N° 2019 - 09 al 15 de Mayo de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—Maffia era muy lírico, yo diría melancólico, con una marcada tendencia a los ligados. Láurenz tenía lo que nosotros llamamos “más quebrada”, su instrumento sonaba más milonguero, con un enérgico fraseo. Juntos se acercaron a la perfección.
Lo dijo en un reportaje Osvaldo Pugliese, refiriéndose a Pedro Maffia y Pedro Láurenz —en realidad Pedro Blanco Acosta, que tomó, a la mayoría de edad, el apellido del primer marido de su madre por sus hermanastros Eustaquio y Félix, también músicos—, a los que se considera entre los cinco mejores bandoneonistas de la historia y juntos, formando una dupla de breve duración pero enorme éxito, tal vez por el impacto de un solo tango, “el más perfecto dúo de todos los tiempos”, aun considerando algún disco que dejaron Troilo y Piazzolla.
Respecto de Maffia, el historiador Oscar Zucchi recuerda que hasta la segunda década del siglo XX, los bandoneonistas cultivaron la tendencia a remedar el sonido de la flauta y el organito ambulatorio, ya desplazados de los tríos y cuartetos: “Maffia fue el primero en volver grave el sonido de su instrumento, reconcentrado, soñador, tocando sin abrir jamás alocadamente su fuelle, ‘a la verdulera’, como era costumbre entonces”.
Láurenz debutó con el bandoneón en Montevideo, a los 18 años, en la orquesta de Luis Casanovas, y tocando a veces con Arolas y Roberto Firpo; viajó aquí, junto a Eustaquio y Félix, para escapar de la crisis económica que asolaba a su familia en un conventillo de La Boca. Según Julio Nudler, “tenía una gran técnica, con parejo e independiente manejo de ambas manos —agudos y graves—, un sonido brillante y fraseaba con inusitada vehemencia”. Es por eso que se lo respeta como el fundador de una escuela de ejecución que perdura hasta hoy.
Ambos se iniciaron adolescentes, recorriendo boliches de mala muerte y almacenes de provincia, trabajando “a la gorra”; ambos tocaron con los mejores de cada época que atravesaron —Arolas, Petrucelli, Vardaro, Firpo, Pugliese, Cobián y hasta la mismísima y entrañable Paquita Bernardo— y ambos coincidieron finalmente en el sexteto de Julio De Caro, a inicios de 1925.
Y es ahí que decidieron formar su memorable dúo para tocar aparte y a su gusto, rebeldía creativa que duró poco más de un año y dejó grabaciones de culto para los sellos Víctor y Columbia —Amurado, Guardia vieja y Lazos de seda, entre otras—, piezas de colección muy difíciles de hallar.
Otro dato interesante: Maffia y Láurenz tocaban en el café El Parque, en Lavalle y Talcahuano; en el piso superior había una rotisería y en la planta baja una casa de baile y citas, con hermosas mujeres a las que regenteaba una francesa a la que llamaban madame Fontane.
Pero volviendo al principio, es imposible no coincidir que la repercusión espectacular del dúo, de tan escasa trayectoria, halló cimiento inalterable en el tema inicial que grabó: Amurado.
Y es curioso, porque lo primero que se creó de ese tango fue la letra, escrita por el músico y poeta José De Grandis, quien se la entregó a Láurenz en El Parque, pidiéndole que le incorporara la música. Láurenz hizo la primera parte y luego encargó a Maffia la segunda, destacándose al final una melodía impecable con una hermosa variación de bandoneón, para ejecutar una vez en los agudos y otra en los graves.
Fue tal el golpe de efecto que Amurado ha sido grabado, casi siempre cantado o en algunas versiones instrumentales, hasta nuestro tiempo: desde Gardel, Magaldi y Corsini, pasando por De Caro, Pugliese, el trío Irusta-Fugazot-Demare, Basso, Rubén Juárez, Julio Sosa, Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Jorge Vidal, Ernesto Baffa, René Cóspito y Juan Cedrón, entre otras versiones.
—¡Si me viera, estoy tan viejo, / tengo blanca la cabeza! / ¿Será acaso la tristeza / de mi negra soledad? / Debe ser porque me cruzan / tan fuleros berretines / que voy por los cafetines / a buscar felicidad.
Maffia es recordado como el hombre serio, que tocaba con el torso erguido y muslos y piernas unidos, los brazos pegados al torso, extrayendo sonidos bellos pero sin alardes, quizás tristes, convocando a la nostalgia.
A Láurez es probable que quien mejor lo haya descrito sea Horacio Ferrer, poéticamente: Quien lo ha visto tocar decir pudiera / que no era un fueye, che, lo que apretaba, / sino un potro con teclas que mandaba / un relincho de sangre compañera. / ¿Quién diría que no está, si cuando estaba, / de un tangazo bestial volteó el olvido?