N° 1966 - 26 de Abril al 02 de Mayo de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDurante más de un siglo, los debates en el mundo estuvieron planteados en términos ideológicos, en el eje izquierda-derecha, socialismo-economía de mercado. Hoy, como consecuencia de los cambios tecnológicos y la globalización económica, aunque los ciudadanos siguen planteándose las mismas cuestiones existenciales, es imposible no advertir que los defensores de las soluciones socialistas han ido perdiendo terreno en las naciones democráticas.
En América Latina, el fin del tiempo de “vacas gordas” y mano abierta ha limitado el margen de maniobra de populistas y progresistas, cuyo ciclo está en fase declinante. En parte por el desgaste que produce el ejercicio del poder. También porque el autoritarismo y la corrupción han sido características de la mayoría de estos procesos. Pero fundamentalmente porque los excesos en el gasto público resultan insostenibles cuando ya no existe “espacio fiscal” para financiar políticas distributivas destinadas a reducir la pobreza.
Es sabido que cuando el reparto de beneficios se limita o se acaba, cuando llega la factura de una fiesta en la que nos dijeron que éramos invitados, cuando a las promesas electorales les siguen ajustes impositivos y tarifarios, cuando surgen evidencias de corrupción, de mal manejo y gestión de los recursos públicos, surgen cuestionamientos y aparecen los disconformes.
Es lo que hemos visto en Argentina, Brasil, Venezuela, Ecuador, Bolivia y en estos días en Nicaragua. También en menor medida en Chile.
El declive de esta ola “progresista”, que sus partidarios atribuyen a una ofensiva del gran capital asociado a la “derecha reaccionaria”, no es siquiera un fenómeno regional.
En Europa, casi tres décadas después de la implosión de la Unión Soviética, los partidos de orientación socialista y obrerista han tenido severos retrocesos electorales y han sido desplazados por partidos liberales y conservadores. Incluso por populismos de derecha que capitalizan las tensiones de la inestabilidad económica, el chauvinismo y el racismo que despiertan los guetos de inmigrantes que en su lucha por sobrevivir se sienten desarraigados cultural y religiosamente.
Francia, Italia, Alemania, Holanda, España, el Reino Unido son ejemplo del relativismo que sus electores asignan hoy a la división izquierda-derecha y del declive de las ideas y propuestas socialistas. Países nórdicos como Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia, gobernados durante años por partidos socialdemócratas que impulsaron generosos sistemas de bienestar, con frecuencia tomados como ejemplo por políticos de la izquierda uruguaya, se adelantaron ya en los 90 a privatizar y tercerizar servicios públicos. Lo hicieron para dar mayor libertad a las personas en la elección de servicios educativos y sanitarios, pero también para abrirlos a la competencia procurando mayor calidad y mejor aprovechamiento de los recursos disponibles. Cambios que no han tenido retroceso.
Los procesos productivos requieren hoy bajar costos, mejorar la productividad laboral para ser más eficientes y competitivos. Pero hoy ello no depende solo de condiciones y factores productivos locales, depende también de la suscripción de tratados comerciales que abran mercados, reduzcan el pago de aranceles, liberen el comercio. Las consecuencias de no acompañar este proceso de cambios que vive el mundo, de marginarse o acompañarlo a regañadientes, lleva al estancamiento, el rezago y a futuras tensiones sociales. Ya lo vivimos en los años 60.
Este reacomodamiento que vive el mundo se aleja de las recetas y soluciones históricas del credo socialista. Eso explica la pérdida de posiciones de los partidos que siguen fieles a esas orientaciones políticas. No es una cuestión de ideología, es una realidad que no puede ser ignorada y menos aún negada.
En nuestro país, el gobierno y sus socios sindicales parecen vivir en otro mundo, de espalda a todos estos cambios. Algunos, tímidamente, quieren avanzar con el freno de mano puesto.
Recostado a socios “progresistas” hoy debilitados o desaparecidos, el gobierno espera en actitud autocomplaciente otro boom de precios de las materias primas como el vivido a comienzos de esta década.
La oposición sostiene que el oficialismo carece de agenda. En realidad, el problema es mayor porque tiene múltiples agendas, tantas como grupos tiene la coalición. Algunas contradictorias entre sí. Por ello, la resolución de cuestiones relevantes se posterga indefinidamente. Los ministros de Economía y de Relaciones Exteriores son objetivos frecuentes del “fuego amigo” de los sectores más ideológicos y radicales del oficialismo que cuestionan —y desconfían— de sus orientaciones.
En sus 47 años de vida, pocas veces como hoy, el Frente Amplio luce como la “colcha de retazos” con que se le quiso estigmatizar tras su creación en 1971.
En este medio siglo de vida el FA ha tenido más incorporaciones que deserciones, lo que le permitió alcanzar el gobierno en 2004 y retenerlo en las dos elecciones siguientes. Pero desde hace dos años todas las encuestas indican que muchos de sus votantes se muestran hoy distantes e insatisfechos. Muestran que la dirección del viento está cambiando.
La reciente incorporación del exdiputado frenteamplista Gonzalo Mujica al sector Todos del Partido Nacional es una manifestación de esos nuevos vientos.
Militante de izquierda desde su etapa estudiantil, Mujica estuvo preso durante la dictadura. Electo diputado en 2004 (FA-Nuevo Espacio), reelecto en 2009 y 2014 (FA-Espacio 609) tuvo un breve pasaje por Asamblea Uruguay. Con su voto habilitó en 2016 las investigadoras sobre Ancap y los negocios con Venezuela, proclamó su independencia política y renunció a la banca. La semana pasada se incorporó a la columna nacionalista que encabeza Luis Lacalle.
¡Vaya cambio!, dirán muchos. No es el primero; la diputada Graciela Bianchi ya dio ese paso hace cinco años. Habiendo sido secretaria del difunto senador Germán Araújo (FA-1001) dejó el FA para incorporarse al nacionalismo.
Entrevistado el miércoles 18 en el informativo central de VTV, Mujica explicó con claridad cómo y por qué pasó de “una punta a la otra del espectro político”.
Sostuvo que el país tiene hoy cinco “áreas esenciales” (inserción internacional, política económica, seguridad, educación y salud) sobre las que expuso sus puntos de vista, coincidentes, dijo, con los del senador blanco. A su juicio, el futuro del país depende de que se actúe prontamente sobre estas cuestiones, sobre las que, aseguró, el Frente Amplio no puede avanzar por sus diferencias internas. La izquierda “no puede discutir nada” porque existe el temor de que “si discutimos mucho capaz que perdemos (la elección)”, resumió.
Mujica carece de un caudal electoral significativo y por tanto puede considerarse que su pase es políticamente irrelevante. Pero el valor de la decisión del exlegislador frentista no refiere a la cuantía de electores que sigan sus pasos, sino por la descripción de una situación política que está a la vista de todos, por el diagnóstico y las propuestas que hace. Ese es el valor del paso dado. Marcó a fuego al oficialismo.
Su caso es bastante similar al de los “autoconvocados” al hacer pública una preocupación que es común a todos o casi todos los sectores productivos del país. Y que revela el agotamiento del ciclo “progresista”.