al desarrollo de una marina de ultramar en torno a una flota de portaviones que le permita proyectar su poderío en todos los océanos. No debemos olvidar su proyecto de construir en Nicaragua un canal interoceánico que compita con el de Panamá, que la evidencian como un serio rival de EE.UU. en su periferia y en el dominio del mar; la reactivación en 2008 de su cuarta flota con responsabilidad sobre el Caribe, América Central y América del Sur confirma que ha tomado nota de la amenaza.
En este marco, la firma de un TLC entre nuestro país y China aumentará nuestra dependencia de sus compras, haciéndonos más permeables a sus presiones. Así, una amenaza de reducir el intercambio podría inclinar a nuestro gobierno de turno a concederle el puerto que ambicionan en nuestras costas, el que además de atender a su flota pesquera seguramente apoyará a sus buques abocados a tareas de inteligencia en el Atlántico Sur. Esta base, sumada a la estación de uso civil y militar para explorar el espacio lejano que ya tienen en Neuquén (Argentina) y el proyectado canal interoceánico en Nicaragua, daría a su flota la posibilidad de trasladarse rápidamente del Pacífico al Atlántico sin interferencias de EE.UU. y al país como un todo, una presencia en la región que afectará la posición de poder estadounidense.
El tema no es nuevo; ya en 1988, cuando Uruguay estableció relaciones diplomáticas con China, estuvo presente en las discusiones previas, pero desde entonces el mundo cambió. En 1988 China era para EE.UU. un cliente potencial con más de 1.000 millones de posibles consumidores; hoy día, en cambio, es un rival global. Para Uruguay, el libre comercio más que una posibilidad es una necesidad, pero el equilibrio en sus relaciones internacionales es un imperativo. En el juego del poder que se da entre las grandes potencias no hay tercera posición posible, los ejemplos durante la Guerra Fría lo evidencian, y no hay razones para creer que ahora será diferente; por lo tanto, el país debería guardarse muy bien de adoptar decisiones que, en un futuro no muy lejano, pudieran afectarnos seriamente. Las ventajas económicas no deben impedir ver el riesgo de involucrarse en el juego por el poder mundial. El Mercosur fue un ejemplo a escala menor, pues sus beneficios, ni por cerca, se aproximaron a lo esperado. Que este TLC no se transforme ahora en la puerta de ingreso del país a una lucha global entre superpotencias en la que difícilmente obtendremos rédito alguno.
Ulysses Prada
CI 1.058.189-6