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    Un eventual TLC entre China y Uruguay

    Sr. Director:

    En las últimas semanas el replanteo de la política comercial de Uruguay hace furor en todos los comentarios. Se ha revitalizado la posibilidad de echar adelante un tratado de libre comercio con la República Popular China, y existe una curiosa –en Uruguay– casi unanimidad en favorecer lo que se descuenta como la antesala de un gran éxito económico. Que alejará de una vez y para siempre las preocupaciones del sufrido sector exportador del país.

    Todos conocemos la importancia China como socio comercial de Uruguay y de sus vecinos sudamericanos. La posibilidad de rematar esa relación con un acuerdo que la consolide es, por supuesto, algo muy tentador. Los lobbies nacionales trabajan a toda marcha loando el acuerdo, y prácticamente no se oyen voces críticas respecto a este asunto. Y las pocas que se oyen recurren a los clásicos y desgastados argumentos de la defensa de la “industria nacional” y de algún puesto de trabajo. Que están, de todas formas, en tratamientos paliativos permanentes, para tratar de que escapen de las aceradas leyes del cambio estructural.

    No obstante, y si no era antes de esto obvio, los últimos sucesos que sacuden a la geopolítica a escala mundial suministran motivos más que suficientes para templar algo los entusiasmos.

    Los peligros de encasillarse en acuerdos monopólicos, por interesantes que puedan parecer al principio, se han hecho evidentes en Europa en los últimos meses. Donde la decisión de depender del gas ruso como fuente de energía –saludada hace pocos años como panacea para una política atenaceada entre los costos y la protección medioambiental– se ha convertido en una pesadilla de la que costará salir. La poderosa Alemania es una víctima prominente de haber tomado una decisión inadecuada.

    La invasión de Ucrania y las tensiones alrededor de Taiwán en el Extremo Oriente han puesto en evidencia con qué es lo que nos las tenemos que ver. Se trata del avance de dos potencias –una creciente, China, y otra en su ocaso, Rusia–, cuyo objetivo es una nueva partición del mundo en esferas de influencia. El renacimiento de un imperialismo decimonónico que estaba en retirada –admitido, a trancas y barrancas– desde 1945. Lo que se ha oído por ahí, que en especial China no pretende imponer fuera de fronteras su sistema de capitalismo estatal en base a partido único, debe ser tomado con pinzas. No existe gobierno de perfil totalitario que no tema el ejemplo que se respira tras otras fronteras, donde el consenso democrático y el Estado de derecho son señores. La agresión rusa a Ucrania lo demuestra.

    Pero todo esto da lugar a la pregunta de por qué China reacciona tan positivamente a una iniciativa que comercialmente solo puede tener para esa nación un interés marginal, mientras que le puede poner también en curso de colisión con las dos economías regionales más poderosas, Brasil y Argentina. La respuesta es especulativa, pero no parece descaminada: el interés por la posición estratégica de Uruguay, debido a su geografía. Se trata de un dictado geopolítico.

    En los últimos años, las políticas interior y exterior de la República Popular han evolucionado hacia un mayor centralismo económico y hacia una mayor gestión de la política comercial exterior. Todo ello bajo la férrea dirección del Partido Comunista Chino. El dirigismo de un sistema político de partido único determina ahora el quehacer económico. Esto desemboca en un gran expansionismo comercial y en la necesidad de construir unas fuerzas armadas capaces de proteger esos intereses a una escala global. Lo que se observa también en una política de militarización creciente en los últimos años. Tanto en un entorno geográfico próximo –mar del Sur de China, Taiwán– como también en otros más alejados. Aunque Iberoamérica ha sido mantenida mayormente al margen de tal proceso.

    Instrumento central de ello son las fuerzas navales, que pronto estarán en condiciones de proyectar poder lejos de las costas de su país (“blue water navy”). Para ello es de gran importancia el poder disponer de puertos controlados o controlables donde los navíos puedan recalar y reabastecerse. Esto se refleja en la gran importancia que se le concede a las instalaciones portuarias en la Road and Belt Initiative. La Ruta de la Seda, el gigantesco programa de inversiones chino orientado a crear infraestructuras que apunten a mejorar la logística del desarrollo comercial chino, y a alimentar de materias primas a su industria. Quienes saben historia y observen estos sucesos, no podrán evitar tener una extraña sensación de déjà vu. Fue lo que hizo el Imperio británico en los territorios que poseía o sobre los que influía a lo largo del siglo XIX.

    Como ejemplo, se puede mencionar la forma de penetración desarrollada en Sri Lanka, al financiar China la construcción de instalaciones portuarias bajo una base económica más que dudosa y quedándose luego con su administración, cuando el país anfitrión no pudo hacer frente a los compromisos que esta y otras inversiones no rentables dispararon su endeudamiento externo hasta niveles no sostenibles. Financiación depredadora, se le llama.

    El desastre económico posterior terminó desplazando del poder a los hermanos Rajapaska, los gobernantes sinófilos responsables del descalabro. Existen otros ejemplos, no tan crasos pero igualmente ilustrativos, de soberanías amenazadas por penetración económica china más allá de lo prudente.

    Para China, si bien costosa, la estrategia arrojó un beneficio indiscutible: al final, ese país se hace con unas instalaciones de valor estratégico indudable. Un interesante punto de apoyo para las operaciones de su marina en el centro del océano Índico.

    Pero trabajar sobre estas premisas presupone la existencia de una coordinación férrea entre el Estado financiador, su gobierno, su industria. En el caso de China, esta coordinación está dada por el control económico y social profesado por el Partido Comunista chino. A duras penas puede creerse que se trata de un gigante benevolente que no procura proyectar su poder hacia otras playas.

    De vuelta a la posibilidad de consolidar los lazos comerciales ya existentes con la República Popular es algo que, en efecto, debe recibirse con optimismo y buena fe. Haciendo, no obstante, la salvedad de no escatimar esfuerzos para continuar las aperturas comerciales haca otros países y bloques comerciales. Y en especial con aquellos con los cuales Uruguay comparte los principios sobre los que sienta su convivencia. No es otra cosa la que el presidente Lacalle ha manifestado una y otra vez.

    Y dejando de lado la vinculación comercial, Uruguay no tiene macroproyectos en marcha en sociedad con la República Popular. Y a la luz de la experiencia citada y de otras conocidas, el país debería cuidarse mucho de establecerlos. A menudo se olvida que la posición geográfica de Uruguay, controlando la entrada de la Cuenca del Plata, es de extraordinario interés geopolítico. Ese hecho hace que la República Oriental debe ser extremadamente celosa cuando los compromisos internacionales puedan arrojar aunque sea una tenue sombra sobre su soberanía. Eso es lo que está en juego.

    Dr. Miguel Merino-Pacheco

    CI 1.237.218 - 0

    Observatorio Atlántico

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