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    Un método peligroso

    One Child Nation, documental sobre la política de hijo único en China

    Colaborador en la sección de Cultura

    El comienzo podría ser el de una ucronía distópica, el de una película de ciencia ficción estilo Niños del hombre. Antes de los créditos se proporcionan datos sobre momentos y acontecimientos específicos. Por ejemplo: que en 1979 China lanzó su política de hijo único, una norma que, para aplacar el crecimiento de la población, prohibió a las parejas tener más de un descendiente. Que en 1982 la política de hijo único fue incluida en la Constitución. Que finalmente en 2015 se dio por terminada. Y que el día que fue finalizada, el Partido Comunista anunció que su implementación había hecho “al país más poderoso, al pueblo más próspero y al mundo más pacífico”. A continuación, junto a los créditos de apertura, imágenes de diversos desfiles militares, expresiones de grandeza, poderío y unidad, se intercalan con las de una obra de Peng Wang, artista chino que luego de un atroz descubrimiento enfocó su trabajo hacia la representación de los efectos devastadores de aquella política. No es ciencia ficción.

    One Child Nation es un documental dirigido y producido por dos mujeres, Nanfu Wang y Jialing Zhang, ambas nacidas en la década de 1980, con la política de hijo único ya instaurada. El largometraje, de casi una hora y media de duración, se estrenó en el Festival de Cine de Sundance en enero de 2019, donde ganó el Gran Premio del Jurado. Actualmente está disponible en Prime Video, la plataforma de streaming de Amazon.

    Además de directora y productora, Wang es una de las protagonistas de esta historia. Nacida en 1985, seis años después del lanzamiento de la reglamentación, creció viendo recordatorios de las bondades de esta política por todas partes: en muros, en libros infantiles y escolares, en naipes, calendarios y cajas de fósforos. La maquinaria de adoctrinamiento y propaganda se echó a andar con fuerza. Se escribían óperas, obras de teatro y canciones para niños y adultos acerca de las ventajas de tener un solo hijo (“Menos hijos generan una vida más feliz”).

    Wang lleva varios años viviendo en Estados Unidos. Cuando se convirtió en madre, sintió la necesidad de dar a luz también sus recuerdos de infancia. Pensó en sus padres y en el nombre que le dieron. En aquella época, las pruebas de ultrasonido para saber el sexo no estaban permitidas. Los padres de Wang decidieron que se iba a llamar Nanfu bastante tiempo antes de nacer. En chino, nan significa “hombre”, y fu, “pilar”. “Querían un niño que creciera para ser el pilar de la familia”, recuerda la realizadora. La familia Wang vivía en una aldea, en provincia de Jiangxi, en el este de China. En algunas zonas rurales se podía tener dos hijos, sobre todo si primero habían tenido una niña, y siempre y cuando se llevaran cinco años entre los hermanos. Esa es la razón por la que la cineasta tiene un hermano. Y lo tiene porque es varón. Si nacía una niña, su abuela ya había dispuesto de un canasto para dejarla en la calle. Esto sucedía especialmente en aldeas, donde el hombre siempre fue más valorado que la mujer.

    Uno de los efectos provocados por la convivencia de esta tradición con esta política fue que muchas familias abandonaban o regalaban a las niñas con la esperanza de intentarlo de nuevo para tener un varón. A su vez, a principios de la década de 1990, China impulsó un programa de adopción internacional, con el que el gobierno, dice Wang, ganó bastante dinero. En algunas provincias, los funcionarios estatales, en lugar de obligar a abortar le permitían a la mujer tener al bebé y luego se lo quitaban y lo enviaban a un orfanato. Esto derivó en un tráfico internacional de niños chinos adoptados por familias de Occidente.

    Wang viaja con su bebé a China y entrevista a su madre, su abuelo, al antiguo jefe de la aldea, a un funcionario de Propaganda de Planificación Familiar, a la partera que la ayudó a nacer, al artista plástico que lleva su mismo apellido, entre otros. Todos repiten los mismo: “La política era muy estricta”. La madre recuerda cómo demolían las casas de las familias que rechazaban la esterilización forzosa. Su tío cuenta cómo abandonó a su hija recién nacida. Es impactante la entrevista con Huaru Yuan, matrona de 84 años que ayudó a nacer a todos los bebés de la aldea, incluida la propia Wang. Durante 20 años, Yuan, junto a todo un equipo de personal médico, recorrió la provincia realizando esterilizaciones y abortos forzados. Lo que cuenta es siniestro y desgarrador. “No tomábamos decisiones, solo cumplíamos órdenes”, dice quien hoy, bajo el peso de la culpa, se dedica a ayudar a pacientes con infertilidad. Yuan tiene una habitación repleta de banderas enviadas por distintas familias para agradecerle su ayuda para tener hijos.

    También es duro ver a Shuqin Jian, funcionaria de Planificación Familiar decenas de veces laureada por su labor como “creadora de la alegría familiar”. Jian, varias veces premiada como Trabajadora Nacional Sobresaliente, es una heroína nacional, y su historia se contaba varias veces en la televisión nacional. Es el rostro de un video de propaganda en el que se anuncia que desde la implementación de la política de hijo único “se han evitado 338 millones de nacimientos y se ha ahorrado 130 millones de dólares (sic) en recursos”. Jian destaca la cualidad profética de los líderes de la nación, sostiene que la política “fue totalmente correcta”, y dice que si pudiera volver atrás, “volvería a hacer este trabajo”. Para Jian era una guerra. “Luchábamos una guerra poblacional”, dice. “La muerte era inevitable”.

    Wang se mete hasta el fondo y encuentra historias perturbadoras. Además del impacto de los testimonios, el filme tiene tramos dolorosamente difíciles de ver, como un segmento que muestra fotografías tomadas por Wang, el pintor, en distintos basurales. “Me sorprende la ironía de haberme ido de un país donde el gobierno obligaba a las mujeres a abortar, y haberme mudado a uno donde los gobiernos restringen los abortos”, apunta la directora. “Aparentemente parecen lo contrario, pero ambos buscan quitarles a las mujeres el control sobre sus cuerpos.”

    La política de hijo único duró 35 años. Ahora en China no hay suficiente cantidad de jóvenes para trabajar y para cuidar a los ancianos. Y ahora, en muros, canciones, obras de teatro, hay nuevos mensajes: “La Política Nacional es realmente estupenda. Cada familia puede tener dos hijos” o “Uno es muy poco, dos es lo justo. Los jóvenes tendrán hermanos, los ancianos serán cuidados”.

    Vida Cultural
    2020-01-02T00:00:00

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