Nº 2096 - 5 al 11 de Noviembre de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáConcretar una obra de magnitud en Uruguay es muy difícil. Eso lo saben todos los que han tenido o tienen cargos de responsabilidad en la administración pública, pero también los que buscan emprender en la actividad privada. No es cuestión ni de partidos políticos, ni de momentos históricos ni de falta de talento o de iniciativa. Nada de eso. El problema es la adicción generalizada al más o menos, al no hacer olas, al mejor dejarlo como está.
Los ejemplos sobran en todo el país y muy especialmente en Montevideo. Para que quede un poco más clara la idea, basta con acercarse al parque Batlle, la zona que ocupan el estadio Centenario y el Hospital de Clínicas. Ambos fueron construidos en la primera mitad del siglo pasado y en casi 100 años no han tenido cambios significativos. No se tocan, salvo para cuestiones puntuales de supervivencia.
La reforma del Clínicas se discutió decenas de veces. Hasta el Banco Interamericano de Desarrollo ofreció financiarla, pero el hospital gigante sigue allí, con igual fisonomía que décadas atrás. Algo similar ocurre con el estadio Centenario: monumento al fútbol mundial, orgullo de todos los uruguayos, testigo de grandes hazañas, pero sin un solo cambio estructural en un siglo. Las propuestas reformistas también han sido varias, pero terminan ahogándose en ese mar de desidia y excesiva nostalgia. Ambas construcciones son símbolos de un Uruguay que se aferra al pasado y vive mucho más de él que del presente.
A unos pocos kilómetros hay otro ejemplo muy representativo del enamoramiento de construcciones que fueron esplendorosas y que hoy se caen a pedazos: el dique Mauá. Sobre el inicio de la vieja rambla sobrevive a duras penas ese edificio inaugurado en 1872, en uno de los lugares más privilegiados de Montevideo, como testigo mudo de una ciudad que ya fue. Las propuestas para reciclarlo también fueron varias y todas ellas recibieron resistencias por diferentes razones. Algunas son compartibles, pero pasan los años y, con ese exceso de recelo, toda aquella punta que un día brilló se va apagando poco a poco.
Estos son solo tres casos típicos, pero hay muchos similares desde la Ciudad Vieja hasta Bella Unión. Por eso, cuando surge un proyecto urbano importante y se concreta en poco tiempo, la primera reacción sería aplaudir de pie. Lástima que a veces un trámite rápido viene cargado de un montón de arbitrariedades e imposiciones que dificultan disfrutarlo. Este parece ser el caso del Memorial Mundial a la Pandemia en la rambla del Buceo, que el miércoles 21 de octubre aprobó la Comisión de Patrimonio, según informó Búsqueda en su última edición.
A fines de agosto, el arquitecto Martín Gómez Platero le presentó al presidente Luis Lacalle Pou el proyecto de instalar sobre las rocas del Buceo una plataforma circular de unos 40 metros de diámetro con un centro abierto de 10 metros que dejará ver el agua. El estudio Gómez Platero sostiene en su página web que el memorial está concebido como “un espacio público orientado a la reflexión” que recuerde la “frágil condición” del ser humano frente a la naturaleza.
La propuesta, con financiamiento privado y que se estima que costará más de US$ 1 millón, fue respaldada desde el primer momento por Lacalle Pou y luego aprobada por cinco votos en nueve de la Comisión de Patrimonio. Algunos de sus integrantes, como la decana de la Facultad de Humanidades Ana Frega, solicitaron más tiempo para discutir, pero quedaron en minoría. “¿Discutir entre quiénes? ¿Quiénes tienen más o menos representatividad? Iniciativas de particulares está lleno, pero en este caso es el presidente quien lo apoya, ¿qué más validación que esa?”, fue la respuesta del presidente de la comisión, Willy Rey.
Ahí justamente está el primer problema importante, que es formal. No alcanza solo con el apoyo del presidente. Eso no quiere decir que no sea primordial, pero para intervenir la rambla, monumento histórico desde 1986, se necesita bastante más que el beneplácito presidencial. Ese tipo de decisiones involucran a varias generaciones y por eso deberían ser tratadas de otra forma. Algunos sostienen que también le compete opinar a la Intendencia de Montevideo, otros al Parlamento, o a los dos. Hay argumentos a favor y en contra en ambos casos. Lo que es seguro es que la base de apoyo tendría que ser mayor y que el tema se merece una discusión más profunda. Como un antecedente no muy lejano vale la pena recordar que la cruz ubicada en el cruce de avenida Italia y bulevar Artigas, que conmemora la visita en 1987 del papa Juan Pablo II a Uruguay, fue precedida de un intenso debate en el Parlamento.
Pero más allá de las cuestiones formales hay otro asunto igual o más importante, referido al contenido de la propuesta. No parece lógico que si el objetivo es que siempre se recuerde la “fragilidad humana” frente a la naturaleza la forma sea con una inmensa intervención de 40 metros de diámetro sobre las rocas, uno de los pocos lugares en donde justamente lo humano queda fuera. Capaz que sería mejor alguna obra pequeña y endeble, que no resista a los fenómenos naturales y deba ser repuesta una y otra vez, o una alejada de lo poco de naturaleza que queda en la ciudad.
Además, no parece ser el momento más apropiado para hacer un Memorial Mundial de la Pandemia. El coronavirus está muy lejos de terminarse. Quizás todavía ni siquiera llegó el peor momento. La prioridad debería ser enfrentarlo con todas las fuerzas y los recursos disponibles y no distraerse en ya transformar al presente en bronce. Es cierto que Uruguay ha manejado muy bien la pandemia y que, si logra mantenerlo, será algo histórico. Pero, hasta por cábala, es preferible “no tirarle la cola al león”, como le gusta decir al presidente.
El riesgo que se corre si no se tienen en cuenta los aspectos formales y de contenido básicos para instalar nuevos monumentos, memoriales, recordatorios o edificios públicos de gran envergadura es que la ciudad se termine transformando en un collage de egos. Ese camino ya fue recorrido y muy criticado en el pasado. Pero los mismos que los cuestionaron son los que hoy lo eligen. Nadie parece resistirse a la tentación de dejar su huella. El problema es que de seguir así, de tantas huellas distintas, no quedará claro qué es lo que hay debajo.