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    Un país dividido

    En nuestro país se viven tiempos de rispidez e intransigencia, básicas y permanentes. No resulta fácil definir ese clima social instalado o señalar las causas del mismo. Todas las sociedades humanas son compuestos inestables; todas tienen tensiones y divisiones: la ciudad y el campo, los jóvenes y los viejos, los que tienen mucho y los que no tienen nada, etc. En el Uruguay de hoy hay un poco de todo eso, naturalmente, pero el clima de rispidez que se ha instalado tiene algo más de fondo, afecta toda la vida social e intoxica la política.

    Sería equivocado pensar que la causa de esto es el clima electoral. Es al revés: el clima electoral que se está formando es la consecuencia. De ese trasfondo proviene que algunos protagonistas políticos busquen una identidad dibujada justamente en la división, en subrayar su pertenencia a uno de los lados de la controversia, más que en una identidad partidaria clara pero vinculada a su pertenencia superior a la nación y a un destino nacional común.

    Los dirigentes políticos que se inscriben en esa gramática política están haciendo más difícil la necesaria tarea de recomponer el clima de convivencia en el país, condición indispensable, más allá de cualquier plan económico o político, para que el Uruguay cambie y vuelva a ser un país amigable para vivir (para trabajar, para aprender y formarse, para prosperar sin pisotear a nadie y sin ser pisoteado por nadie).

    La retórica del odio, que se oye en algunas tribunas, proviene de la siguiente concepción de la sociedad: hay otro (otro partido, otro sector, otra clase social, otra gente) que me odia y de ese odio provienen todos los males que acosan a la sociedad. El relato del odio se convierte en el elemento teórico de explicación general del estado de cosas en la sociedad.

    El Uruguay vivió otros momentos de enfrentamiento y otras explicaciones de sus males a través del odio. También hubo grandes hombres que bregaron por arrancar al país de ese camino y de esa dialéctica. Uno de ellos fue Luis Alberto de Herrera. Escribió Herrera: “Disparate mayúsculo se comete al afirmar que la tradición de la libertad y del honor pertenece en exclusivo a este o aquel partido. Blancos y colorados han sido actores en sucesos, épicos unas veces, deprimentes otras, turnándose en el error y en la pureza”. (…) “La complicidad inmerecida en elogios y vulgares diatribas resulta incómoda para quienes sueñan para su país con una era de positivas prosperidades y de verdadera concordia”. (La Tierra Charrúa).

    Un país fracturado invita (u obliga) a sus dirigentes políticos a pensar en los estilos, modos, enfoques y estrategias adecuadas para no mineralizar distancias cívicas muy estiradas pero aún no definitivas. Más allá de programas de gobierno y de propuestas para solucionar la inseguridad pública, el desastre de la educación o el déficit y el despilfarro de los dineros públicos, se destacará sobre los otros aquel candidato que dé a entender, sin ambages, que su principal preocupación y su primer proyecto para el Uruguay de mañana es la recomposición de sus vínculos sociales y políticos a fin de que nuestro país vuelva a distinguirse por ser “una entrañable comunidad espiritual”, como decía Wilson Ferreira (en otro tiempo en el cual el lenguaje del odio también reclamaba su lugar).

    En cuanto a los irritados que andan por ahí –estén en el partido que estén y prometan lo que prometan— no están haciendo otra cosa que mostrar que no han entendido al Uruguay de hoy y son un estorbo para el Uruguay de mañana.

    Juan Martín Posadas