N° 1825 - 23 al 29 de Julio de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa única sombra que tuvo la largueza estética y el dispendio de Louis XIV fue la que ostentó contra todo prudente consejo el superintendente de finanzas Nicolas Fouquet, hombre aficionado a la belleza, al oro, al goce de las artes, al cultivo de los placeres mundanos. El problema de los que tienen poder —lo sabemos bien, lo padecemos diariamente— es que se creen impunes, pretenden que sus excesos e infidelidades serán amortajados por el olvido y nada les ocurrirá en esta vida ni en sus próximas viles reencarnaciones. La soberbia si no los mata, como debiera, si no los encarcela, como debiera, al menos los deja en evidencia.
Los historiadores en masa pero Jean-Christian Petitfils en particular (Fouquet, Tempus Perrin, 2005) coinciden en que Fouquet fue un diestro artífice de la economía virtuosa, que dio a Francia supremacía de ingresos en tiempos de crisis y la llevó a una posición de preeminencia frente al irresistible poderío español. Afirman también que de todos los hombres cercanos al rey era el que más estudiaba, el que sabía articular mejor las negociaciones e interpretar con acierto no ya solamente la voluntad absoluta del monarca sino su congruencia con los intereses del país. La fama de hacer milagros con los números lo acompañó en sus días de gloria, a partir de 1661, luego de la muerte del cardenal Mazzarino.
Pero otros consejeros cercanos del rey también sabían sacar cuentas y advirtieron que la riqueza escandalosa de Fouquet sobrepasaba con mucho los bienes heredados por su familia y los que legítimamente había adquirido en su brillante carrera pública. Se hizo construir un castillo en el que trabajaron los mejores artistas de la época: el mejor arquitecto, Le Vau, planteó el diseño y levantó la silueta de la vasta mole, los pintores más cotizados realizaron los frescos y ultimaron los detalles finales de la decoración; hubo carpinteros italianos, escultores de nota, diseñadores de jardines, artistas del vidrio, orfebres. Por si no alcanzara para cifrar el lujo y la magnificencia ostentosa, detrás de esas augustas paredes y ventanas de ensueño, daba en organizar encantadoras cenas y veladas a las que invitaba con regularidad a Molière, a Le Nôtre, a Le Brun, a madame de Sévigné, entre muchas codiciadas figuras de entonces, como una forma nada inocente de contrastar su buen gusto y su afición sincera a las artes con los abusos de la inclinación un tanto kitsch del rey.
Comprensiblemente, cuando Louis XIV se enteró de estos homenajes que hiperbólicamente le hacía su servidor, no tardó en buscar y encontrar una razón para hacerle saber quién era la primera persona de Francia, la más exquisita, la más refinada y con más poder de persuasión y de mando. En poco tiempo consiguió que se le instruyera una acusación de peculado de lesa majestad, que se lo juzgara sumariamente y se lo enviara a un encierro ilimitado en la fortaleza de Pignerol con la prohibición de todo contacto con el exterior, incluso con sus familiares. Dice Saint-Simon que su cautiverio fue afrentoso y duro, pero que luego se alivió un poco debido a la llegada del más temible asaltante de alcobas ajenas, el duque de Lauzun, a quien el rey quería tener bien lejos de la corte.
Este personaje, con sus muchas anécdotas, le hubiera alegrado las noches más tenebrosas al más envarado de los puritanos, cuanto más a este desdichado funcionario que soñaba con la holgura de sus felices días. El tal duque, en efecto, estaba ahí porque la imprudente prima del rey se quiso casar con él; hombre de una fealdad pocas veces vista, tenía increíblemente un éxito fulminante en los salones en los que actuaba. De corta estatura, rosto irregular y cuerpo desvaído, era, empero, envolvente cuando hablaba, cuando contaba sucesos de sus muchas conquistas, encandilaba con sus relatos e ironías, cuando ponía sus ojos en una dama y la invitaba a cruzar todos los puentes, aun los más osados. Su fama, su fortuna y buenas maneras le valieron aprecio en todos los círculos, pero el rápido recelo del rey, que codiciaba la fortuna de su prima y no estaba dispuesto a permitir que cayera en manos de un aventurero que tenía una mezcla rara de gato con libo y ridícula marioneta de feria. Al principio, cuando la duquesa de Orelans le pidió autorización para casarse, el rey, con ciertas fundadas reservas, se la concedió. Pero apenas se enteró de que el tal Lauzun hacía alarde de los bienes que adquiriría por un matrimonio económicamente ventajoso, y para él en lo personal bastante sacrificado, habida cuenta de la poca gracia física de la señorita en cuestión, montó en cólera, prohibió el enlace y para sofocar la hirviente pasión de la prima, mandó lejos y a buen recaudo al duque.
Gracias a eso Fouquet tuvo con quién hablar de sus glorias pasadas y pudo soñar con mundos que había dejado atrás para siempre.