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Voy a la dentista. “Te tengo que extraer una muela”. De improviso. Es implacable. Doy clase en una hora. Llamo a mi trabajo, con la cara dormida por la anestesia, aviso y pido el número del médico certificador. La dentista dice que me vaya a la cama a reposar y a tomar calmantes. Pero la operadora de certificaciones médicas me ordena presentarme allí, en Bulevar y Agraciada, ya mismo, porque pronto cierran.
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Y allí voy. El ómnibus que me debe llevar, el 127, tarda enormemente. La zona habitual de mi vida es la Ciudad Vieja, el Centro, el Barrio Sur, la Aguada. Difícilmente salgo de este mundo. Sé que el 127 va para el norte de la ciudad. Mi amiga, la escritora Lalo Barrubia, se lo tomaba tras las largas charlas que manteníamos en casa. Luego emigró a Suecia.
Por fin llega el mentado 127. ¡Explota como lo hizo mi muela! Pero está lleno, no como el boquete que ha quedado en mi encía.
Con la cara hinchada, al borde del desmayo, me aprieto entre un conglomerado de seres humanos que anhelan llegar a su casa. Y en ese contexto carnal, traspasado de bolsos de albañil y mochilas varias, suben mamás con bebés.
Los cuerpos que vamos parados desde el Centro pasamos varios barrios atascados entre el conductor y el guarda. Por entre los hombros diversos, atisbo los bebés que van sentados a upa en los seis asientos “de los bobos” y en algunos de los asientos frontales. Enfrente de mí, una mamá adolescente sostiene un bebé al que intenta saciarle la sed con Sprite. El papá, otro adolescente, de pie, la ayuda a sostenerlo; está tan pendiente de su hijito como su mamá. Trabajan en equipo sin cruzarse una palabra.
Miro a cada uno de los pequeños uruguayos adorables. Algunos tienen rizos negros, otros crespos mechones rubios, unos tienen la piel castaña, otros rosada, algunos son movedizos, otros duermen, aunque la mayoría mira con intriga al monstruo de diez cabezas que somos los seres humanos atascados en la entrada del bus.
¿Adónde irán esos bebitos? ¿Dónde vivirán? ¿Tendrán una cunita con sábanas de elefantitos? ¿Podrán gatear sobre baldosas? ¿Tendrán una bañera de plástico pero rodeada de azulejos para palmear el agua y hacer enchastre? ¿Cenarán humeante puré de puchero? (léase: zapallo, zanahoria, carne hervida, choclo pisado, papita, boniato). ¿Tendrán una vereda donde jugar? ¿Tendrán un papá tan cariñoso como el adolescente que atisbo por el rabo del ojo? ¿Esas mamás que ahora los abrazan y los miran embobadas, habrán terminado el liceo, tendrán un trabajo digno y una linda guardería donde dejarlos? ¿Irán esos bebés en unos añitos cada día con la túnica impecable y los deberes cumplidos en la mochila? ¿Tendrán algún librito? (Sí: “Caperucita Roja”, “Los siete cabritos”, “Hansel y Gretel”, “Pulgarcito”). ¿Aprenderán a escribir y a contar para toda la vida? ¿Esos cuerpitos preciosos y rollizos se salvarán de los golpes? ¿Nunca esas manitas se van a meter en bolsas de basura? ¿Dibujarán su casita con flores, rojo techo a dos aguas y varias ventanas?